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Telepacho o la “Perubólica”: el legado de Peñaloza en Ibagué

Telepacho o la “Perubólica”: el legado de Peñaloza en Ibagué

Imagen creada con Inteligencia Artificial. 

Por: Óscar Viña Pardo


Eran los años 80 y buena parte de la transformación cultural pasaba por aquellos aparatos que hoy llamamos análogos. Éramos felices grabando en casetes vírgenes nuestra propia selección musical, esperando frente a la radio que sonara la canción favorita para oprimir REC en el momento preciso y procurando, además, que el locutor no hablara encima de la introducción o peor aún, que “pisaran” la canción.

Las grabadoras de doble casete eran un lujo tecnológico. Permitían copiar música de una cinta a otra y preparar la selección para una fiesta. El walkman hizo posible algo todavía más sorprendente: salir a caminar escuchando música. Eran pequeños adelantos que hoy parecen insignificantes, pero que entonces cambiaban hábitos enteros.

Y como testigos silenciosos de aquella Ibagué estaban los ocobos, los mismos que por marzo y septiembre comenzaban a colorear de manera diferente la ciudad, haciendo que la musical sea mágica.

Bajo ellos creció una generación que tuvo una relación muy distinta con la calle. Las tardes de los jóvenes podían terminar en una miniteca, inicialmente espacios para menores de edad que comenzaban hacia las tres de la tarde y terminaban, máximo, sobre las siete de la noche.

Ellos llegaban con sus tenis blancos, pantalones entubados y, no pocas veces, un cepillo asomándose del bolsillo trasero. Ellas llevaban aquel enorme copete que popularmente bautizamos “Alf”, por el extraterrestre de la televisión que era obligatorio ver en familia.

En la pista aparecían los pasos ensayados durante toda la semana. El “tun tun”, el llamado triángulo, las vueltas formando casi un ocho durante los merengues. Aquellas tardes tenían algo que hoy parece extraordinario: para conocer a alguien había que acercarse, hablarle y mirarlo a los ojos. No existía una pantalla para hacerlo por uno. Y el que no bailaba, pues era difícil que consiguiera novia. 

El bullying, como lo llamamos hoy, existía, aunque tenía el nombre de la montadera, o me cogió de pinta, pero nunca la visibilidad que tiene ahora. Las burlas, los apodos y las diferencias entre compañeros se movían principalmente a través del rumor y del voz a voz. Y cuando el asunto pasaba a mayores, muchas veces las cuentas se terminaban arreglando a la salida del colegio, lejos de profesores y coordinadores, porque si la pelea era durante el recreo, todos sabíamos cuáles serían las consecuencias. Ni que decir de las peleas que se armaban entre unos y otros de dos colegios diferentes.

La noche ibaguereña

La calle 42 con carrera Quinta se convirtió en uno de los puntos importantes de la rumba. Allí estaban algunas de las discotecas de mayor reconocimiento y, entre ellas, El Cuate y La Pantera tenían categoría de cinco estrellas para la época. Si alguien quería saber dónde estaba buena parte de la vida nocturna de Ibagué, había que intentar entrar allí.

La ciudad tampoco tenía la oferta gastronómica de hoy. Pero tenía lugares que terminaron haciendo parte de nuestra memoria: Pizza Maju, de los Bahaire; Punto Rojo, en el Centro Comercial Combeima; El Chamaco, Las Ambalemunas, Mi Canalete, La Masía y, por supuesto, el Centro Social de Cádiz, de la familia Levy, por mencionar solamente algunos.

No había fotografías de cada plato antes de comerlo, ni historias de Instagram para demostrar dónde estábamos. Uno simplemente llegaba, se sentaba, conversaba y disfrutaba. Y en uno que otro lugar, siempre aparecían los duetos o tríos para amenizar el rato.

Cuando ir a cine era todo un acontecimiento

Los teatros eran otro capítulo de aquella ciudad.

