Crónicas
Del Escupitajo Punk al Banquillo Real
Por Mauricio Arcila
Redactor El Cronista.co
Corría el año 1977 y Londres se vestía de gala para el Jubileo de Plata de Isabel II, pero bajo el barniz de la pompa real, una distorsión de guitarra eléctrica amenazaba con agrietar el palacio. Los Sex Pistols, con Johnny Rotten a la cabeza, lanzaron "God Save the Queen", un himno que no pedía clemencia, sino que escupía fuego contra lo que ellos manifestaban como un "régimen fascista". Lo que para muchos fue un sacrilegio musical, para una juventud asfixiada por la crisis económica fue el espejo de su desencanto. La canción fue prohibida y saboteada en las listas, pero el daño estaba hecho: el punk había despojado a la Corona de su aura divina, recordándole al mundo que, detrás de las joyas, no siempre había seres humanos, sino una institución tambaleante.
Ese grito de insurrección de los setenta no fue un hecho aislado, sino el prólogo de una era donde la mística de los Windsor empezó a desmoronarse entre las páginas de los tabloides. La resiliencia de la monarquía se puso a prueba de un "Annus Horribilis" tras otro, navegando entre las confesiones de infidelidad de los hijos de la Reina y la trágica sombra de Diana. La rigidez de la tradición chocó frontalmente con las pasiones humanas, forzando a la familia real a una metamorfosis constante para no quedar sepultada por el Megxit (decisión del príncipe Harry y Meghan, duques de Sussex, de abandonar sus funciones oficiales como miembros de la Familia Real Británica) o las denuncias de racismo. La monarquía aprendió a sobrevivir a la opinión pública, pero los escándalos modernos ya no se resolvían solo con comunicados de prensa.
Sin embargo, para entender esta fragilidad, basta mirar hacia atrás, cuando los escándalos reales no se medían en clics, sino en sangre. Mucho antes de las cámaras de televisión y las redes sociales, Enrique VIII rompió con Roma por un divorcio y terminó con seis esposas, de las cuales dos perdieron la cabeza de forma literal. En aquellos siglos de hierro, la traición familiar y el derecho divino caminaban de la mano: desde la ejecución de María Estuardo hasta la locura de Jorge III. En la antigüedad, el precio de un error no era una caída en las encuestas de popularidad, sino el colapso de imperios enteros o el frío metal del hacha sobre el cuello.
Hoy, en pleno siglo XXI, la guillotina ha sido sustituida por los tribunales y las investigaciones policiales, y el protagonista del capítulo más oscuro es el príncipe Andrés. Su vinculación con el turbio entramado de Jeffrey Epstein y Ghislaine Maxwell ya había erosionado su imagen, pero el punto de no retorno llegó este febrero de 2026. Lo que comenzó como una sombra de explotación sexual se transformó en una tormenta judicial sin precedentes cuando el Duque de York fue arrestado e interrogado por la policía de Thames Valley. Las sospechas de mala conducta en el ejercicio de un cargo público, relacionadas con la filtración de documentos gubernamentales al círculo de Epstein, han terminado por dinamitar su posición.
Este arresto histórico, ocurrido precisamente el día de su cumpleaños 66, ha dejado a la monarquía en una posición de vulnerabilidad absoluta. El Rey Carlos III se ha visto obligado a trazar una línea de fuego para separar la institución de su propio hermano, quien ahora se encuentra bajo libertad de investigación. Tras décadas de sobrevivir a crisis sentimentales y ataques culturales, la Casa de Windsor enfrenta ahora su mayor desafío: demostrar que nadie, ni siquiera un príncipe de sangre real, está por encima de la ley en un Reino Unido que ya no se conforma con el silencio complice del Palacio de Buckingham.
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