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El adiós a las cabañuelas

El adiós a las cabañuelas

Las cabañuelas han sido, durante siglos, un método tradicional de los campesinos para anticipar el comportamiento del clima. La práctica consiste en observar con atención los primeros doce días de enero, pues cada uno de ellos representaría un mes del año. La forma de las nubes, la dirección del viento, la intensidad del sol, la luna, las estrellas, la presencia de niebla, las lluvias y hasta el rocío de la mañana eran señales que ayudaban a decidir cuándo sembrar y cómo cuidar los cultivos para asegurar buenas cosechas.

Este saber popular, transmitido de generación en generación, fue durante mucho tiempo una guía silenciosa del campo colombiano. Sin instrumentos sofisticados ni modelos matemáticos, bastaba la paciencia y la experiencia para leer el lenguaje del cielo.

El escritor y periodista Carlos Pardo Viña evocó recientemente esta tradición a través de su muro en Facebook, reflexionando sobre cómo el cambio climático y el ritmo acelerado de la vida moderna han ido relegando las cabañuelas al terreno del recuerdo.

Llueve en Ibagué. En los tiempos de las cabañuelas, cuando los abuelos leían el futuro del clima en el cielo de enero, habrían dicho que el 2026 será un año de lluvias. Hoy no se dice nada y, sentado frente al computador, buscando palabras para el año nuevo, pienso en la Ibagué de esos días, en la Ibagué que ya no existe.

Cuando era niño, la ciudad terminaba en la Ambalá con 37. Desde allí se dibujaba un largo camino de herradura hacia El Salado que los domingos, con mi abuela, mi madre y toda la viñada, transitábamos para ir a comer bizcochos y mistelas en la famosa tienda de las señoritas Pérez. En mi mente, el camino parecía eterno; hoy se cruza en cinco minutos. Ya no hay bizcochos. Las señoritas Pérez ya no están y en su lugar pusieron un flamante lavadero de carros.

La Ibagué de antes parece haber quedada perdida en el recuerdo. Llegaron los centros comerciales, las prisas, el anonimato. Ya no hay cantores en las calles y hasta La Coral sigue cerrada, mientras las guitarras y los bambucos parecen haber aprendido a entonar el silencio.

No es que la Ibagué de antes fuera mejor. Era otra. Más pueblo, menos ruido. Ahora es una ciudad que se parece a muchas. Y mientras el agua golpea la ventana, entiendo que las lluvias de enero no solo anuncian el clima del año, sino también la persistencia de aquello que se fue y aún insiste en caer sobre la memoria.

¿Cómo se interpretan las cabañuelas?

Según la tradición más extendida, cada uno de los primeros doce días de enero representa un mes del año. El clima que se presente en cada jornada serviría como indicador de cómo será el tiempo en el mes correspondiente.

Así, si el primero de enero es lluvioso, se cree que enero tendrá abundantes precipitaciones; si el segundo día es soleado, febrero sería seco, y así sucesivamente hasta completar el ciclo anual.

Algunas variantes incluyen una segunda etapa de interpretación, del 13 al 24 de enero, cuando los días vuelven a asociarse con los meses del año, pero en orden inverso, como una forma de confirmar o ajustar la lectura inicial.

•    01 de enero: Enero
•    02 de enero: Febrero
•    03 de enero: Marzo
•    04 de enero: Abril
•    05 de enero: Mayo
•    06 de enero: Junio
•    07 de enero: Julio
•    08 de enero: Agosto
•    09 de enero: Septiembre
•    10 de enero: Octubre
•    11 de enero: Noviembre
•    12 de enero: Diciembre


¿Qué dicen los pronósticos sobre el clima en 2026?

Aunque las cabañuelas hacen parte del patrimonio cultural y del saber campesino, hoy las autoridades recomiendan acudir a fuentes oficiales para conocer el comportamiento del clima. Los análisis científicos permiten anticipar tendencias con mayor precisión, especialmente en un contexto marcado por la variabilidad climática.

Los pronósticos más recientes señalan que los primeros meses de 2026 podrían presentar lluvias entre niveles normales y superiores a lo habitual en regiones como la Andina, Caribe y Pacífica, mientras que en la Orinoquía y la Amazonía las precipitaciones se mantendrían cercanas a sus promedios históricos.

Sin embargo, más allá de los datos y los modelos, las cabañuelas sobreviven como un gesto de memoria. Como un calendario escrito en el cielo que ya pocos saben leer, pero que sigue ahí, suspendido entre enero y la infancia, recordándonos que hubo un tiempo en el que bastaba mirar las nubes para entender el mundo y escuchar la lluvia para reconocer, en su ritmo, la voz persistente de lo que fuimos.

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