Opinión
La actual Semana Santa
Por: Edgardo Ramírez Polanía
La Semana Santa no tuvo un día específico de creación. Fue el resultado de un proceso litúrgico que se fue formando en los primeros siglos del cristianismo.
Su gran impulso se produjo cuando el emperador Teodosio I promulgó, en el año 380, el Edicto de Tesalónica, mediante el cual el cristianismo niceno fue declarado religión oficial del Imperio romano. Sin embargo, en Roma ya habían muerto San Pedro, considerado el primer Papa, y San Pablo, circunstancia que la convirtió en sede del cristianismo, reforzada por su condición de capital del Imperio romano.
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Las hipótesis, sustentadas en el antiguo calendario Juliano, sitúan la pasión entre los años 33 y 34 de nuestra era, en fechas que la tradición ha fijado con devoción, pero que la historia la revisa con cautela. En ese contexto, la Última Cena aparece no solo como un acto litúrgico, sino como una escena profundamente humana: pan sin levadura, hierbas amargas, aceite, pescado y vino compartido en la intimidad de una despedida.
Desde la reforma impulsada por Julio César hasta el ajuste definitivo del calendario ordenado por Gregorio XIII en 1582, mediante la bula Inter Gravissimas, que suprimió varios días para corregir el desfase de la Pascua, la humanidad ha intentado domesticar el tiempo. Pero ni siquiera el calendario logra fijar con absoluta certeza los hechos que pretende conmemorar.
En su reciente obra, el escritor Esteban Constaín, en El Hijo del Hombre y los orígenes de Grecia y Roma, aborda estos episodios con erudición y claridad. En esa tensión entre fe e historia, algunos autores contemporáneos se atreven a releer los personajes del drama evangélico. La figura de Judas, tradicionalmente condenada, es interpretada como pieza necesaria de un destino que exigía cumplimiento, sin traición, no habría redención.
Pero más allá de estas hipótesis, Roma fue el imperio más poderoso del mundo antiguo, y la convergencia de poder político y autoridad espiritual otorgó legitimidad al cristianismo. Desde entonces, la Iglesia comenzó a unificar y organizar sus celebraciones en todo el mundo, hasta congregar hoy a más de 1.400 millones de fieles, con una presencia particularmente significativa en América.
Roma misma alberga cerca de 900 iglesias, muchas de ellas abiertas no solo al culto, sino también al turismo, atraído por la riqueza de su patrimonio artístico.Como expresión suprema de ese legado, se encuentra en la Basílica de San Pedro la Piedad de Miguel Ángel, única obra firmada por el artista. Tallada en mármol de Carrara cuando apenas contaba con 24 años, representa el cuerpo de Jesucristo en el regazo de la Virgen. Ella no expresa el llanto, sino un dolor contenido; su mano abierta parece interpelar a la humanidad: “mirad lo que habéis hecho”. Y, sin embargo, la historia continúa marcada por el poder y la violencia.
La Semana Santa en Roma difiere de la que se vive en Colombia y en otros países iberoamericanos. Allí persiste una fe profunda, practicada con un sentido más riguroso. Pero más allá de las formas, estas reflexiones invitan a una consideración más honda, que lo esencial no reside en la exactitud de las fechas, sino en el significado que perdura.
Entretanto, en América Latina, con excepciones como México y Perú, la Semana Santa, que durante siglos fue uno de los momentos más sagrados del calendario cristiano, enfrenta hoy una transformación cultural evidente. Lo que antes era recogimiento, silencio y reflexión se ha convertido, en muchos lugares, en escenario de fiesta, turismo y entretenimiento.
En su esencia, esta celebración conmemora la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo, un tiempo profundamente espiritual para millones de creyentes. Sin embargo, ese sentido ha sido desplazado, en buena medida, por prácticas ajenas a la fe. Uno de los factores principales es la secularización de la sociedad. Cada vez más personas se identifican menos con las instituciones religiosas y más con estilos de vida orientados al disfrute inmediato. Así, la Semana Santa se percibe como un periodo de descanso y vacaciones, más que como un tiempo de introspección.
Esta transición no ocurrió de manera súbita, sino como resultado de transformaciones sociales, económicas y culturales, y también de una Iglesia que solo recientemente, con el pontificado de Papa Francisco, ha buscado una renovación de mayor alcance social.
El auge del turismo ha contribuido notablemente a este cambio. Hoteles colmados, playas saturadas y destinos convertidos en escenarios de ocio refuerzan la idea de una “temporada alta”, donde la espiritualidad cede ante el consumo.
A ello se suma la cultura del entretenimiento. Conciertos, eventos masivos y celebraciones nocturnas han reemplazado, en muchos casos, las procesiones y los actos litúrgicos. La llamada “parranda santa” se convierte en una alternativa atractiva para quienes buscan desconectarse, aun a costa de ignorar el sentido original de la conmemoración.
Las nuevas generaciones, formadas en contextos menos religiosos, no siempre comprenden el valor simbólico de estos días. Para muchos jóvenes, no representan sacrificio ni reflexión, sino libertad, fiesta y socialización.
Las redes sociales, por su parte, han intensificado esta transformación. La necesidad de exhibir experiencias “divertidas” convierte la Semana Santa en vitrina de viajes y encuentros sociales, acentuando su dimensión superficial.
Ello revela que, para algunos, la religión ha perdido eficacia simbólica, o ha sido reemplazada por nuevas formas de creencia, incluso por prácticas como la hechicería.
Sin embargo, surge una pregunta inevitable: ¿dónde está Jesucristo hecho Dios frente a la violencia, los asesinatos y la destrucción que la humanidad continúa presenciando?. La respuesta permanece abierta, envuelta en interrogantes que la realidad contemporánea, marcada por la indiferencia, el poder y el odio, no logran resolver, en contraste con los valores de solidaridad y perdón que la fe propone.
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