Historias
Mía y el grito que no podemos ignorar
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Una vela encendida parece poca cosa frente a la inmensidad de una tragedia. Sin embargo, en estos días, cientos de luces han comenzado a iluminar ventanas, altares y corazones en el Tolima. Cada una de ellas lleva un nombre: Mía Kathaleya Ramírez, una bebé cuya corta existencia terminó dejando una herida profunda en la conciencia colectiva.
Hay noticias que se leen y se olvidan. Otras se convierten en una pregunta que persigue durante días. La muerte de Mía pertenece a estas últimas. Duele porque nos enfrenta a la fragilidad absoluta de la infancia, a esos seres que llegan al mundo confiando plenamente en los adultos que deben protegerlos.
En una sociedad que suele acostumbrarse a la violencia cotidiana, la partida de una niña tan pequeña nos obliga a detenernos. Nos recuerda que ninguna cifra, ningún informe y ningún titular puede reflejar el vacío que deja una vida que apenas comenzaba a escribir su historia.
Los niños no tienen voz para defenderse de muchas de las amenazas que los rodean. Dependen de la mirada atenta de sus familias, de sus vecinos, de sus maestros, de las instituciones y de toda una sociedad que tiene el deber moral de actuar cuando sospecha que algo no está bien. El silencio también puede convertirse en una forma de indiferencia.
Por eso, más allá del dolor y la indignación, este momento debe convertirse en una oportunidad para fortalecer la cultura de la prevención. Escuchar, acompañar, denunciar y proteger son acciones que pueden marcar la diferencia entre la vida y la tragedia.
Desde la Casa de la Mujer del Tolima se ha reiterado el compromiso de trabajar de manera permanente en la prevención de todas las formas de violencia, promoviendo espacios de orientación, acompañamiento y educación que contribuyan a la construcción de entornos seguros para mujeres, niñas, niños y adolescentes.
La labor preventiva no siempre es visible. Muchas veces ocurre en una charla comunitaria, en una capacitación, en una visita a un municipio lejano o en una conversación donde una persona encuentra la confianza para pedir ayuda. Son acciones silenciosas, pero fundamentales para evitar que el dolor vuelva a repetirse.
La historia de Mía también debe servir para fortalecer las redes comunitarias de cuidado. Proteger a la infancia no es una tarea exclusiva de las autoridades; es una responsabilidad compartida que comienza en el hogar y se extiende a cada rincón de la sociedad.
Hoy, mientras las velas siguen encendiéndose y las oraciones se elevan por su memoria, el nombre de Mía Kathaleya Ramírez se convierte en un símbolo de la urgencia de actuar. Que su recuerdo nos ayude a mirar con más atención, a escuchar con más sensibilidad y a comprometernos con la protección de quienes más nos necesitan.
Porque ninguna niña ni ningún niño debería conocer el dolor antes que los juegos, el miedo antes que los abrazos o la violencia antes que el amor. Esa es la reflexión que deja Mía. Esa es la tarea que nos corresponde a todos. Justicia para Mía y protección para todas las infancias.
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