Opinión
El regreso de William Ospina a la poesía
Por Edgardo Ramírez Polanía
He leído, a lo largo de los años, una parte sustancial de la vasta obra de William Ospina, pero el poema “Canción para los peces de la luna”, de su nueva producción poética, trasciende los límites de la poesía convencional para ubicarse en la poesía lírica contemporánea.
Es un poema que no narra, sino que evoca la pérdida y la memoria a través de imágenes del mar, la luna, las islas, con una musicalidad cercana al canto como una elegía moderna y simbólica.
La voz de Ospina ha desbordado con naturalidad el ámbito nacional para inscribirse, con pleno derecho, en el concierto de la literatura iberoamericana contemporánea.
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Poeta, ensayista y narrador de raro equilibrio entre erudición y fulgor imaginativo y ha construido una obra que interroga la historia, la naturaleza y el destino de América con una prosa que no abdica nunca de la belleza.
En sus ensayos de aliento civilizador ha examinado con lucidez la herencia de la conquista y el sentido profundo de nuestra identidad continental y la define con una poesía, que ha cultivado una sensibilidad donde lo natural y lo mítico conviven con una musicalidad depurada; y en su narrativa, especialmente en su celebrada trilogía sobre la conquista, que ha logrado fundir la historia con la imaginación hasta convertir el pasado en una experiencia viva, palpitante y contemporánea.
Esa capacidad de articular pensamiento, lirismo y relato lo sitúa en una tradición mayor de las letras hispanoamericanas. Su trayectoria ha sido reconocida con galardones de primer orden, entre ellos el prestigioso Premio Rómulo Gallegos, uno de los más altos honores de las letras en lengua española, que distingue no solo la calidad narrativa sino la densidad humana de una obra. A ello se suman distinciones académicas y doctorados honoris causa que confirman lo que ya es evidente para lectores y críticos, estamos ante una de las inteligencias literarias más sólidas de nuestro tiempo.
No es menor, en ese mismo horizonte, la relación de estima que mantuvo con Gabriel García Márquez. Se ha dicho y no sin fundamento, que García Márquez, generoso con el talento ajeno, encontró en Ospina a un interlocutor de altura, hasta el punto de confiar en él para la revisión de algunos aspectos de sus propios textos, como en el caso de 'Vivir para contarla'. Tal gesto no solo revela cercanía personal, sino una forma de reconocimiento entre pares que raras veces se concede sin reservas.
Hace pocos días, el propio Ospina tuvo la gentileza de responder a un comentario que le dirigí sobre el poema 'Canción para los peces de la luna', de una profunda belleza y lirismo. Su respuesta, lejos de la simple cortesía, me resaltaba un comentario que conviene preservar, la necesidad de no ceder a la tentación de explicar la poesía.
En una época que exige claridad inmediata y traducción constante de todo en conceptos, el poeta reivindica el derecho del poema a permanecer en su zona de sombra.
La belleza, como él mismo sugiere, no se descifra, se padece. Y, en palabras mías, resalta que el tiempo no se define, pasa como un relámpago que apenas alcanzamos a comprender cuando ya ha sonado el trueno. En esa imagen se condensa una poética del lenguaje que no agota el mundo, sino que lo abre.
Que un escritor de su talla reconozca en la lectura ajena, así tengamos afectos comunes, es una una forma de prolongar el poema, hasta el punto de afirmar que puedo mejorarlo a sus propios ojos, es un acto de rara nobleza intelectual e inmensa generosidad, así el suscrito haya publicado poesía.
Ese acto nos recuerda que la literatura no es un ejercicio solitario, sino una conversación profunda entre quien escribe y quien, al leer la poesía, observa como se condensan las más grandes emociones y en el pentagrama de las estrellas.
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En tiempos de ruido, de interpretaciones apresuradas y de certezas frágiles, conviene atender estas lecciones. Explicarlo todo es, en el fondo, empobrecerlo todo. La poesía, cuando es verdadera, no se rinde ante la claridad fácil ni se somete al dictado de la evidencia, sino que permanece, como el relámpago, en ese instante irrepetible en que lo incomprensible se vuelve, por un momento, necesario e imperioso.
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