El Imperial, el Metropol, el Julio César y el Doral vivieron años de esplendor. Luego vendrían otros espacios que también quedaron en la memoria de los ibaguereños, como el Tamaná, el Avenida.
No eran las pequeñas salas de los multicines actuales. Algunos eran enormes escenarios capaces de reunir a centenares de espectadores. El Metropol, por ejemplo, había sido construido por el empresario de radio Camilo Raful y funcionó durante décadas; Ibagué llegó a tener una verdadera cultura alrededor de sus grandes salas de cine. 

Había matiné y vespertina. Para muchos niños, ir un domingo a una función infantil, comprar crispetas y esperar que se apagaran las luces era uno de los grandes planes familiares. El cine no comenzaba con una plataforma preguntando qué quería ver cada integrante de la casa: todos mirábamos la misma pantalla.
1982: un colombiano hizo que el país mirara hacia Estocolmo

Pero los 80 no fueron solamente música, moda y diversión.

En 1982 ocurrió algo que hizo sentir orgulloso a todo un país. Gabriel García Márquez recibió el Premio Nobel de Literatura. Aquel periodista y escritor nacido en Aracataca llevó hasta Estocolmo ese universo colombiano en el que lo fantástico y lo cotidiano parecían convivir naturalmente.

La Academia Sueca le concedió el Nobel por una obra en la que, según la motivación oficial, lo fantástico y lo real se combinaban para reflejar la vida y los conflictos de un continente. El 8 de diciembre de aquel año pronunció su célebre discurso “La soledad de América Latina”, y dos días después recibió el premio. 
Para una generación que todavía conocía las grandes noticias a través de la radio, los periódicos y los noticieros de televisión, ver a García Márquez vestido de liquiliqui recibiendo el Nobel fue una de esas imágenes que quedaron guardadas para siempre.

Colombia descubría que una historia nacida en un pequeño pueblo del Caribe podía terminar siendo leída en todo el mundo. Tuve el privilegio de ver a Gabo en Bogotá luego de recibir el Nobel gracias al escritor Carlos Orlando Pardo. Estuvimos muy cerca de él antes de ingresar a uno de los recintos donde iba a recibir un homenaje. 

1985: la noche que el Tolima nunca pudo olvidar

La noche del miércoles 13 de noviembre de 1985, el Nevado del Ruiz hizo erupción. Los lahares que descendieron desde el volcán siguieron los cauces de los ríos y arrasaron a Armero. El Servicio Geológico Colombiano calcula alrededor de 25.000 víctimas entre las poblaciones afectadas, en lo que se convirtió en una de las mayores tragedias de origen volcánico del siglo XX.

Armero era uno de sus municipios más prósperos y, de repente, miles de familias quedaron rotas. Ibagué recibió sobrevivientes, familiares, organismos de socorro, periodistas y personas que llegaban buscando alguna noticia de los suyos.

Y apareció una imagen que terminó recorriendo el mundo: la de Omayra Sánchez, esa que el periodista Germán Santamaría desde su mágica pluma hizo que la tragedia tomara otros matices y el dolor fuera más grande que la esperanza, porque sus lágrimas cuando Omaira soltó su último aliento nos llenó de impotencia.  

Los televisores que tantas veces habían reunido a las familias alrededor de programas de entretenimiento mostraban ahora, casi sin descanso, la dimensión de una tragedia imposible de comprender.

La tragedia de Armero fue el ancla para lo que hoy se conoce como la Unidad Nacional de Gestión del Riesgo, y fue el Tolima protagonista central de esos primeros pinos en donde se incluía además el apoyo psicosocial a las víctimas, las redes de atención. Otra cosa es que no dimensionemos lo que se gestó en nuestra ciudad como lo dijo en alguna ocasión Julio Alfredo Lozano, médico que estuvo liderando parte de esas tareas en la región 

La televisión que veíamos

Los ibaguereños dependíamos básicamente de la televisión nacional. Las programadoras privadas se repartían los espacios de los canales públicos y nombres como RTI, Punch, Cenpro, Caracol, RCN y Jorge Barón hacían parte de nuestra cotidianidad.

La televisión educativa y cultural completaba una oferta que, vista desde hoy, parece diminuta.

Los niños crecieron viendo Pequeños Gigantes, los super amigos, Grandes Héroes de la Biblia y el Chavo; los adolescentes con Décimo Grado. Los domingos se disfrutaba Don Chinche, ese programa que retrataba la Colombia popular, y Dejémonos de vainas que convirtió las ocurrencias de una familia de clase media en conversación nacional.

