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Opinión

La derrota en la política y el deporte

La derrota en la política y el deporte

Por: Edgardo Ramírez Polanía


En el deporte y en la política existe una virtud común sin la cual ninguna victoria es verdaderamente honorable: La humildad. Ambas actividades despiertan pasiones intensas, movilizan multitudes y elevan a ciertos hombres a la condición de ídolos. Pero también ambas encierran una peligrosa tentación, la de confundir el reconocimiento con la superioridad y el éxito con el derecho a despreciar a los demás.

El censurable episodio protagonizado por James Rodríguez, al rechazar el saludo de la hija del Presidente de la República durante la despedida de la Selección Colombia rumbo al Mundial, trasciende la anécdota. Más allá de las simpatías o diferencias políticas que cada ciudadano pueda tener, el hecho invita a reflexionar sobre un fenómeno humano tan antiguo como recurrente que es la soberbia que suele acompañar a quienes alcanzan notoriedad y poder.

Muchos deportistas comienzan sus carreras con modestia. Aprenden de sus entrenadores, escuchan consejos, aceptan correcciones y comprenden que cada triunfo es apenas una estación en el largo camino de la excelencia. Sin embargo, cuando llegan la fama, los contratos millonarios, los aplausos y la admiración colectiva, algunos terminan edificando una imagen magnificada de sí mismos. Entonces dejan de escuchar y comienzan a creer que sus talentos los colocan por encima de las normas comunes que rigen la convivencia humana.

Algo semejante ocurre en la política. El dirigente que llega al poder con la promesa de servir al pueblo puede terminar creyéndose indispensable y único. El aplauso permanente de los seguidores, la adulación de los cortesanos y la comodidad de los privilegios suelen crear una ilusión de infalibilidad. Quien ayer pedía respeto para sus ideas, mañana desprecia las opiniones ajenas; quien reclamaba tolerancia termina persiguiendo la discrepancia; quien se presentaba como servidor de la sociedad acaba comportándose como dueño de ella.

La historia enseña que el orgullo es uno de los más eficaces fabricantes de derrotas. No porque impida alcanzar el éxito, sino porque destruye la capacidad de conservarlo. El soberbio deja de aprender porque cree saberlo todo. Deja de escuchar porque supone que nadie tiene nada que enseñarle. Y deja de corregirse porque considera que sus errores son siempre culpa de otros.

El arte, la filosofía y la literatura han señalado desde hace siglos esa condición humana. Las verdades que cuestionan nuestras certezas suelen producir incomodidad. El hombre prefiere con frecuencia refugiarse en las apariencias, en los prejuicios y en la imagen idealizada que tiene de sí mismo antes que enfrentarse a sus propias limitaciones. Por eso la crítica suele irritar tanto al orgulloso, porque derrumba el pedestal sobre el cual ha decidido instalarse.

En el deporte, como en la política, la verdadera grandeza no consiste únicamente en ganar. Consiste en conservar la dignidad cuando se gana y la serenidad cuando se pierde. Los títulos, los cargos y los honores son transitorios. Hoy pertenecen a unos y mañana a otros. Lo único que permanece es el carácter.

Por ello resulta preocupante cuando los referentes de una nación, ya sean atletas o dirigentes públicos, envían mensajes de arrogancia, desprecio o intolerancia. La sociedad termina imitando aquello que admira. Y cuando la admiración se deposita en la soberbia, se debilitan los valores que sostienen la convivencia democrática y el respeto mutuo.

La derrota más dolorosa no es la que ocurre en una cancha ni en unas elecciones. Es la que sufre el hombre cuando el orgullo vence a la prudencia, cuando la fama desplaza a la modestia y cuando la vanidad logra convencerlo de que está por encima de los demás.

Porque los trofeos envejecen, los récords son superados, el poder termina y los aplausos se apagan. La gloria deportiva y la gloria política tienen la misma fragilidad: ambas dependen del juicio cambiante de los hombres

Solo el carácter permanece con la humildad, esa silenciosa virtud que acompaña a los verdaderamente grandes, que permanece como la más alta victoria del espíritu humano.

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