Destacadas
Viviana Lozano: una vida que comienza cuando Ibagué todavía duerme
Viviana Lozano Sánchez
Por Johan Yate y Oscar Viña Pardo
Cuando buena parte de Ibagué duerme, las plazas de mercado ya están despiertas. A las doce y media de la noche comienza otro día para quienes viven de recibir mercancía, descargar bultos, organizar canastillas y esperar a los primeros compradores. Viviana Lozano Sánchez conoce ese reloj al revés desde hace casi toda su vida. En los días de mercado abre su puesto desde la una de la mañana y la jornada puede extenderse hasta las diez u once, cuando bajan las ventas.
Las plazas nunca descansan del todo. Tienen sus propias horas, sonidos y personajes. En la madrugada mandan los mayoristas, los camiones y los coteros. La respiracion de los que cargan los bultos de papa, limones, tomates tienen un compas diferente, las bocinas de los camiones pocoi se escuchan, solo el sonido de los motores, en especial cuando echan reversa para que la mercancía quede a merced de los coteros.
Le puede interesar Perubólica o tv Pacho en Ibagué
Después aparecen tenderos y compradores y, con la mañana avanzada, las familias que todavía prefieren escoger una fruta, preguntar cuánto vale, comparar calidades y, por qué no, regatear unos pesos. Allí comprar sigue siendo una conversación entre dos personas. Y Viviana tiene ese arte de hablar con sus clientes por minutos, quizás hasta que llegue el proximo cliente, generando asi un vínculo afectivo que ya se perdió en muchos establecimientos comerciales de la ciudad.
La plaza también es parte de la memoria de una ciudad. Mucho antes de los supermercados, las grandes superficies, las aplicaciones y las tiendas de bajo costo, allí llegaban los alimentos que conectaban el campo con las mesas urbanas. Hoy compiten con nuevos modelos comerciales, pero conservan algo difícil de empacar en una góndola: la posibilidad de mirar, tocar, escoger, preguntar y, quizás lo más importante establecer una relación con quien está detrás del puesto.
De la Pola al Jardín: las plazas que crecieron con Ibagué
Las plazas de mercado de Ibagué corresponden a las dinámicas propias de crecimiento de la musical. Uno de sus antecedentes estuvo en el barrio La Pola, pero fue la Plaza de la 14, inaugurada en 1910, la que se consolidó como la primera plaza formal de mercado de la ciudad. Allí, entre carnes, frutas, verduras, canastos y pregones, comenzó a escribirse buena parte de la memoria popular del comercio ibaguereño.
El portero de sinvergüenzas es una historia imperdible
Con el crecimiento de la ciudad apareció una curiosidad urbanística que todavía puede leerse en sus calles. El plan “Ibagué Futuro”, de 1935, planteó distribuir centros de abastecimiento aproximadamente cada siete cuadras. De allí la lógica de las plazas de la Pola en la 7, la 14, la 21 y la 28. No eran números puestos al azar: buscaban acercar los mercados a los distintos sectores de una ciudad que comenzaba a extenderse y necesitaba nuevos lugares para abastecerse, como está plasmado en la investigación Cinco momentos de arquitectura y urbanismo. El Banco de la República en Ibagué, 1925-1992, de Andrés Francel, Lina María Ibáñez y Carolain Hilene Varón. Justifica las siete cuadras buscando crear sectores de abastecimiento, facilitar los desplazamientos a pie y reducir la dependencia del automóvil.
La Plaza de la 21, aunque había sido pensada desde décadas atrás, terminó construyéndose en 1959. Con los años, la 14, la 21 y la 28 desarrollaron personalidades propias. Cambiaban los productos, los comerciantes, los compradores y hasta los olores. Pero compartían una misma esencia: eran puntos de encuentro entre el campo y la ciudad, lugares donde comprar nunca significó únicamente pagar, sino también preguntar, escoger, regatear y, muchas veces, terminar conversando.
Décadas después llegaría El Jardín, cuya construcción comenzó hacia 1990 y que para 1992 ya recibía comerciantes, entre ellos algunos trasladados desde la 28. Así se fue formando el mapa de las cuatro plazas tradicionales que hoy reconoce Ibagué: la 14, la 21, la 28 y El Jardín. Más de un siglo después de aquella primera plaza formal, estos espacios han tenido que aprender a competir con nuevas formas de comercio, pero conservan algo difícil de reemplazar: allí todavía se compra mirando a los ojos a quien vende, más las plazas itinerantes de los fines de semana o la del barrio El Salado.
Viviana prácticamente nació entre esos corredores. Su madre la llevó desde muy pequeña y su historia pasó por las plazas de la 14, la 28 y El Jardín antes de establecerse definitivamente en la 21. Lleva alrededor de 30 años trabajando por cuenta propia y 15 en su actual lugar. Por eso habla de las plazas como quien describe las habitaciones de su propia casa.
De niña aprendió que había que trabajar. Sus padres tuvieron siete hijos y buena parte de ellos crecieron vinculados a las plazas. Mientras los adultos comercializaban zanahoria, tomate, cebolla y habichuela, a los pequeños les correspondían productos como limón y cilantro. El dinero que obtenían servía para comprar cuadernos, uniformes y aquellas cosas que comenzaban a querer cuando llegaba la adolescencia.
