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Opinión

El Festival Folclórico, un gigante banquete pantagruélico

El Festival Folclórico, un gigante banquete pantagruélico

Por Ricardo Oviedo Arévalo

*Sociólogo, investigador, docente


Después de agredirnos durante más de una década, esta propuesta era la más arriesgada para poner fin al conflicto y reconciliarnos espiritualmente con nosotros mismos, y como un elemento reparador para todos sus pobladores. Aprovechando sus arraigadas manifestaciones culturales, en especial su amor por la música y la danza, que según el antropólogo británico Peter Wade era un elemento identificador de las poblaciones ribereñas del río Magdalena, que este autor denomina, por su importancia, el río-país.

Por su cauce ascendieron nuestros primeros pobladores, luego los conquistadores y, en la república, por sus aguas navegaron funcionarios, los coroneles de las guerras civiles, todos los artilugios de la modernidad (cámaras fotográficas, pianos, mecedoras vienesas, telas, carros), aventureros y comerciantes árabes e italianos. También fue el origen de las familias que dominaron la nación durante todo el siglo XX; entre ellos, los López, que se enriquecieron comerciando hojas de tabaco y fundando bancos.

Los tiples y bandolas también llegaron por sus aguas y, en las manos de sus pioneros, surgieron los bambucos y rajaleñas. Además de sus danzas inspiradas en sus descendientes canarios, castellanos, vascos y asturianos, mezclados con los ritmos de los areitos de nuestros primeros pobladores, esta tradición musical fue la base cultural para implementar la reinserción más efectiva que conoce Colombia hasta el día de hoy: la creación del Festival Folclórico de Ibagué, celebrado desde 1959 en el día de San Juan, a mediados del año, y coincidiendo, como nos dice el escritor Hipólito Rivera, con el solsticio de verano, conocido en el mundo andino como el Inti Raymi, la fiesta del sol.

Esta aventura, iniciada bajo la gobernación de Darío Echandía (1958) y por iniciativa, entre otros, de Adriano Tribín Piedrahita y Mina Melendro de Pulecio, logró su realización con el visto bueno y el patrocinio del gobierno central. Inició un año después y tenía como objetivo principal —en el mejor espíritu gramsciano— lograr la pacificación del territorio a partir de la cultura.

Esta convocatoria fue un éxito; de todas partes del país llegaban reinas, bandas, danzas, coros y comparsas que desfilaban tercera abajo, dejando atónitos a críticos y espectadores. Abría el desfile un par de personajes inolvidables, don Quijote y Sancho Panza, resumiendo muy bien el origen del conflicto: la lucha entre los sueños y el hambre; seguida por las alegres bandas municipales de la costa Caribe y la famosa banda de El Espinal, luego el resto del colorido desfile.

Pero el éxito también tiene sus riesgos. Poco a poco el festival terminó en manos de los distribuidores de licores, costosos intermediarios, contratistas y de sus gremios económicos.

El objetivo misional de impulsar la cultura popular pasó a un segundo plano; su programación, desde tiempo atrás, cada vez se asemeja más a la carta del ya extinto pero tradicional restaurante El Maizal. Los días musicales y hermosas coreografías son cosas del pasado.

Hoy nos convirtieron en el festival más grande y tedioso de gastronomía regional. Su programación contempla la rica comida local como tema central: la lechona, el tamal, las achiras y la chicha; además, la celebración del día del poncho y el sombrero son sus protagonistas principales, convirtiendo, de esta manera, los parques y plazoletas en gigantes banquetes pantagruélicos, y sus populares tablados en embajadores de música vallenata, traqueta y texana.

Mientras tanto, en la Concha Acústica Garzón y Collazos, ubicada en el tradicional parque Centenario, su reparación duerme el sueño de los justos, superando por más de 13.000 millones de pesos su remodelación y la de su entorno. Si hoy nos sentáramos en una de sus gradas —con un aforo de 5.000 espectadores— el cupo costaría más de 2 millones de pesos por espectador.

De esta manera, lo nuestro pasó a un segundo plano; las expresiones culturales, por fuera de la gastronomía, se convirtieron en relleno de su programación. Ahora entendemos por qué los gestores culturales, actores, músicos y coreógrafos tradicionales prácticamente no participan en su organización y programación. La Gobernación y la Alcaldía los han relegado al papel de simples espectadores, empoderando, a su vez, a contratistas e intermediarios de todo tipo, haciéndolos parte fundamental de la organización de este evento.

Todo lo anterior se expuso y analizó en el ciclo de conferencias sobre memoria colectiva y patrimonio cultural, organizado por la Universidad del Tolima, el Observatorio del Tolima y el grupo cultural Aymas, donde asistieron especialistas sobre este tema.

Una de las conclusiones de este evento es que, para volver a los tiempos gloriosos del Festival, debemos aprender de otros eventos a nivel nacional, como lo son, entre otros: el Carnaval de Barranquilla, el de Negros y Blancos de Pasto y la Feria de Cali, donde los gobiernos territoriales, los gremios y los gestores culturales organizan su programación, evitando, por lo tanto, intermediarios innecesarios y poco familiarizados con la cultura local.

Retomando, de esta manera, nuevamente su espíritu fundacional de ser, ante todo, una empresa del corazón que aporte a la reconciliación y el impulso cultural de los tolimenses, logrando, por lo tanto, nuevamente un protagonismo cultural a nivel nacional e internacional que hoy hemos perdido en medio de la indigestión de su programación mayoritariamente gastronómica.

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