Opinión
Leovigildo Bernal Andrade, un abogado, filósofo y antropólogo
Por: Edgardo Ramírez Polanía
Su nombre, como destacado jurista, está ligado al examen científico en sus obras Dialéctica del derecho; Dialéctica y delito; Carrara y el positivismo; Violencia y justicia; Relaciones entre derecho público y derecho privado.
Pero, ante todo, fue un estudioso de la antropología, como lo demuestran las obras: San Agustín, testimonio de piedra sobre el origen del hombre (1976); Grandeza y pequeñeces del adelantado don Gonzalo Jiménez de Quesada; Tres monografías sobre San Agustín, Tierradentro y el Tolima; Los heroicos pijaos; El Chaparral de los Reyes.
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Fue rector de la Universidad del Tolima y magistrado del Tribunal Disciplinario o Super Corte, y del Consejo Superior de la Judicatura.
En tiempos donde la inmediatez digital sustituye la reflexión y la opinión ligera pretende suplantar el conocimiento, recordar la obra y el talante intelectual de Leovigildo Bernal Andrade es un ejercicio intelectual y académico. No fue simplemente un estudioso de comunidades ni un compilador de datos etnográficos; fue, ante todo, un intérprete del alma colectiva, un lector paciente de los símbolos, los mitos de nuestra tierra y las estructuras invisibles que sostienen la identidad de los pueblos.
Su aproximación a la antropología no se limitó al inventario descriptivo. En su mirada había una búsqueda más honda de comprender la dignidad de las comunidades dentro de su propio horizonte histórico. Observó sin arrogancia, escuchó sin prejuicio y escribió con la serenidad de quien sabe que cada cultura es una respuesta legítima al misterio de existir.
En un país marcado por centralismos y visiones uniformadoras, defendió la pluralidad étnica como riqueza y entendió que las culturas indígenas y afrodescendientes no eran vestigios arqueológicos, sino matrices vivas de sentido, reservas morales y simbólicas de la nación.
Lejos del paternalismo académico, no estudió “al otro” desde la fría distancia del escritorio. Procuró el diálogo, la convivencia, la inmersión respetuosa. En ello radica uno de sus mayores méritos, de convertir la antropología en puente para el análisis y la observación. Su trabajo no fue una clasificación de costumbres, sino un acto de reconocimiento intelectual y de comprensión de los fenómenos de la creación y de la existencia de Dios, en ejercicio de su capacidad reflexiva.
Su preocupación por la memoria histórica adquiere hoy renovada vigencia. Para él, los pueblos que olvidan sus raíces quedan a merced de la manipulación y del vacío. Preservar tradiciones, lenguas y prácticas culturales no era un capricho romántico, sino una necesidad política y ética. El progreso sin identidad, advertía implícitamente en su obra, es apenas desarraigo con aparente modernidad.
En una sociedad proclive a la ruptura y al olvido, su pensamiento nos recuerda que el futuro no puede edificarse sobre la negación de la memoria. Bernal Andrade encarnó un equilibrio que escasea en nuestros días: el rigor científico unido a la sensibilidad humanista.
No redujo la antropología a cifras ni a clasificaciones, sino que la concibió como disciplina que dialoga con la historia, la sociología, la filosofía y la literatura. En su escritura había método, pero también belleza; análisis, datos y conciencia.
Su legado trasciende la academia. Nos interpela como ciudadanos. Nos obliga a preguntarnos quiénes somos, de dónde venimos y hacia dónde aspiramos a conducir nuestra comunidad política y cultural. En un debate público saturado de consignas y estridencias de políticos cantores, su figura se alza como ejemplo de ponderación intelectual. Comprender al otro, enseña su obra, fortalece la identidad nacional que tanto debemos poner en práctica.
Rescatar sus valores es una manera de pensar el país con profundidad, sin aspavientos, pero con respeto y método. En la antropología que practicó hay una lección que no pierde vigencia, y es que la cultura no es solo un Ministerio del gobierno, sino un fundamento invisible para adquirir mejores hábitos y perfeccionar el carácter de los individuos. Y acaso esa sea la enseñanza mayor de su vida intelectual.
Por eso participó en la creación de Maravillosa Colombia (Círculo de Lectores), Colombia, qué linda eres (Educar Cultural), Historia de Ibagué (Academia de Historia del Tolima) y Manual de Historia del Tolima (Colección de Carlos Orlando Pardo).
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A sus 93 años escucha libros en su casa en Chaparral, con la continuidad intelectual de los ríos del sur de su Tolima heroico y la quietud física de los lagos misteriosos que parecen haber superado todas las tempestades.
El profesor Leovigildo Bernal Andrade fue rescatado para la ciencia del derecho por Alberto Santofimio Botero, para que dejara escrito que la verdadera modernidad no consiste en olvidar lo que fuimos, sino en integrar con dignidad nuestras raíces en el porvenir que aspiramos a construir, en un país maravilloso, pero confrontado por enconados odios que no desaparecen y siguen ahí, como una sombra inexpugnable.
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