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Opinión

Liderazgo, para avanzar o para retroceder

Liderazgo, para avanzar o para retroceder

Por: Alberto Bejarano Ávila


En esencia toda persona posee inteligencia y cultura, pero la decadencia tolimense obliga a meditar sobre la índole del saber y el talento de quienes ejercieron y ejercen hoy el liderazgo social, económico y político y a opinar sobre la caracterización de la cultura y la inteligencia colectiva que debe emerger. 

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Por ello, igual como abstracción de mi visión histórica, sistémica y sinérgica del Tolima y sabiendo que, además, existen ahistòricos, individualistas y sinergias malignas e igual, como dijera Camilo Torres, “ingratos, egoístas y quietistas”, haré un tanteo del origen de la “inteligencia y la cultura” reinante en el Tolima y de la naturaleza de las ideas que deben emerger para hacer posible la disrupción histórica o el cambio anhelado.

A la tóxica pócima de ego, codicia y economicismo o economía clásica, como se entenderá adelante, imputo el origen de la “cultura dominante” en el Tolima, que muta en un liderazgo reduccionista que circunscribe la gestión pública a acciones subsidiarias e irrelevantes, como la imagen personal del gobernante, político o dirigente; el caricaturesco e inflado mérito por invertir el erario en pequeñas obras; el clientelismo y el electoralismo; el cortocircuito entre partidos, ideas y aspirantes; el alma gregaria del centralismo; la rapacidad non sancta y más hechos que hacen de la vida tolimense un círculo vicioso que, reitero, lleva más de 40 años acelerándose y en bajada. 

Sin duda el rasero que mide la idoneidad y eficacia de los gestores públicos, políticos, económicos y gremiales cayó al piso y ello mengua el juicio de valor sobre la calidad del liderazgo requerido para construir progreso. ¡Esto es lo que hay!

Lo que no hay es liderazgo para construir desarrollo real e incluyente, con visión estratégica para hacer del Tolima una región de dueños, con un modelo económico regionalista fundado en economía popular y cooperativa vigorosa; sistema financiero que reinvierta utilidades en la región; mercados de capitales propio; plan concertado de infraestructura institucional y vial en todo el territorio; proyecto de movilidad urbana que incluya nuevas vías, tranvías, cables aéreos, parqueaderos elevados y soterrados, sistema integrado de trasporte SETP serio; plan maestro de agroindustria para cada municipio; plan de investigación, ciencias y tecnologías; idónea organización social y gremial; educación. 

Todo ello, y más, como norte de la gestión, exige identidad, sentido histórico; humanismo; visión sistémica; conocimiento el territorio, correcta lectura sociológica; cohesión social; solidaridad; honradez intelectual y ética, y claro, suplir el afán electorero por la política genuina, para nos, aún desconocida.

El dilema es, admitir al reduccionismo; la sordidez; la miríada de inteligencias individualistas; al “buen candidato para vencer al mal gobernante” o construir una visión del futuro a acorde a la dignidad tolimense. Quedará claro que el atraso que sufrimos lo construyó un liderazgo enfermo de ego, codicia y pragmatismo bobo (que “esta vivito y coleando”) y que el genuino progreso de y para todos los tolimenses, lo forjará un liderazgo excelso (que aún no existe), cimentado en inteligencia colectiva y participativa, dispuesta a construir una nueva historia.

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