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El Espinal, potencia agrícola y cultural

El Espinal, potencia agrícola y cultural

Por Edgardo Ramírez Polanía.


La educación no es solo un mecanismo de instrucción para el trabajo, sino el medio para fortalecer las dimensiones del ser humano y afianzar su autonomía y su pensamiento reflexivo, orientados al desarrollo de una mejor sociedad.

En consonancia con ese criterio, las directivas del ITFIP presentaron ante el Ministerio de Educación Nacional su conversión en institución universitaria y el pasado 21 de febrero estuvo en El Espinal el Ministro de Educación, firmando el cambio del Centro de Formación Profesional ITFIP, que algún día ayudamos a conformar, para convertirlo en la Universidad Espinal. Asignó además 39 mil millones de pesos para su ampliación.

Ese centro de educación superior se suma a las dos universidades existentes. No se trata de un hecho menor, sino de una señal estructural sobre el rumbo que puede asumir la ciudad, por ser El Espinal la segunda ciudad del departamento del Tolima y el centro agrícola más importante de la región.

Lo es por la extensión de sus cultivos de arroz, sorgo, soya, maíz, algodón y café, como tradición productiva y ganadera que lo ha distinguido durante décadas, pero también por la estructura cultural y educativa de alta calificación que ha logrado consolidar. Esa combinación de tierra productiva y capital humano en formación que no es frecuente en municipios intermedios de Colombia.

El Espinal no es la vía que cruza la ciudad como acontece con Girardot. Es una ciudad cercana a los ochenta mil habitantes, con barrios de excelente presentación, centros universitarios, múltiples colegios e institutos técnicos, centros de investigación agrícola, hospital regional, centros comerciales, almacenes de cadena y un sistema bancario amplio. Esa estructura la proyecta como eje natural de servicios y le otorga una ventaja estratégica que no puede administrarse con visión de corto plazo.

A ello se suma la Casa de la Cultura, con capacidad para cuatrocientas personas, que no se limita a actos ocasionales, sino que imparte formación permanente en música, danza, artes plásticas y escénicas. Desarrolla programas de cuerdas punzadas, percusión menor y bandas de marcha y, en convenio con el Colegio Nacional San Isidoro, que cuenta con tres jornadas de mil alumnos cada una, se forman músicos desde la educación primaria. Esa calidad educativa se integra a los cerca de treinta colegios que funcionan en la ciudad.

La tradición musical no es circunstancial. Desde la creación de la banda municipal, que supera un siglo de existencia, la cultura ha sido disciplina, identidad y cohesión social. Cuando la cultura se asume con continuidad, se convierte en formación ciudadana y capital humano para el progreso.

El Espinal es también centro de gastronomía típica. La tradicional lechona tolimense, junto con otros productos de cocina criolla, lo convierte en destino obligado para turistas de distintas ciudades del país. No es solo alimento, es patrimonio cultural y economía popular organizada. Existe una vocación gastronómica que, bien estructurada, puede consolidarse como marca territorial permanente y motor de turismo sostenible.

Esta base educativa, cultural y productiva coloca a El Espinal en posición privilegiada. Sin embargo, el desafío no consiste en enumerar fortalezas, sino en articularlas. Una ciudad que lidera la producción agrícola del Tolima no puede limitarse a vender materia prima proveniente de grandes cultivadores.

El siglo XXI exige planeación, transformación agroindustrial, innovación tecnológica y valor agregado. El arroz, los demás productos agrícolas y la lechona deben integrarse en una cadena productiva completa, con investigación aplicada, procesamiento industrial, comercialización estratégica y expansión de mercados.

Las universidades y los institutos técnicos no pueden funcionar como compartimentos aislados. Deben integrarse al sector productivo y a la administración municipal en un proyecto de desarrollo a largo plazo. Cuando la educación no dialoga con la economía, el talento joven emigra, y una ciudad que exporta cerebros debilita su propio porvenir.

