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Opinión

La euforia electoral

La euforia electoral

Por: Edgardo Ramírez Polanía 


La euforia electoral constituye uno de los fenómenos más antiguos de la vida política. Acompaña a los pueblos desde que surgieron las primeras formas de organización del poder y continúa manifestándose en las democracias modernas bajo nuevas expresiones, amplificadas hoy por la velocidad de la información, la televisión y las redes sociales.

La euforia es inherente a la política, entendida como la actividad mediante la cual las sociedades organizan el poder, resuelven conflictos y adoptan decisiones colectivas. Su estudio corresponde a la ciencia política, disciplina que analiza los partidos, las elecciones, el comportamiento de los gobiernos, el Estado y los derechos de los ciudadanos en la vida pública. Sus antecedentes pueden rastrearse hasta la Atenas del siglo V a. C., donde comenzaron a desarrollarse las primeras reflexiones sistemáticas sobre la organización del poder y la participación ciudadana.

Durante los períodos electorales suele producirse una transformación interesante; el análisis racional de programas, propuestas y trayectorias cede parcialmente espacio a las emociones y pasiones de que habla Mouchet. En que los ciudadanos no votan únicamente con base en cifras económicas o balances de gestión, sino también impulsados por las expectativas, los temores, las esperanzas por la ezclusión, las frustraciones y las identidades construidas a lo largo del tiempo.

La euforia, como emoción, puede convertirse en pasión y cumple una función legítima en la democracia. Está presente en el deseo de impulsar reformas sociales para satisfacer las esperanzas de los individuos, en la indignación frente a las injusticias que han promovido transformaciones históricas y en el anhelo de cambio que ha movilizado generaciones enteras. Ninguna democracia puede subsistir sin ciudadanos apasionados por los asuntos públicos.

El problema aparece cuando la emoción deja de ser un estímulo para la participación y se convierte en una barrera para la reflexión. Es entonces cuando surge el fanatismo político, entendido como la adhesión incondicional a una ideología, un partido o un líder, sin admitir cuestionamientos ni reconocer la legitimidad de las opiniones contrarias.

En ese escenario, el adversario deja de ser un contradictor para convertirse en enemigo. La discrepancia ya no es una expresión natural del pluralismo democrático, sino una supuesta amenaza que debe ser combatida. Aparecen entonces la descalificación, la intolerancia y, en ocasiones, la agresión verbal o física. No importa si quien piensa diferente es un amigo, un familiar o un antiguo compañero de luchas; la diferencia política termina erosionando vínculos que antes parecían inquebrantables.

El politólogo y jurista Maurice Duverger sostenía que el fanatismo político constituye una deformación de la democracia porque sustituye el juicio crítico por la obediencia emocional. Cuando los ciudadanos dejan de evaluar ideas y solo siguen banderas o colores, la política pierde racionalidad y se convierte en terreno fértil para la intolerancia y el enfrentamiento social.

La historia ofrece lecciones elocuentes sobre los peligros de la polarización extrema. La Alemania de los años treinta constituye uno de los ejemplos más estudiados por la ciencia política acerca de cómo el culto al liderazgo, la propaganda y la adhesión acrítica pueden debilitar los controles democráticos. No se trata de establecer comparaciones mecánicas con el presente, sino de recordar que toda sociedad debe preservar espacios para la crítica, el debate racional y la educación ciudadana.

En Colombia, la confrontación partidista ha dejado profundas huellas. Liberales y conservadores protagonizaron durante décadas enfrentamientos que derivaron en violencia política. Posteriormente, el país sufrió los efectos devastadores de la guerrilla, el paramilitarismo y el narcotráfico, fenómenos responsables de miles de tumbas anónimas y de una profunda degradación de la convivencia nacional.

Aunque las circunstancias históricas son diferentes, persiste una tendencia preocupante a convertir al adversario en enemigo, dificultando la construcción de consensos indispensables para enfrentar los desafíos nacionales. Surge así un segmento de la población que sigue ciegamente a determinados caudillos sin examinar con rigor sus capacidades, propuestas o programas de gobierno.

