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Crónicas

De la fiesta al recogimiento: el rito de la cuaresma

De la fiesta al recogimiento: el rito de la cuaresma

Imagen de referencia. Sobre una foto de Jair Varela.

Por Mauricio Arcila

Redactor El Cronista.co

Bajo el sol de la mañana, el bullicio de las carnestolendas se desvanece para dar paso al silencio de las naves eclesiales. La historia del Miércoles de Ceniza, que hunde sus raíces en la antigua tradición judía de humildad ante lo divino, se despliega hoy en Colombia como un puente entre lo sagrado y lo cotidiano. Lo que inició como un sello para "penitentes" en el cristianismo primitivo y fue universalizado por el Papa Urbano II en el siglo XI, sobrevive hoy en el gesto de recibir sobre la frente el residuo de las palmas del año anterior, recordándonos la fragilidad de nuestra existencia con el eterno "polvo eres y en polvo te convertirás".

En el contexto colombiano, este día actúa como un interruptor cultural que apaga los ecos del Carnaval de Barranquilla para encender las velas de la introspección. Tras el simbólico entierro de "Joselito Carnaval", la sociedad realiza un tránsito masivo de la calle al templo. No es solo un rito de fe; es un acto de identidad que paraliza oficinas, colegios y plazas, donde la cruz de ceniza se exhibe con orgullo como una marca de pertenencia que trasciende incluso la asistencia regular a la misa dominical.

La geografía del país se transforma y el aroma de las cocinas comienza a cambiar drásticamente. En lugares emblemáticos como la Plaza de la 28 en Ibagué, el flujo de comensales y compradores se desplaza hacia los puestos de río y mar, marcando el declive estacional de las carnes rojas. Es el inicio oficial de la temporada del viudo de pescado y las tortas de pescado seco, platos que alimentan no solo el cuerpo, sino una tradición culinaria que refuerza el sentido de comunidad y sacrificio que dicta la Cuaresma.

El Miércoles de Ceniza se consolida como ese "rito de paso" necesario para una sociedad que busca reconciliarse con su espiritualidad. Mientras las iglesias permanecen con las puertas abiertas desde la madrugada hasta la noche, los colombianos recorren las calles con el recordatorio de la renovación espiritual tatuado en la piel. Es, en esencia, la pausa obligatoria de un pueblo que, tras el baile, se detiene a reflexionar sobre sus raíces, su fe y el camino de cuarenta días que conduce hacia la celebración de la Pascua.

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