Opinión
Dos anécdotas recientes
Por Alberto Bejarano Ávila
El atraso material, estructural y económico, la pérdida de identidad y de valores territoriales y la pobreza mental y moral del liderazgo tolimense, mutó en cúmulo de problemas sociales que, porfío, llevan más ocho lustros empeorando y siendo paisaje inmutable de lo cotidiano, regresión que, en tan extenso lapso, tuvo y tiene negacionistas y sofistas que la justifican y la mimetizan, pero jamás tuvo un liderazgo contracorriente para superarla.
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Empieza la época electoral y empiezan a rodar la vieja y mala película politiquera y vuelve a notarse la falta de tesis serias para rehacer la realidad tolimense y, por ello, afirmo que ya las culpas no pueden achacarse al proceder del liderazgo mediocre y venal sino a la omisión de quienes siempre se arrogaron la tarea del cambio, verbo que igual se volvió lugar común y, así, decadencia y “cambio” parecieran aliarse para derrotar las esperanzas.
Del liderazgo malo y venal nada bueno vendrá, pues sus fines son la megalomanía codiciosa, pero si, sin importar cuál su postura política y su concepción económica y social, confiemos en miles de personas que quieren ver un Tolima próspero y nuestro. Quienes desean el fin de la politiquería y el inicio de una era de prosperidad, con respeto lo digo, quizás ignoren que la disrupción o cambio comienza con una verdad simple, pero hábilmente falseada por el interés centralista; se trata de la naturaleza intrínseca de las fuerzas vitales de la sociedad regional que no fluyen en sentido correcto y no alimentan, con la correcta visión estratégica del futuro, al liderazgo social, económico y político, consecuente, pertinente y coherente.
Recuperando sus fuerzas vitales, el cambio empezará en el Tolima; sobre ello escribiré en el próximo artículo. Disculpándome por aludir en primera persona, veamos las dos anécdotas: Una vez editado en España mi libro “Manual Para Reedificar al Tolima”, texto aleccionador y disruptivo para un genuino liderazgo de cambio y cuyo título de hecho es sugerente, escribí a la Señora Gobernadora ofreciéndole un ejemplar y su respuesta fue: “Muy buenas noches. Mil gracias”. Porque las viejas ideas siempre fracasan, no creo haya apatía por ideas distintas para restaurar al Tolima; pudo ocurrir algún esguince comunicacional, eso quiero entender.
Otra anécdota nació con una nota que envié a grupos de WhatsApp diciendo que sería craso error vender el “Hotel Ambalá”. Tres lideres políticos escribieron asintiendo mi razón; a ello respondí, tal vez ingenuamente, que quería exponer mi tesis ante la Duma Departamental, ente que aprobó la venta; algunos ofrecieron hacer gestión para hacerlo posible y desde ahí, hasta “el año de San Blando…”. Luego escribí un artículo planteando sucintos argumentos respecto a que la función del edificio fuera propiciar el reencuentro de los tolimenses, hecho que, en una visión estratégica correcta, sería esencial para generar espíritu raizal, sinergias, cohesión social y peso político para restaurar al Tolima y la respuesta de la política, “ni mu”.
A los políticos amigos les digo que no soy su antagonista, que no busco imagen ni curules; ya subí al octavo piso y, además, nadie querrá fundar una gerontocracia y buscar un candidato sin un “p… peso” para hacer campañas. Creo ser buen político y ello lo pruebo diciendo que fui y sería un mal candidato y que un hábitat politiquero el político va al ostracismo.
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