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Opinión

Presentación de la novela ‘Los Exiliados’

Presentación de la novela ‘Los Exiliados’

Por: Edgardo Ramírez Polanía


Existen dolores que no aparecen en las estadísticas de los gobiernos ni en los informes de los organismos internacionales. Dolores silenciosos que no se contabilizan en los censos ni se reflejan en las cifras de crecimiento económico. Uno de ellos es el exilio. 

Esa lenta agonía del alma que comienza cuando un ser humano abandona la tierra donde nacieron sus recuerdos para emprender la incierta travesía hacia horizontes desconocidos y brisas extrañas.

En el mundo contemporáneo millones de hombres y mujeres viven lejos de su patria. Algunos huyeron de las guerras, de las persecuciones políticas y de los regímenes que convirtieron la libertad en un delito. Otros escaparon de la enfermedad, del hambre, de la violencia o de la desesperanza. Muchos más partieron voluntariamente en busca de oportunidades profesionales que sus países no pudieron ofrecerles. Pero todos comparten una misma condición: llevan consigo una ausencia que nunca termina de marcharse.

Porque el exilio no consiste únicamente en cambiar de país. El verdadero exilio comienza cuando se dejan atrás los padres envejecidos, los amigos de la juventud, los amores que marcaron una existencia, las calles recorridas durante décadas y los lugares donde se aprendió a nombrar el mundo. Es una despedida permanente de aquello que dio sentido a la vida. Es también una forma silenciosa de perder la libertad.

El exilio rara vez comienza en una frontera, cuando el avión aterriza, cuando el barco llega a puerto o cuando se obtiene un permiso de residencia en una tierra desconocida. El exilio empieza mucho antes, en el instante silencioso en que un individuo comprende que ya no puede permanecer donde están enterrados sus recuerdos.

Nadie enseña a abandonar la mesa familiar donde siempre existió un puesto reservado. Nadie se prepara para contemplar desde la distancia el crecimiento de los hijos, la separación de la pareja, el envejecimiento de los padres o la partida definitiva de quienes mueren sin que podamos ofrecerles un último abrazo. Tampoco existe escuela para desprenderse de la profesión construida durante años, del despacho, del aula, del taller o de los escenarios donde cada individuo edificó su identidad.

Y así, bajo cielos extraños e idiomas diferentes, el exiliado descubre que puede adaptarse a nuevas ciudades, pero jamás consigue desalojar de su memoria la patria perdida. Aprende a vivir en otro lugar, aunque una parte de sí mismo continúe habitando para siempre en la tierra que dejó atrás.

Hoy, cuando las migraciones alcanzan dimensiones históricas y las fronteras se convierten en murallas para millones de seres humanos, conviene recordar que detrás de cada exiliado existe una historia de amor, de dolor, de esperanza y de resistencia. Porque abandonar una tierra es posible; arrancarla del corazón, jamás.

Por eso los exiliados viajan acompañados por una tristeza que no aparece en los equipajes. Es una tristeza íntima hecha de ausencias, recuerdos, necesidades, amores, enfermedades y de los muertos que lentamente va enterrando el olvido.

Luego aparecen otros cielos y amaneceres diferentes. Las flores tienen aromas desconocidos y los pájaros cantan de otra manera. El verdor de las palmas es distinto y las lluvias golpean techos extraños, mientras las comidas poseen un sabor que jamás consigue despertar los recuerdos de la infancia. Todo parece correcto. Y, sin embargo, nada es exactamente igual.

El exiliado aprende a caminar por ciudades que no guardan ninguna memoria de sus pasos. Aprende nuevos nombres, nuevas costumbres y nuevas formas de sobrevivir. Sonríe, trabaja, construye otra vida. Pero en el fondo de su corazón continúa habitando un territorio invisible al que regresa una y otra vez cuando llega la noche.

Los exiliados continúan viviendo. Aman, trabajan, sueñan y envejecen. Y mientras el tiempo avanza, aprenden que existen heridas destinadas a no cerrarse completamente. Permanecen allí, silenciosas y persistentes, como una huella imborrable del amor por lo perdido.

La novela Los Exiliados, del autor de esta columna y próxima a publicarse, no solamente narra la huida de hombres perseguidos por la violencia, las dictaduras y la intolerancia ideológica en América Latina, sino también el lento derrumbe interior de quienes descubren que la distancia termina expulsándolos de sí mismos. Habla de los que partieron, de los que esperaron, de los que regresaron demasiado tarde y de aquellos que jamás pudieron volver.

Esta novela posee el aliento de las narraciones sobre el mar, los puertos y las ciudades nocturnas; la incertidumbre de quienes atraviesan fronteras, aeropuertos y océanos; los silencios familiares y las derrotas íntimas provocadas por los déspotas que persiguen la libertad. Todo ello aparece narrado con una intensidad emocional para el lector.

El autor, con una prosa de vigor narrativo y descriptivo, convierte el exilio en una metáfora de la soledad contemporánea, del amor perdido, de la dignidad herida, de la amenaza del totalitarismo y de la persecución ejercida por los gobernantes tiranos contra quienes disienten. Muestra cómo el abuso del poder termina expulsando a los hombres de su propia tierra y cómo el exiliado permanece en una incesante búsqueda de un lugar en el mundo.

Y demuestra que, a pesar de todas las derrotas, el ser humano continúa aferrado a “la esperanza como la mejor forma de querer”. Porque el exilio no consiste únicamente en vivir lejos de la patria, sino en seguir amándola desde la distancia, allí donde el sol se funde con la noche y ésta con el amanecer.

*(Presentación de la próxima novela Los Exiliados, del columnista Edgardo Ramírez Polanía.)

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