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El turismo del Tolima no se quema
Por: Edgardo Ramírez Polanía
Las tragedias provocadas por los incendios que durante este mes han castigado el suelo tolimense deberían servirnos también para reflexionar sobre la solidaridad que debe prevalecer en nuestra sociedad. Una solidaridad que, desde la noche de los tiempos, ha acompañado a estas tierras tanto en las horas de la guerra como en las jornadas de la paz.
En medio de la dificultad, el tiple y la guitarra continúan sonando; el campesino vuelve sobre la tierra, y quienes venden bizcochos, achiras, tamales y lechona siguen atendiendo al viajero que atraviesa nuestras carreteras. El fuego puede dejar cicatrices dolorosas sobre las montañas, pero no puede consumir la vocación de un pueblo que siempre ha sabido levantarse después de la adversidad.
El Tolima posee condiciones excepcionales para convertirse en uno de los grandes destinos turísticos del centro de Colombia: música, historia, gastronomía, montañas, ríos, termales, paisajes, folclor y una ubicación privilegiada. Lo que todavía no hemos conseguido es reunir esas riquezas en un proyecto departamental que trascienda los períodos de gobierno, aunque debe reconocerse el esfuerzo de la gobernadora Adriana Magaly Matiz.
Dentro de esa visión, Ibagué y El Espinal deberían consolidarse como polos complementarios de desarrollo. La capital concentra universidades, servicios médicos, hoteles, comercio, escenarios deportivos y una tradición musical reconocida nacionalmente. El Espinal aporta su estratégica localización, su vocación agrícola y comercial, su folclor y una gastronomía cuyos mayores símbolos, el tamal y la lechona, pertenecen a la identidad del Tolima. Las dos ciudades pueden integrar un corredor económico, cultural y turístico capaz de irradiar desarrollo hacia todo el departamento.
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Desde ese eje podrían organizarse rutas hacia Honda, Mariquita y Ambalema; Melgar y Carmen de Apicalá; las montañas del norte y los municipios del centro y del sur. El Tolima no debe promocionarse como una colección de destinos aislados, sino como un territorio para recorrer. Quien llegue a Melgar o El Espinal debería encontrar razones para continuar hacia Ibagué, escuchar su música, visitar sus museos y prolongar su permanencia.
Ibagué tendría que asumir un liderazgo especial. Ser la Ciudad Musical de Colombia debe significar mucho más que conservar un título. El Conservatorio del Tolima, el Museo de Arte, la Concha Acústica, la Biblioteca Darío Echandía, el Panóptico, la plaza de Bolívar, el parque Manuel Murillo Toro, la Catedral, La Pola y el Cañón del Combeima pueden integrarse en una Ruta de la Música y la Cultura, acompañada de conciertos, cafés musicales, gastronomía y recorridos permanentes. El Panóptico, además, podría servir como gran vitrina cultural para los cafés de nuestras montañas, la cerámica de La Chamba, las artesanías del Guamo, las achiras, los instrumentos musicales y otros productos regionales, vinculando directamente a campesinos y artesanos con los beneficios del turismo.
El Espinal, por su parte, puede consolidar una ruta gastronómica y folclórica alrededor del tamal, la lechona, la música y sus fiestas tradicionales. No resulta difícil imaginar programas de varios días que permitan permanecer en Ibagué, recorrer el Cañón del Combeima y sus espacios culturales, visitar después El Espinal y continuar hasta La Caimanera, donde podría organizarse una travesía turística por el río Magdalena. Así se construyen los verdaderos circuitos: dando al viajero razones para quedarse y no simplemente para pasar.
Pero el turismo no se construye solamente con festivales y publicidad. Una ciudad que aspira a recibir visitantes debe funcionar primero para quienes viven en ella. Ibagué necesita afrontar el abastecimiento de agua, la seguridad, la movilidad y un crecimiento urbano que no siempre ha estado acompañado de la infraestructura necesaria. Construir edificios no significa construir ciudad: las nuevas viviendas requieren vías, colegios, parques, centros de salud y servicios suficientes para no edificar desde ahora el congestionamiento del futuro.
También debemos recuperar la presentación de nuestras ciudades. Las fachadas deterioradas, los lotes abandonados y los sectores urbanos descuidados afectan tanto la imagen que encuentra el visitante como la calidad de vida de sus habitantes. El artículo 77, numeral 4, de la Ley 1801 de 2016 considera contrario a la convivencia omitir el cerramiento y mantenimiento de lotes y fachadas. Una política municipal seria debería divulgar la norma, conceder un plazo razonable para cumplirla y aplicarla después a quienes persistan en el abandono.
La movilidad exige soluciones prácticas. La calle 60, la avenida Guabinal y la carrera Quinta demuestran cómo la concentración comercial puede estrangular sus propias vías de acceso. Bahías, estacionamientos periféricos y pequeños buses turísticos podrían comunicar hoteles, centros comerciales, el centro histórico y los principales sitios de interés. Otro circuito debería facilitar el acceso al Cañón del Combeima y privilegiar el transporte colectivo los fines de semana para disminuir la presión de los vehículos particulares.
La agenda turística debe extenderse a los 47 municipios, aprovechando sus fiestas tradicionales, expresiones culturales, paisajes y productos característicos. Ibagué cuenta con el Festival Folclórico Colombiano; El Espinal, con las Fiestas de San Pedro y el Festival Nacional del Bunde, y Mariquita, con el Festival Musical del Mangostino de Oro. A ellos pueden sumarse encuentros musicales, festivales gastronómicos, competencias deportivas, exposiciones, congresos, ferias y el Festival del Libro, inicialmente impulsado por Pijao Editores y posteriormente fortalecido mediante respaldo institucional. Una ciudad musical no tiene por qué vivir culturalmente solamente durante sus fiestas.
Existe, además, una posibilidad que Ibagué debería estudiar con seriedad. Muchos colombianos jubilados, incluidos quienes han vivido durante años en el exterior, buscan ciudades de clima agradable, costos razonables, buenos servicios médicos, tranquilidad y actividad cultural. Algunos hoteles urbanos y campestres podrían ofrecer residencias de larga permanencia para adultos mayores independientes, con alojamiento, alimentación, recreación y servicios preventivos. No serían ancianatos, sino lugares para conservar la autonomía y disfrutar los años del retiro, generando empleo en gastronomía, enfermería, fisioterapia, transporte y recreación.
Todo esto requiere una estrategia moderna de promoción. Una plataforma digital departamental podría integrar hoteles, restaurantes, museos, festivales, rutas naturales, gastronomía y programación cultural. No basta con poseer atractivos; hay que organizarlos, conectarlos y hacerlos visibles. El propósito no es traer multitudes durante unas horas, sino lograr que el visitante permanezca, recorra nuestros municipios, consuma nuestros productos, conozca nuestra cultura y encuentre razones para regresar.
El Tolima no necesita inventarse una identidad turística. Ya la tiene en sus montañas y ríos, en el tiple y la tambora, en el tamal y la lechona, en la cerámica de La Chamba, en sus cafés, escritores, músicos, campesinos y artesanos. Lo que necesita es reunir esas riquezas alrededor de una visión común, con Ibagué y El Espinal como motores del resto del departamento.
El fuego podrá quemar bosques y pastizales y dejar dolorosas cicatrices sobre nuestra tierra, pero no puede quemar nuestra cultura, nuestra vocación ni la voluntad de superar la dificultad. Las tragedias pasan y los pueblos permanecen. El turismo del Tolima no se quema.
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