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De la bóveda al altruismo: la redención de Emilio Cendales

De la bóveda al altruismo: la redención de Emilio Cendales

Emilio Cendales fue protagonista del llamado “Robo del Siglo” en la ciudad de Pasto y benefactor de ancianos en su natal Cajamarca

Por Mauricio Arcila
Redactor El Cronista.co


Emilio Cendales no era un hombre de medias tintas; pertenecía a una estirpe de ingenio afilado y audacia casi genética. Mientras su hermano Alberto se hacía leyenda escapando de prisiones militares, Emilio y sus hermanos Emiliano y Aquilino se instalaron en el corazón de Pasto con una fachada perfecta: la cafetería La Caleñita y un almacén de abonos. Durante ocho meses, entre el aroma del café y el movimiento de bultos que todos creían fertilizantes, los Cendales excavaron un túnel de 50 metros con precisión matemática. Nadie sospechaba que, bajo sus pies, se gestaba el “robo del siglo”. Aquel abril de 1977, los “topos” vaciaron la bóveda del Banco de la República, llevándose una fortuna que hoy superaría los 110 mil millones de pesos y dejando como única pista un mensaje burlón: “No contaban con mi astucia”.

La captura no apagó su brillo; al contrario, lo convirtió en una celebridad del hampa con aires de cine. En la cárcel de Pasto, Emilio no fue un preso común: mandó a arreglar el penal, organizó corridas de toros con artistas famosos, entre ellos su coterráneo Óscar Agudelo y hasta celebró una boda ostentosa tras las rejas, que fue la comidilla de todo el país. Eran tiempos en los que la tecnología era básica y el ingenio de los hermanos les ganó una simpatía popular extraña, al punto de que su apodo, “Los Topos”, terminó bautizando escuderías de automovilismo y leyendas del ciclismo regional. Sin embargo, tras pagar su deuda con la sociedad, Emilio decidió que su nombre no se quedaría enterrado en un túnel, sino que florecería en la superficie de su natal Cajamarca.

El giro radical llegó cuando Emilio cambió los planos de las bóvedas por los de un refugio para los olvidados. Sensibilizado por el abandono de los ancianos de su pueblo, fundó el Jardín del Anciano Margarita Campuzano de Cendales, transformando su vieja astucia criminal en una vocación de servicio inquebrantable. Aquel hombre que una vez fue perseguido por el Estado se convirtió en el protector desinteresado de los abuelos, construyendo con amor un lugar digno y cálido. Pasó sus últimos años dedicado a garantizar que quienes no tenían nada encontraran un techo y una mano amiga, demostrando que incluso el pasado más oscuro puede dar paso a una obra social invaluable.

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El 20 de enero de 2026, las campanas de Cajamarca doblaron para despedir al hombre y recibir al mito. Emilio Cendales falleció dejando un vacío inmenso, pero con la redención absoluta, con el empeño del nombre de su madre como fiel testigo. Ya nadie hablaba de los millones sustraídos en Pasto, sino de la generosidad de un vecino que supo transformar su vida para servir a los demás. Su partida marca el final de una de las historias más cinematográficas de Colombia: la del “topo” que salió de la oscuridad de la tierra para convertirse en un faro de esperanza. Emilio hizo el robo más difícil de todos: se llevó para siempre el respeto y la gratitud eterna de su comunidad.

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