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Frutinovelas: la novela no murió, se mudó al celular

Frutinovelas: la novela no murió, se mudó al celular

Por: María Alejandra Rodríguez

Periodista. Especialista en comunicación digital y magíster en pedagogía. Jefe de prensa Universidad del Tolima.


Esta semana, hablando con un amigo, me comentó que estaba haciendo mercado cuando algo, de manera inesperada, le molestó. Estaba en la sección de frutas y verduras y, al ver una fresa, sintió una especie de incomodidad. Lo dijo de forma jocosa.

Cuando le pregunté por qué, me respondió que ya no ve las frutas de la misma manera, porque le recuerdan las “frutinovelas”.

La escena puede parecer exagerada, incluso absurda, pero no lo es tanto. En las últimas semanas han empezado a circular en redes sociales historias protagonizadas por frutas que, con nombres curiosos, voces, gestos y conflictos, recrean lo que durante años vimos en la televisión, las novelas. Hay drama, mucho drama, traición, romance y, sobre todo, la pregunta de qué pasará después.

Las “frutinovelas” no tienen un horario especial ni requieren suscripción. Aparecen, casi siempre sin buscarlas, mientras deslizamos en aplicaciones como TikTok o Instagram. Y, pese a lo inusual de sus personajes, funcionan. Enganchan. Hacen que uno se quede un poco más, esperando el siguiente capítulo, así dure menos de un minuto.

En mi caso, lo admito, también me ha pasado. Navegando en redes sociales, me he encontrado, con extrañeza, a una fresa contándole sus problemas amorosos a un limón, o a un banano siéndole infiel a una naranja. Y ahí aparece, desde lo comunicativo, una pregunta inevitable: ¿Pasaron de moda las novelas o simplemente cambiaron de formato?

Porque la historia sigue ahí. La necesidad de saber qué ocurre después no ha desaparecido. Tal vez lo que cambió fue el lugar donde sucede. Ya no nos sentamos frente a una pantalla a una hora específica para ver los canales nacionales o las populares novelas mexicanas. Ahora las historias nos encuentran, se cuelan en medio de todo lo demás, compiten por segundos de atención y, aun así, logran quedarse.

Entonces, las narrativas no desaparecen, se transforman. Las historias no se fueron, cambiaron de lugar. Hoy se adaptan a pantallas pequeñas, a tiempos cortos y a una audiencia que vive con el celular en la mano, convirtiéndolo en una especie de agenda diaria donde todo, incluso las emociones, pasa por ahí.

Lo más llamativo no es que existan estas narrativas, sino que empiecen a filtrarse en la forma en que vemos el mundo. Que alguien mire una fresa real y no piense en su sabor, sino en un personaje, en un drama, en una historia ficticia. Tal y como le ocurrió a mi amigo, y como también lo he visto en una gran cantidad de videos,  memes e incluso, recientemente, en campañas publicitarias.

Tal vez no dejamos de ver novelas. Tal vez solo dejamos de reconocerlas como tal.

Y aunque cambien los formatos, los escenarios o incluso los protagonistas, seguimos ahí, buscando lo mismo, una historia que nos atrape, aunque esta vez llegue disfrazada de algo tan simple, y tan inesperado, como una fruta en la pantalla.

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