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Opinión

Las elecciones y el síndrome de 'Doña Florinda'

Las elecciones y el síndrome de 'Doña Florinda'

Por Ricardo Oviedo Arévalo
*Sociólogo, investigador, docente.


A comienzos del siglo XXI, unas nuevas oleadas de gobiernos ultraderechistas en América Latina ganaban elecciones. Para encantar a sus electores, no prometían bienestar económico; por el contrario, exigían sacrificios colectivos para favorecer a las élites empresariales y financieras, grandes culpables de la crisis económica. 

Para ello, recurrieron a la estratagema de identificar a los grupos excluidos de la asistencia social y del empleo formal. Estas personas se autopercibían como maltratadas y excluidas por la carencia de subsidios y por no ser incluidas en los logros sindicales de sus vecinos —otros pobres como ellos—, a quienes rechazaban socialmente por ser "sostenidos" con los recursos de toda la sociedad.

Para lograrlo, las élites económicas, verdaderas responsables del fracaso social, activaron sus dispositivos simbólicos: medios de comunicación, tanques de pensamiento, iglesias protestantes y sus vasos comunicantes, los partidos políticos.

 Crearon así un sentimiento de odio e intolerancia entre pobres, doblegando, de esta forma, su autoestima y generando una matriz de desprecio contra sus vecinos. De este modo, se sentían superiores o, al menos, diferentes a los “mantenidos” por un sistema que a todas luces había sido injusto con ellos mismos. Esto creó una distinción de estatus entre los vulnerables y una constante búsqueda de reconocimiento frente a sus superiores jerárquicos. 

Estos últimos son los mismos que hoy se oponen a las reformas sociales en el Congreso, pues para los afectados, los beneficios de tales iniciativas significarían igualarse con sus cuestionados vecinos.

Lo anterior se representa magistralmente en la serie mexicana de Roberto Gómez Bolaños, El Chavo del 8 (1973). Esta producción relata la vida cotidiana en una vecindad de Ciudad de México, protagonizada por las ocurrencias de un niño que vive en un barril y sus atormentados vecinos. Ellos solo se comunican con el mundo exterior a través de las deudas y el pretendiente de otra protagonista: Doña Florinda. Ella se cree superior a los demás inquilinos, a quienes desprecia y margina de su pequeño mundo llamándolos "chusma", como un rango inferior. Así, guarda sus gestos de cariño y respeto exclusivamente para su enamorado y superior jerárquico, el profesor Jirafales, un maestro tan pobre como ella y amante de las flores y de los rulos.

En la campaña presidencial reciente, estas expresiones excluyentes y peyorativas dejaron de ser marginales. Formarán parte de la “matriz de odio” institucional del Tigre Abelardo y de su equipo de gobierno, con la complicidad de sus simpatizantes contagiados por el síndrome de Doña Florinda, los “fachos pobres”.

 Así lo demostró Abelardo en la contienda, donde manifestó que buscaría "destripar a la sarna de izquierdosos" que están en el poder. Para legitimar estas expresiones de odio, se arropó anticonstitucionalmente con la bandera de Colombia y la camiseta de la selección de fútbol. Además, recibió el apoyo de líderes fracasados como Trump y de sus colegas Milei en Argentina, Kast en Chile, la cuestionada Keiko Fujimori en Perú y el mediocre presidente de Ecuador, Daniel Noboa. Todos ellos ascendieron al poder en nombre de los marginados y lo lograron, hoy hay más indigentes en América, incluyendo a Estados Unidos.

Esto va en contravía del gobierno de Gustavo Petro, periodo en el que, según el DANE, por primera vez, cuatro millones de colombianos salieron de la pobreza y en el caso de Ibagué 40.000 ibaguereños, la educación es gratuita en todos sus niveles, se implementó el salario vital, se crearon universidades —entre ellas UNIESPINAL—, se aprobó la reforma pensional, se reactivó el tren y comenzó el desmonte del injusto y costoso sistema de peajes.

Todos estos logros no fueron suficientes para convencer a la mayoría de los electores. 

Nos ganó Doña Florinda y su síndrome de exclusión. Pero no todo está perdido; como dice el filósofo francés Jacques Lacan: el verdadero viaje comienza donde se acaban los caminos.

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