Por eso, cuando alguien intentaba utilizar la palabra “plaza” para menospreciarla, Viviana respondía, no se quedaba callada, al fin y al cabo tenia la autoridad para hablar de su entorno no con nostalgia sino con alegría. Recuerda que en el colegio algunas expresiones de profesores y estudiantes le molestaban porque generalizaban a quienes provenían de estos lugares. Ella estudiaba, trabajaba y no encontraba ninguna razón para sentirse menos. Hoy conserva esa misma posición: se siente orgullosa de ser una mujer de plaza y exige respeto por quienes se ganan la vida allí honradamente.
Ese orgullo también está hecho de memoria. Hay clientes que, como ella misma cuenta, prácticamente la conocieron “en pañales”. Algunos murieron, pero sus hijos continuaron llegando a comprar. Así se construye una plaza: generaciones de vendedores atendiendo a generaciones de compradores hasta que un rostro conocido termina siendo casi tan importante como el producto que se busca.
La Plaza de la 21 ha cambiado. Su infraestructura ha sido intervenida y sus dinámicas comerciales también se han transformado, pero su entorno continúa siendo complejo. Viviana sostiene que la inseguridad y la aparición de nuevos formatos de comercialización han reducido parte del movimiento, de personas, de dinero, que tenían estos espacios años atrás. Aun así, defiende una ventaja que considera insustituible: en la plaza se comparan precios, maduración y calidades hasta encontrar exactamente lo que se necesita.
Y alrededor de la 21 existe otra ciudad. Habitantes de calle, vendedores informales, comerciantes, policías, coteros y compradores comparten unas cuadras en las que las fronteras entre comercio y problemática social son muy estrechas. Viviana relata que las confrontaciones son recurrentes y que, cuando ocurren, la actividad comercial se paraliza. También reconoce que después del incendio de la calle 19 ha percibido mayor presencia policial.
En medio de ese pequeño Bronx que se ha formado en los alrededores, ella aprendió una de las reglas más particulares de sus tres décadas de trabajo: saber cuándo hablar y cuándo guardar silencio. “Uno aprende más que todo el silencio”, explica al referirse a las situaciones que observa cotidianamente. No es indiferencia; en su relato aparece como una forma de protegerse en un territorio donde comerciante y calle conviven todos los días.
Pero reducir la Plaza de la 21 a sus problemas sería desconocer la otra mitad de su historia. Allí también se genera empleo. Algunos habitantes de calle encuentran ingresos cargando mercancía y descargando camiones, aunque Viviana reconoce que esa relación tampoco está libre de conflictos cuando no existe acuerdo sobre cuánto debe pagarse por el trabajo, así se hable desde antes de iniciar el mismo, porque muchos creen que son socios al final del día.
Detrás de una simple bolsa de limones existe, además, una pequeña economía que pocas veces observa el consumidor. Está el campesino que cuida el cultivo, quien recoge la cosecha, el transporte, el mayorista, el cotero, el vendedor de plaza y finalmente el tendero o comprador. Viviana calcula que alrededor de la comercialización de un solo bulto se benefician numerosas familias.
Las plazas de mercado son vida, sus olores nos recuerdan que el frescor del campo se puede sentir de manera especial en días como el martes o viernes, cuando llega la mayor producción de alimentos. No son únicamente edificios donde se venden frutas y verduras. Son puntos de encuentro de una cadena económica que comienza muchas veces en una finca y termina en la cocina de una familia. Cada bulto descargado cuenta también la historia de quienes sembraron, recogieron, transportaron, cargaron y finalmente vendieron. Historias que permanecerán anónimas, porque solo importal el zumo de limón que llega al paladar de los comensales, pero que ellos no olvidan. Por el contrario, recuerdan una y otra vez.
Viviana conoce esa cadena sin necesidad de una calculadora sofisticada, menos de la inteligencia artificial. Sabe cuándo comprar, cuánto puede durar una fruta y qué mercancía puede convertirse mañana en una pérdida. Ella misma advierte que personas con capital han intentado ingresar al negocio y han terminado perdiendo dinero: estar detrás de un puesto parece sencillo hasta que se descubre que también requiere experiencia para comprar, vender y tratar con los clientes.
A los 48 años y con dos hijos, considera que una de las mejores herencias que recibió de su madre fue precisamente aprender a trabajar. No heredó una oficina con aire acondicionado ni una jornada que comenzara a las ocho de la mañana como le dice a Johan. Heredó algo mucho menos cómodo, pero quizá más poderoso: la capacidad de levantarse cuando los demás duermen y salir a buscarse la vida.
Por eso resulta difícil entender la Plaza de la 21 únicamente mirando sus paredes remodeladas. Para conocerla hay que llegar temprano, escuchar el ruido de las canastillas, ver descargar los camiones, sentir el olor de las frutas y observar a quienes llevan décadas repitiendo una rutina que, paradójicamente, nunca es igual.
Viviana Lozano seguirá allí mientras Ibagué apenas comienza a encender sus luces. Entre limones, frutas, clientes conocidos y una calle que algunas veces puede ser hostil, continuará haciendo lo que aprendió desde niña.
Porque las ciudades también se cuentan desde sus plazas de mercado.
Y mientras alguien llegue de madrugada a preguntar ¿a cómo está el limón?”, la Plaza de la 21 seguirá teniendo una historia que contar.
(CO) 313 381 6244
(CO) 311 228 8185
(CO) 313 829 8771