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La ilusión de las encuestas
Por: Edgardo Ramírez Polanía
En los últimos años, las encuestas han dejado de ser un instrumento auxiliar del análisis electoral, para erigirse en el eje dominante del discurso político. Su presencia constante en los grandes medios de comunicación, en manos de poderosos conglomerados económicos, ha configurado una nueva manera de comprender y de condicionar la realidad pública.
Su reiteración constante, ha instaurado una forma sutil de pedagogía colectiva; la que orienta, la del porcentaje que sugiere, la del dato que, sin imponerse abiertamente, termina por inclinar la voluntad.
El margen de error, ese recurso de la estadística, ha sido transformado en coartada retórica. Se invoca como salvaguarda científica, pero en la práctica funciona como velo que disimula la fragilidad de lo medido. Bajo su amparo, la incertidumbre adquiere apariencia de precisión, y la probabilidad se desliza, sin resistencia, hacia la ilusión de certeza.
Los grandes medios de comunicación en esta escenografía de números cumplen un papel importante pero sinuoso, Cadenas como Caracol Televisión, Caracol Radio y Blu Radio, en alianza con firmas encuestadoras como Invamer, han tejido una red de difusión periódica que, bajo el signo del rigor técnico, termina por modelar la percepción colectiva.
No se cuestiona aquí la técnica, sino la investidura simbólica que se le ha otorgado de un oráculo contemporáneo que dicta tendencias con aire inevitable que se debe seguir porque es aquel que supuestamente prefiere la mayoría.
La encuesta, que debería limitarse a ser una fotografía del instante, se convierte así en relato anticipado del poder. Su repetición persistente produce un efecto de realidad que trasciende la medición. Lo que comenzó como registro termina siendo destino insinuado y el ciudadano no solo observa sino empieza a creer haste el día de la elección.
Se configura entonces un circuito de retroalimentación silenciosa en que la encuestadora produce el dato, el medio lo amplifica, el debate público se ordena en torno a él y, finalmente, nuevas encuestas recogen una opinión ya influida por esa misma difusión. La medición deja de reflejar para empezar a construir opinión.
La frecuencia con que estos sondeos se publican no es inocua. La repetición sustituye al argumento. La cifra reiterada adquiere la fuerza de una verdad socialmente aceptada, desplazando el debate de ideas hacia la simple comparación de porcentajes.
En ese escenario, quienes más se aferran a las encuestas suelen ser, paradójicamente, aquellos que menos confían en la solidez de su propia propuesta. Buscan en la cifra la legitimidad que no logran construir en el debate, como si la política, esa ciencia del Estado pudiera reducirse a una simple aritmética de probabilidades.
No todas las encuestadoras se limitan a cumplir una función técnica. Algunas, amparadas en el lenguaje de la probabilidad, han derivado hacia una práctica más cercana a la sugestión que a la medición. Bajo el ropaje de la estadística, operan como dispositivos de influencia que, en lugar de reflejar el pulso social, contribuyen a moldearlo de manera insidiosa.
Pero incluso admitiendo la potestad regulatoria de las encuestas por parte del Consejo Nacional Electoral, surge una pregunta esencial, que sería, ¿con qué mecanismos reales cuenta para verificar la autenticidad de una encuesta? Porque una cosa es la formalidad del registro, ficha técnica, muestra y metodología declarada, y otra muy distinta la comprobación material de que esos datos reflejan la realidad y no una tendencia de favorecer a quien paga la encuesta o es el candidato de sus afectos.
Se produce entonces un fenómeno más complejo y perturbador. Una una forma de contagio mental colectivo, en la que la reiteración de tendencias no solo informa, sino que genera adhesiones. El elector, sometido a la insistencia del dato, termina por creer una narrativa supuestamente inevitable donde la decisión pierde su carácter libre y se aproxima, peligrosamente, a la confirmación de una expectativa sembrada.
De allí que la crítica no deba dirigirse contra la estadística en sí misma, sino contra su uso desviado, aquel que convierte la incertidumbre en certeza aparente y degrada la voluntad democrática a una reacción frente a números que, bajo la apariencia de neutralidad, operan como instrumentos sutiles de sugestión colectiva.
Y entonces, bajo el imperio de la cifra, el ciudadano ya no elige: apenas confirma lo que otros, con apariencia de ciencia, decidieron por él, para que “sigan los mismos con las mismas”.
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