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Arte y literatura en fin de año

Arte y literatura en fin de año

Por: Edgardo Ramírez Polanía


No se trata de propaganda, ni de ornamento complaciente, ni de validación personal o política. Se trata de una confluencia silenciosa entre creación estética y palabra escrita, donde cada disciplina conserva su propia dignidad y su autonomía.

Al final del año, cuando la vida pública insiste en medirlo todo por resultados, mayorías y balances, conviene recordar que el arte no se somete al voto, ni la literatura obtiene su legitimidad de la popularidad. En el sistema democrático, la decisión colectiva confiere legalidad y mandato; pero en el arte, los valores no dependen de esa consagración.


Los valores artísticos existen con autonomía frente al favor o el rechazo de las masas. Son indiferentes a la condena o al aplauso colectivo. Un verso verdadero no desaparece porque algunas gentes no lo reconozcan; basta un solo lector lúcido para dar testimonio de su existencia. Así ocurre también con la pintura rigurosa, exigente y silenciosa, como la de Darío Ortiz, que no busca agradar sino ser fiel a su forma interior.

En esa manera pueden observarse las imágenes de ese famoso pintor del Tolima, que no ilustran una ideología ni obedecen a un programa político como se puede creerse por las altas dignidades nacionales que ocupó Alberto Santofimio Botero, autor de los libros citados, sino dialogan con la literatura y el arte, desde un espacio autónomo, donde la figura humana, el tiempo y la memoria se presentan sin concesiones al gusto fácil. La literatura y la pintura se acompañan en los textos, para interrogarse y ampliarse en esa atmósfera que predispone a la reflexión.


Esta relación se hace visible en “Memorias Fragmentadas” libro publicado por Pijao Editores en que Alberto Santofimio Botero que aborda la memoria como un territorio, hecho de evocaciones, silencios y episodios escritos con donosura y estilo, sobre las figuras más importantes de la política y sus obras, su pasión por la literatura y la poesía, que no busca ordenarse en un relato complaciente. La portada de Ortiz Robledo, el libro “no explica ni resume, sugiere. Introduce al lector en un clima de introspección donde la imagen y la palabra coinciden en una misma voluntad de profundidad, sin subordinación mutua.


Algo similar ocurre en “Mi viaje con la palabra”, del mismo autor y editorial, obra que asume el lenguaje como experiencia vital y como itinerario interior. Aquí la escritura se presenta como camino, como tránsito, como forma de permanencia frente al paso del tiempo, con sus poemas y canciones que le cantan al Tolima, con un gran análisis de la democracia que impulsó durante varios años desde el Senado de la Republica. La imagen de Darío Ortiz en la portada actúa como umbral visual de ese viaje; una pintura que evoca desplazamiento, interioridad y pausa, y que prepara al lector para una lectura donde la palabra no se impone, sino que se piensa.


Esta reflexión resulta particularmente necesaria en nuestra literatura suramericana, que no obstante el aumento de la calidad del arte pictórico y literario ha tomado dimensiones en varias naciones donde con frecuencia se confunde el valor artístico con la necesidad de propaganda literaria o política.

Mientras otras tradiciones han contado con una larga jurisprudencia del espíritu, capaz de fijar valores más allá de esas aspiraciones, en nuestras letras suele extenderse el arte sin exigencia de representación colectiva, porque la creación no está obligada a justificar su existencia, que se conoció ampliamente por nuestro Nobel Gabriel García Márquez y anteriormente por José María Vargas Vila.


El arte es entonces, irreductible a ese tipo de necesidad de propaganda. Si lo fuera, bastaría la presión social, la coacción del Estado o el poder económico para producir, cuando se quisiera, los más altos valores estéticos. La historia demuestra que no ha sido así. Las grandes obras no nacen del mandato ni del cálculo, sino de una fidelidad íntima a la forma, al lenguaje y a la visión del mundo que cada escritor asume como destino.


Las historias literarias complacientes y las antologías sin sombras, esas que presentan una tradición sin desniveles, sin zonas áridas, sin errores ni fracasos, construyen una imagen fantasmal de perfección que poco sirve a la cultura y nada al pensamiento crítico. Pero esa crítica sin fundamento, que se ofrece no al arte sino a los individuos o a los autores, que constituyen una deformación del intelecto.

Frente a ese riesgo, el encuentro entre pintura y literatura que aquí evocamos cumple una función silenciosa pero esencial. Recordar que el arte no es un subproducto de la política ni de la economía; que no responde a la urgencia del momento ni a la ansiedad del reconocimiento inmediato; que su tiempo es más lento y su verdad más exigente. El arte no acompaña al poder, sino lo observa desde la distancia.


Al cerrar el año, cuando todo parece exigir utilidad, consenso y visibilidad, el arte y la literatura nos devuelven una certeza que puede incomodar a almas innobles, pero que dignifican al autor, por lo valioso de sus obras. Algunos libros, como Memorias Fragmentadas y Mi viaje con la palabra, permanecerán precisamente porque no pidieron permiso para existir, porque se mantuvieron fieles a su forma y porque aceptaron, con paciencia y rigor, la soledad que suele acompañar a lo verdaderamente perdurable con la colaboración de la expresión artística del pintor Darío Ortiz, un hombre de las más altas calidades humanas, artísticas e intelectuales del Tolima y de nuestro país. 

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