Crónicas
El Contrato de las Sombras: Del Virtuosismo al Fenómeno Inexplicable
The Rolling Stones, Roberth Johnson, Niccolo Paganini, Bob Dylan y Bad Bunny. Algunos de los que, según la leyenda firmaron el contrato.
Por Mauricio Arcila
Redactor El Cronista.co
El misterio no nació en los estadios, sino bajo el arco de un violín en el siglo XIX. Niccolò Paganini, con una palidez cadavérica y dedos de una elasticidad que desafiaba la anatomía, fue el primer músico en entender que el miedo es la mejor publicidad. Mientras ejecutaba su instrumento con una destreza que el público consideraba imposible para un mortal, el italiano alimentó la sospecha de un pacto con el maligno. No era solo un músico; era el primer "rockstar" (estrella de rock) que utilizaba la sombra del diablo como el motor de una técnica que, hasta hoy, sigue siendo el estándar de oro del virtuosismo clásico.
Esa misma oscuridad encontró su hogar en el Delta del Misisipi durante los años 30, personificada en Robert Johnson. La leyenda cuenta que, tras ser un guitarrista mediocre, Johnson desapareció en una encrucijada para entregar su alma a cambio de un talento sin precedentes. Al regresar, su guitarra sonaba como si dos personas la tocaran al unísono, una maestría que cimentó las bases del blues y el rock. Su muerte prematura a los 27 años (Primer miembro de este selecto grupo) y letras como "Me and the Devil Blues" (El blues del diablo y yo) cerraron un círculo místico donde el talento sobrehumano parecía ser el único pago justo por una vida efímera.
Con el auge del rock psicodélico, la estética del mal se profesionalizó. The Rolling Stones abrazaron esta mística en 1967 con su álbum Their Satanic Majesties Request (Sus majestades satánicas reclaman) y el himno "Sympathy for the Devil" (Simpatía por el diablo). Mick Jagger, interpretando a un Lucifer elegante, transformó la rebeldía en una provocación metafísica.
Incluso Bob Dylan sucumbió al enigma en 2004, confesando en una entrevista que su incansable carrera se debía a un "trato" hecho hace décadas con el "Jefe Comandante de este mundo y del mundo que no vemos", una declaración que para muchos confirmó que la cima de la cultura popular tiene un dueño oculto.
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Sin embargo, el siglo XXI presenta un caso que desafía la lógica de sus predecesores: Bad Bunny. A diferencia de Paganini o Johnson, cuyo éxito se basaba en un virtuosismo técnico indiscutible, el puertorriqueño ha alcanzado la cima mundial rompiendo los estándares: sin una voz prodigiosa y con una dicción deliberadamente confusa. Para los críticos, este es el caso más inquietante de un pacto real, donde el talento musical ha sido sustituido por una simbología críptica y un éxito masivo otorgado por fuerzas externas, consolidando la idea de que, hoy en día, el "trato" no exige destreza, sino una entrega total al fenómeno de masas.
La historia de la música nos enseña que la genialidad suele tener un precio, pero las reglas han cambiado. Mientras los antiguos pagaron con una técnica que erizaba la piel, el ascenso de Bad Bunny plantea una interrogante más oscura: ¿Qué sucede cuando la fama ya no necesita del talento musical y vocal? En el eco de sus balbuceos, la sombra del diablo parece reírse de la lógica. Quizás el pacto moderno no busca elevar el arte, sino demostrar que, bajo el contrato adecuado, cualquiera puede ser un dios en la tierra, aunque no tenga voz para cantar sus propios salmos. El trono está ocupado y el dueño de estas almas parece haber cobrado su factura más irónica.
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