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Opinión

Romper la excesiva polarización

Romper la excesiva polarización

Por Pedro Luis Zambrano  


Cambian los nombres de los gobiernos, cambian las banderas de los partidos, cambian las camisetas, las estrategias de mercadeo político, los discursos y los insultos revueltos con sangre; pero, en el fondo persiste una vieja tragedia nacional: la costumbre de convertir al contradictor político en enemigo moral y muchas veces, en objetivo militar.

Eso sí, los que tradicionalmente polarizan las voluntades, atizan las guerras y se lucran de ellas; no son los que las pelean, sino que los muertos siguen siendo los hijos de las mismas familias humildes.

Después del asesinato de Jorge Eliécer Gaitán en 1948, el odio político alcanzó niveles aterradores, particularmente en varios de los departamentos de la zona andina y bajo la complacencia de gobiernos conservadores, concretamente el de Laureano Gómez, que estableció una persecución violenta contra amplios sectores liberales campesinos, sobre todo, que provocó la aparición de autodefensas liberales, con un resultado de más de doscientos mil muertos; sin que el causante partido político, ni siquiera se haya tomado la molestia de pedir perdón, ni al país, ni a las víctimas de entonces.

Pero ahí no terminaron las cosas. El proceso violento de mitad del siglo pasado nos dejó listos para que luego se ejerciera en nuestro medio, la doctrina McCarthy, (bajo receta de USA), dirigida contra cualquier expresión asimilable a las ideas del comunismo -un partido muy débil entonces en Colombia-. Pero, fue a partir de esta actitud de arrasar a quien piense diferente, asumida en los años sesenta por el presidente Valencia, expresada en el ataque a sangre y fuego, de un centenar de familias campesinas que solo pedían tierras en donde trabajar, que dio lugar al nacimiento de las Farc., que tantos horrores nos ha costado a los colombianos. La existencia de las Farc, de paso sustentó el surgimiento de las mafias y todo tipo de organizaciones armadas al margen de la ley que existen hoy, alimentadas principalmente por el combustible del narcotráfico.

La continuación intensiva de las cadenas de odios nunca resueltas,  dieron como consecuencia la aparición de otro mesías, el señor Alvaro Uribe, quien bajo la promesa de acabar con las Farc en pocos meses, con mirada condescendiente vio  durante sus dos períodos de gobierno, sumirse al país en aberraciones: como los secuestros y reclutamiento de niños por parte de las Farc y las llamadas autodefensas; el auge del sanguinario paramilitarismo, que produjo matanzas masivas de campesinos, despojos de tierras mañosamente transferidas a latifundistas y; la triste ocurrencia de los falsos positivos. 

Ahora un candidato presidencial, aristócrata de derecha, dueño de una gran fortuna dudosamente adquirida; que desarrolla fobia instintiva por la dignidad de la mujer; que desprecia el agua y los suelos que nos dan la vida, (en este país, uno de los más ricos y bellos del mundo), prefiriendo acoger prácticas que los degradan, como el fracking; que ha tenido como diversión favorita torturar animales; que se ha manifestado insatisfecho con ser colombiano; que a sus coterráneos nos  asume como una horda de cafres; que promete reducir el Estado casi a la mitad, generando una ola de desempleo y; para rematar, manifiesta querer borrar a la izquierda del mapa y revocar las garantías conseguidas por el gobierno actual, en favor de trabajadores, adultos mayores y campesinos.

Solo faltaría para tener en la historia nuestra, el siguiente round de terror y polarización extrema, la llegada a la Presidencia de alguien de la catadura moral del señor Abelardo de la Espriella; y no es por lo que diga cualquier persona, como el suscrito, sino por las expresiones, actitudes, acciones y comportamientos ladinos del mencionado.

Pero, por fortuna, los ciudadanos demócratas tenemos la firme convicción, y así lo indican las adhesiones que viene recibiendo el equilibrado y prudente candidato Cepeda; que él será elegido presidente en segunda vuelta, y que abrirá un compás para derrotar la corrupción y propiciar un diálogo nacional, que romperá el estado creciente de polarización que se agrava cada día.  

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