Las grandes producciones nacionales de lunes a viernes como  Gallito Ramírez, la Casa de las Dos Palmas o los Cuervos paralizaron al país y Sábados Felices con el maestro Taberita, Mandíbula, el Mocho Sánchez,  seguía reuniendo a las familias alrededor de un mismo televisor Había un televisor y demos gracias, porque muchas veces, un solo programa que todos terminábamos viendo.

Y apareció Pacho Peñaloza

Francisco José Peñaloza Castro fue varias veces alcalde de Ibagué y posteriormente gobernador del Tolima. Su nombre suele asociarse con las grandes transformaciones urbanísticas de la ciudad: vías, avenidas, puentes y obras que acompañaron el crecimiento de la capital tolimense.

Pero hubo otra obra mucho menos convencional que terminó instalada en la memoria popular. La televisión internacional gratuita.

La idea surgió en aquella transición entre los años 80 y los 90 y terminó materializándose durante su administración. Los ibaguereños hicieron lo que suelen hacer cuando algo se vuelve propio: le pusieron un apodo.

Telepacho, otros sencillamente la llamaron “la Perubólica”.
Los primeros equipos estuvieron ubicados en el sector de La Martinica, pero posteriormente la infraestructura de transmisión quedó instalada en la vereda Ancón-Tesorito, desde donde se conseguía una mejor recepción para la ciudad.

En una época sin internet, sin YouTube, sin Netflix, sin teléfonos inteligentes y sin televisión por suscripción al alcance de todos, conseguir que una antena ubicada en una montaña trajera gratuitamente señales internacionales hasta los televisores de las casas era abrir una ventana al mundo.

De repente aparecieron presentadores desconocidos, comerciales de productos que aquí ni siquiera se conseguían, partidos, noticieros, películas, concursos y formas distintas de hablar.

Álvaro Gómez recordaba en el programa Botando Corriente, de Tolima Estéreo, que aquellas transmisiones incluso le sirvieron para mejorar su pronunciación del inglés, precisamente porque comenzó a escuchar publicidad y contenidos internacionales.

Esa fue quizá la verdadera revolución de Telepacho. No consistió únicamente en aumentar el número de canales. Amplió el mundo de una generación de ibaguereños.

Hasta la programación para adultos hizo parte de aquella revolución doméstica. El canal Venus se convirtió en uno de los secretos peor guardados de las noches ibaguereñas, cuando muchos televisores ya habían dejado atrás definitivamente el blanco y negro para darle paso al color.

También llegaron programas internacionales que terminaron incorporando expresiones nuevas a nuestro lenguaje. Shows como Cristina y, posteriormente, Laura popularizaron maneras de hablar, discutir y contar las intimidades que resultaban completamente novedosas para una sociedad acostumbrada a una televisión mucho más formal.

Telepacho tuvo una vida corta. En 1993 la señal internacional fue suspendida por orden del Ministerio de Comunicaciones. La reacción ciudadana fue enorme: una junta cívica alcanzó a recolectar unas 80.000 firmas buscando el restablecimiento del servicio. En julio de 1994 llegó el golpe definitivo: fueron robados los equipos de transmisión ubicados en Ancón-Tesorito. Solo dejaron la antena que luego se convirtió como una pieza de museo para quienes visitaban el lugar.

Cada generación cree que la suya fue la mejor

Ahora las redes sociales están llenas de personas que utilizan inteligencia artificial para recrear fotografías con la apariencia de aquellas cámaras instantáneas, una Canon o una Pentax de los años 80. Buscamos digitalmente el grano de una fotografía que antes queríamos evitar.

Volvemos al casete, al walkman, al pantalón entubado, al copete Alf, a las minitecas, al matiné, a las grandes salas de cine y a aquella televisión que tenía tan pocos canales que toda la familia terminaba viendo el mismo programa.

Y quienes vivimos aquellos años solemos repetir que nuestra época fue la mejor.

Tal vez no lo fue.

Fue simplemente la nuestra.

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