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Las conspiraciones del 11S y el álbum de Supertramp

Las conspiraciones del 11S y el álbum de Supertramp

Portada del álbum Breakfast in America (Izq) e imagen invertida donde se muestra el 9-11 sobre la Torres Gemelas (Der).

Por Mauricio Arcila

Redactor El Cronista.co
 

El 11 de septiembre de 2001 quedó grabado en la memoria colectiva de la humanidad como uno de los momentos más oscuros de la historia moderna. En una época donde las redes sociales aún no existían para masificar la información al instante, las transmisiones televisivas en vivo se convirtieron en el canal que paralizó al planeta.

Las imágenes en directo mostraron el preciso y aterrador instante en que dos aviones comerciales de American y United Airlines se estrellaban contra las Torres Gemelas, el imponente símbolo del poderío financiero norteamericano. La tragedia se amplificó minutos después con el impacto de un tercer avión en el Pentágono y la caída del vuelo 93 en un campo rural de Pensilvania, completando un escenario de caos e incertidumbre que cambió la geopolítica global para siempre.

Como suele suceder tras los acontecimientos que sacuden al mundo, el vacío de respuestas abrió el paso a una inmensa ola de historias paralelas y explicaciones alternativas. Con el paso de los años, el 11S se transformó en la cuna de incontables teorías de la conspiración: desde la hipótesis de que todo fue un "trabajo interno" orquestado por la administración de George W. Bush para justificar invasiones en Oriente Medio, hasta las afirmaciones de que los edificios cayeron por demoliciones controladas y no por el calor del combustible. Incluso la cultura pop entró al debate, señalando supuestas premoniciones en la televisión, como el famoso episodio de Los Simpson donde Lisa sostiene una revista con un titular que cruza el precio de 9 dólares con la silueta de las torres, formando visualmente la cifra 9/11.

Sin embargo, el universo de la música y del rock en particular nunca ha sido ajeno al magnetismo del misterio y las lecturas en clave secreta. La industria musical está repleta de mitos urbanos que han sobrevivido a generaciones: desde la insistente creencia de que Elvis Presley simuló su muerte y vive en el anonimato, hasta la célebre conspiración Paul is dead, que asegura que Paul McCartney falleció en un accidente automovilístico en 1966 y fue reemplazado por un doble canadiense llamado William Campbell. A esto se suman viejos pánicos morales como el falso acrónimo atribuidos a la banda KISS (Knights In Satanic Service) o los supuestos mensajes satánicos que se escuchaban al reproducir ciertos vinilos al revés.

Justo en esa fascinante intersección donde se cruzan la melomanía, los enigmas y la paranoia colectiva, emerge una de las coincidencias más inquietantes y comentadas en la historia de las portadas discográficas: la del mítico álbum Breakfast in America, publicado por la banda británica de rock progresivo Supertramp.

Lanzado en 1979, el disco se convirtió de inmediato en un clásico absoluto gracias a himnos como The Logical Song o la canción homónima del álbum. La portada fue una genialidad conceptual: una caricaturización del panorama urbano de Nueva York visto desde la ventanilla de un avión, con vajillas, cubiertos y cajas de cartón haciendo de rascacielos, y una simpática mesera posando sonriente como si fuera la Estatua de la Libertad, sosteniendo un vaso de jugo de naranja en lugar de la antorcha. Detrás de ella, destacaban en el fondo amarillo dos pilares formados por cajas de condimentos que representaban claramente a las Torres Gemelas.

La verdadera perturbación para los hipotéticos del ocultismo pop llegó años después al analizar la carátula en espejo. Al invertir la imagen, el nombre de la banda —SUPERTRAMP— situado en la parte superior, despliega una coincidencia espeluznante: las letras U y P, dispuestas exactamente encima de la silueta de las dos torres, se transforman de cabeza en los números 9 y 11, formando de manera impecable la fecha 9/11 en el formato de escritura estadounidense. Diseñada con más de dos décadas de anticipación por el artista Stanley August Miesegaes, la carátula plantea una incógnita que sigue fascinando a los fanáticos y teóricos de las conspiraciones: ¿fue una premonición incomprensible del destino, una escalofriante casualidad matemática o simplemente el triunfo de la paranoia humana buscando patrones donde no los hay?

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