Los medios de comunicación y las plataformas digitales desempeñan hoy un papel determinante en este proceso. Su capacidad para amplificar emociones, simplificar debates complejos y difundir información inexacta o engañosa puede contribuir a la formación de entornos donde los ciudadanos terminan expuestos principalmente a opiniones que refuerzan sus propias convicciones, incluso cuando estas resultan equivocadas.

La reciente campaña presidencial constituye un laboratorio excepcional para observar las complejas relaciones entre razón y emoción en la conducta electoral. Resulta significativo que sectores amplios del electorado, incluidos ciudadanos de sólida formación intelectual, hayan respaldado determinadas candidaturas movidos no solo por consideraciones programáticas, sino también por percepciones, símbolos e identidades políticas construidas a lo largo del tiempo.

Lo cierto es que los estudios sobre comportamiento electoral muestran que las decisiones políticas rara vez obedecen exclusivamente a cálculos racionales. Intervienen factores culturales, psicológicos, simbólicos e identitarios que influyen profundamente en las preferencias de los votantes, aunque otra cosa afirmen quienes creen poseer todas las respuestas.

Por esa razón, muchas veces los resultados de gestión, las cifras económicas o los logros institucionales pierden capacidad de persuasión frente a emociones colectivas más poderosas. El ciudadano no siempre vota por quien considera objetivamente mejor preparado; con frecuencia lo hace por quien representa sus expectativas, sus inconformidades o sus esperanzas de transformación.

Esta realidad explica por qué personas igualmente inteligentes, informadas y bien intencionadas pueden llegar a conclusiones políticas completamente opuestas. No necesariamente porque unas posean la verdad y otras estén equivocadas, sino porque interpretan la realidad desde experiencias, valores y percepciones distintas.

La democracia exige precisamente la coexistencia de esas diferencias. Cuando la euforia electoral se transforma en odio político, la deliberación desaparece y surge la tentación de considerar ilegítima cualquier opinión contraria, así provenga de familiares o amigos. El odio ha sido históricamente uno de los principales combustibles de la persecución, la exclusión y la violencia.

Por ello, el desafío de Colombia después de las elecciones no consiste únicamente en definir quién ocupará la Presidencia de la República. El verdadero reto es preservar la convivencia democrática en una sociedad profundamente diversa, que no puede dejarse arrastrar por las fantasías de uno u otro candidato ni por la incitación a actos de violencia.

Ninguna victoria electoral justifica la arrogancia. Ninguna derrota autoriza el resentimiento permanente. Los gobiernos pasan, los partidos cambian y las campañas terminan, pero la nación permanece. Ningún proyecto político será sostenible si convierte la diferencia en enemistad permanente.

La democracia no necesita creyentes fanáticos ni seguidores incondicionales. Necesita ciudadanos libres, capaces de pensar por sí mismos, de defender sus convicciones sin convertirlas en dogmas y de comprender que el futuro del país depende más de la capacidad de convivir en medio de las diferencias que del triunfo circunstancial de una corriente política sobre otra.

En Colombia, la creciente polarización ha convertido la política en una confrontación permanente de identidades. Se vota más por emoción que por convicción y más por resentimiento que por esperanza. La larga historia de violencia partidista, así como las heridas dejadas por la guerrilla, el paramilitarismo y el narcotráfico, recuerdan que el sectarismo continúa siendo una amenaza para la construcción de una sociedad más democrática y tolerante.

En tiempos de exaltación colectiva, quizás el acto más revolucionario sea conservar la serenidad; escuchar antes de condenar; argumentar antes de insultar; y recordar que el adversario político sigue siendo, ante todo, un compatriota. Lo contrario es la actitud fanática de quien se cree dueño de la verdad y carece de sentido reflexivo frente a la difícil situación nacional.

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