El actual alcalde llegó con numerosas promesas, como suele ocurrir en cada administración. Ojalá cumpla una parte sustancial de ellas. Por ahora, sería conveniente estructurar un sistema fiscal que imponga tributos acordes con el valor real de las costosas tierras de los grandes cultivadores, en lugar de depender exclusivamente de transferencias o de empréstitos costosos.

Es justo reconocer que dentro de la administración existen funcionarios cuya labor resulta determinante. El gerente Álvaro Andrés Buitrago, al frente de la Empresa de Acueducto, Alcantarillado y Energía, ha impulsado la ampliación y fortalecimiento de servicios esenciales. Sin agua potable suficiente, sin redes modernas de alcantarillado y sin cobertura energética adecuada, no puede haber expansión urbana ni desarrollo económico. Los servicios públicos no son obra de lucimiento político, sino la base estructural del progreso.

El aeropuerto Santiago Vila, ubicado a quince minutos de la ciudad, estuvo sin operación comercial durante quince años. Fue modernizado y reactivado por la administración de la gobernadora Adriana Magaly Matiz. Puede fomentar el transporte de pasajeros y de carga, con vuelos de aproximadamente cuarenta minutos a Bogotá en aeronaves de 76 pasajeros y con tarifas variables según temporada.

El desarrollo exige también audacia estratégica. El puerto de La Caimanera, hoy abandonado, debe reconstruirse con instalaciones adecuadas para convertirse en enclave turístico con navegación hasta Girardot, dinamizando turismo, gastronomía y empleo. Si se gestionara ante el Ministerio de Justicia la asignación de embarcaciones de poco calado decomisadas al narcotráfico, bajo un esquema legal y transparente, podría activarse un corredor fluvial con impacto regional.

El hospital regional no es solo infraestructura médica. Es institución de nivel II y III, con unidad de cuidado intensivo y polo de servicios para gran parte del sur del Tolima. El comercio organizado y la presencia de cadenas nacionales evidencian capacidad económica y ubicación estratégica. Pero comercio sin seguridad efectiva es comercio vulnerable, e inversión sin planeación técnica es crecimiento precario.

No faltan diagnósticos. Faltan decisiones estructurales. Entre ellas, la actualización del impuesto predial para grandes cultivadores resulta inaplazable. El valor real del suelo y los ingresos derivados de la producción agrícola no se reflejan plenamente en la tributación actual. Sin equidad fiscal no habrá recursos suficientes para infraestructura, educación y seguridad.

La politiquería tradicional, con su apego a privilegios históricos y resistencias ideológicas y religiosas, ha sido en distintos momentos factor de atraso. El desarrollo exige valentía para corregir distorsiones y asumir reformas sin complacencias, entre ellas la inseguridad, el microtráfico y los brujos que aparecieron para estafar a los ignorantes e incautos.

El Espinal posee tierra productiva, capital humano en formación, tradición cultural, potencial turístico y red de servicios regionales. Requiere integración estratégica entre agricultura, educación, cultura, turismo y justicia tributaria. En el pasado fue eje ferroviario y capital arrocera porque hubo liderazgo. Hoy puede transformarse en centro agroindustrial, universitario y turístico del Tolima si asume reformas con visión de largo plazo.

Hace falta impulsar más el museo municipal y una biblioteca moderna con computadores en la edificación restaurada estilo republicano de la antigua estación del tren, junto con un espacio adecuado para el Centro de Historia que custodia la memoria colectiva de la ciudad. Las ciudades no se empobrecen solo por falta de recursos, sino cuando se resignan a la administración sin coraje.

El Espinal ya es el corazón agrícola del Tolima. Ahora debe decidir si quiere ser también su cerebro productivo, incorporando trabajo remoto, en modalidades freelance y outsourcing, y consolidarse como capital gastronómica y referente cultural permanente.

Hacerlo dependerá de la voluntad de sus habitantes, de elegir liderazgo con visión y sentido social, y abandonar definitivamente la indiferencia frente a las decisiones que comprometen el porvenir colectivo.


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