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El realismo mágico de Abelardo
Por Ricardo Oviedo Arévalo
*Sociólogo, investigador, docente
El realismo mágico, como movimiento literario, solo pudo haber surgido en el Caribe por ser esta una región donde se encontraron todas las bajas pasiones de las potencias europeas desde los inicios de la Conquista. Esto dio como resultado una forma tragicómica del ejercicio del poder ante una realidad alterada por hechos que, aunque asombrosos, veíamos como cotidianos y naturales y, por lo tanto, donde la realidad supera a la fantasía.
De otra manera no se podría explicar cómo, en plena Revolución francesa, Jean-Jacques Dessalines (quien nació en el siglo XVIII y proclamó la independencia en 1804) liberó a Haití, pero al mismo tiempo lo condenó a vivir mil años de soledad.
Es el mismo país que ayudó a Bolívar para la liberación de Colombia y al que le pagamos con la muerte de su presidente Jovenel Moïse, asesinado en una calurosa noche de julio de 2021 a manos de mercenarios de origen colombiano. Una tragedia como para una novela del cubano Alejo Carpentier en su clásica obra El reino de este mundo, donde narra los avatares del mundo encantado afrocaribeño de ese país.
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O también la novela El otoño del patriarca, de García Márquez, donde nos relata las atrocidades de un dictador déspota, patriarcal y corrupto que superó los límites aristotélicos sobre el origen de los bienes públicos y privados, convirtiendo a todo el país en su hacienda personal. Gabo se inspiró para construir este personaje en el dictador decimonónico Gabriel García Moreno, del vecino Ecuador, que quiso convertir al país andino en un gran convento: entregó la educación pública al clero, solo reconocía la ciudadanía si se era católico, envió al exilio o al camposanto a sus opositores, y se hizo enterrar con su banda y silla presidencial.
En el caso colombiano también tenemos nuestras perlas. Entre otras, el libertador Simón Bolívar dictaba y firmaba decretos desnudos en una hamaca y, como en el cuento del sastrecillo valiente, su edecán no se inmutaba porque le gustaba el traje del general. O también tenemos el caso del presidente Marco Fidel Suárez, que convirtió la casa de gobierno en un gran centro espiritista para consultar las políticas de gobierno a su madre ya fallecida; sus áulicos decían que la progenitora gobernaba mejor que su hijo.
El general Rafael Urdaneta odiaba el olor a fríjoles, hacía que se cocinaran fuera del palacio y comentaba sotto voce que esa era una de las razones para no ir a Antioquia. O el «llorón» José Vicente Concha, que lagrimeaba a moco tendido en las sesiones del gabinete cuando no salían bien las cosas. O el caso del payanés Guillermo León Valencia, quien, ante una reunión con diplomáticos franceses, elogió hasta el cansancio al escritor Víctor Hugo creyendo que era el presidente de Francia; amablemente, el embajador corrigió este lapsus diciendo que el escritor era un gran admirador de su gobierno.
La lista es infinita, pero lo que nunca habíamos tenido era un presidente que resumiera fielmente todas estas «excentricidades» del poder, y no puede ser otro que Abelardo. Este nombre de origen germánico tiene un doble significado: ser un príncipe noble y fuerte, o una abeja reina. Nada más premonitorio para nuestro presidente nacido de noble cuna caribeña.
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Es el primer presidente que, siendo confeso ateo, milagrosamente se convirtió en un fanático cristiano, como Pablo de Tarso camino a Damasco, y pasó de odiar la religión a terminar abrazando a todos los credos.
Con la emisión del Decreto 1310 de 2025, sacó del clóset a su pariente y sacerdote Rodolfo Andrés Londoño de la Espriella, cuyo único mérito académico es ser abogado de la Universidad Javeriana y capellán de la Casa de Nariño. Este lo estará representando en el Consejo Superior de las universidades Pedagógica Nacional, Antioquia, Valle y del Atlántico. Al mejor estilo de García Moreno o de su amado Rafael Núñez, envía el mensaje de que la educación superior sí tiene cura y, como Cristo en el templo, les dará latigazos a los barbudos y mal trajeados profesores petristas y marxistas.
Aunque, como su paisano Núñez, odia a Bogotá, mandó a construir «capitolios alternos» en ciudades como Medellín, Barranquilla y Cali, prometiendo gobernar durante su cuatrienio en estas sedes. Pero me cuentan que, desde ya, les están preparando un festival gastronómico de comidas típicas en cada una de ellas: en Antioquia, una frijolada gigantesca con chicharrón e insípida arepa; en Curramba, de entrada, un afrodisíaco sancocho de bagre acompañado de un suave y dulce postre italiano, tiramisú, y como bebida un refrescante limoncello; en Cali, un sancocho trifásico con agua de panela y cholado; y en su sede principal, Bogotá, un fragante caldo de changua con huesos de marrano —o copartidario— servido en la plaza de la Perseverancia o, en su defecto, en el histórico restaurante de Las Ojonas o La Leona, en la mítica plaza de España. Sugiero que todos estos eventos sean televisados para ver si Abelardo ha superado el síndrome del presidente Urdaneta.
Pero lo que sí está haciendo desde antes de su posesión es atender, como Marco Fidel Suárez, sus experiencias esotéricas y paranormales. Por eso es su miedo a gobernar desde el Palacio de Nariño, porque Petro no solo encantó al pueblo colombiano, sino también las instalaciones de gobierno. Según los medios de comunicación, por sus oficinas han pasado sacerdotes, pastores, monjas y todo tipo de exorcistas que dejan como huella un puñado de sal sobre escritorios y sillas para alejar la maldición del exguerrillero. Demuestra, de esta manera, su experiencia profesional como brujo y coach de superación personal, como se promocionaba antes de las elecciones en las redes sociales.
ZONA DE DISTENSIÓN
Comentan los jubilados del Café Juan Valdez de la 37 que Abelardo viene seguido a Ibagué por tener más brujos que músicos, agrónomos y veterinarios juntos, y que sería mejor cambiarle el nombre y rebautizarla como: IBAGUÉ, LA CAPITAL ESOTÉRICA DE COLOMBIA.
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