Opinión
A propósito de una evocación de Jorge Eliécer Gaitán
Por: Edgardo Ramírez Polanía
La columna de Alberto Santofimio trasciende el simple ejercicio evocativo para convertirse en un acto de restitución histórica y moral del doctor Gaitán. No estamos ante una conmemoración rutinaria, sino frente a un texto que rescata, con vigor intelectual y carga emocional, la vigencia de un pensamiento que el tiempo no ha logrado extinguir.
El escrito se sostiene sobre una doble tensión que le da profundidad. La memoria íntima y la reflexión política. Su experiencia del “Bogotazo” y su escena personal que presenció en Ibagué no es un recurso anecdótico, sino una puerta de entrada a la comprensión de un país que se descompone desde sus raíces. El saqueo, el humo en el panóptico, la confusión colectiva no aparece como hechos aislados, sino como síntomas de una fractura más honda. Allí reside uno de los mayores aciertos del texto al convertir la memoria en interpretación.
A partir de ese punto, la columna se eleva hacia una reconstrucción sistemática del ideario gaitanista. Santofimio no se limita a recordar, sino organiza, compara, contrasta. La confrontación entre lo que Gaitán propuso en 1947 y lo que Colombia ha realizado, tarde, parcialmente o de manera fallida, constituye el eje más sólido de esta columna para la historia.
Esa suerte de “juicio histórico” deja al descubierto una verdad incómoda, que el país ha caminado, con retraso y vacilación, por sendas que ya estaban trazadas con claridad por el caudillo. Las reformas administrativas, la planificación económica, la elección popular de autoridades, la justicia social, la equidad tributaria, la cuestión agraria, los derechos laborales y la dignificación de la mujer aparecen no como conquistas espontáneas, sino como realizaciones tardías de una visión anticipatoria.
En esa exposición no hay estridencia, sino una ironía grave, la historia termina por confirmar aquello que la política no supo o no quiso asumir en su momento.
Pero es en la recuperación de las “ideas fuerza” donde el texto expresa su mayor densidad conceptual. “El país nacional contra el país político”, “el pueblo superior a sus dirigentes”, “la lucha contra la oligarquía” y “la restauración moral y democrática de la República” no son consignas, sino categorías vivas que permiten descifrar la persistente dualidad colombiana. Santofimio como excelente orador que estuvo a la par de Gaitán en la exposición de esas ideas, acierta al presentarlas como herramientas vigentes, no como reliquias del pasado.
La crítica al liberalismo contemporáneo, descrito como un caserón vacío, desprovisto de ideología y reducido a una maquinaria de avales, introduce una nota de desencanto que no es meramente política, sino ética. El texto sugiere, sin ambages, que la crisis actual no es de programas, sino de convicciones.
La columna se inscribe en una tradición oratoria de amplio aliento, donde la frase se expande con solemnidad y ritmo. Hay en ella ecos de su tribuna pública, pero también una voluntad de permanencia en su palabra no como instrumento de coyuntura, sino como depósito de conciencia histórica.
La referencia final a José Ortega y Gasset ofrece la clave última del texto y es excepcional en la vida como expansión hacia lo infinito. En esa perspectiva, Gaitán no es solo una figura truncada por la violencia, sino una energía proyectada hacia el porvenir.
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Su muerte no clausura su ideario; lo convierte en tarea pendiente.
En síntesis, la columna logra lo que pocos textos conmemorativos alcanzan, que no se limita a recordar a Gaitán, sino que lo devuelve al presente como interrogación viva. Su mayor virtud no está únicamente en la exaltación del líder, sino en la inquietud que deja sembrada.
Un país que, habiendo escuchado con claridad a uno de sus más lúcidos intérpretes, continúa aún sin responder plenamente a su llamado y continúa enfrascado en las minucias de la politiquería y los privilegios que tanto combatieron Gaitán y Santofimio, cada uno en su época difícil de repetir.
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