Opinión
Cuando se degrada la moral cristiana por una falsa religiosidad de marketing electoral
Por Pablo Madera
*Politólogo y Comunicador Social de la Universidad Javeriana.
Hay algo profundamente colombiano en la facilidad con la que ciertos sectores convierten al hombre fuerte en figura casi bíblica. Este país, atravesado por la violencia, por el abandono estatal y por la sensación permanente de crisis, produce periódicamente personajes que entienden que aquí la política no solo se gana con propuestas sino con liturgia. No basta parecer competente. Hay que parecer enviado. Hay que construir una épica. Hay que posar como redentor.
Y ahí es donde la candidatura de Abelardo De la Espriella deja de ser solamente un fenómeno electoral para convertirse en un problema teológico y cultural muchísimo más complejo.
Porque el asunto no es únicamente que un candidato invoque a Dios. Colombia está llena de políticos creyentes y eso, en sí mismo, no tiene nada reprochable. El problema aparece cuando la religión deja de ser convicción y empieza a funcionar como escenografía de poder. Cuando la Biblia se vuelve utilería. Cuando el lenguaje de la fe se usa no para relativizar el ego sino para glorificarlo. Y en el caso de De la Espriella, la sensación que queda es precisamente esa: la construcción deliberada de un personaje mesiánico alrededor de una figura profundamente atravesada por el espectáculo, la agresividad y el culto a sí mismo.
Lo primero que salta a la vista es su tránsito público del ateísmo militante a una religiosidad casi performática. Hace años decía ser ateo. Hoy aparece invocando a Dios en plazas, hablando de milagros nacionales, llorando frente al Señor de los Milagros de Buga y citando constantemente la providencia divina. El relato que ofrece es emocionalmente efectivo: la muerte de una persona cercana lo habría llevado a una conversión espiritual profunda.
Y claro, desde la experiencia humana eso puede pasar. La tradición cristiana está llena de conversiones auténticas detonadas por el sufrimiento. San Agustín, Ignacio de Loyola, incluso Lutero atravesaron procesos interiores dolorosos antes de transformarse espiritualmente.
Pero precisamente por eso la teología ha desarrollado criterios muy serios para distinguir una conversión auténtica de una instrumental. En la tradición católica no basta la emoción religiosa exterior. El Catecismo habla de metanoia, es decir, transformación real del corazón, no simple estética devocional. El Concilio de Trento incluso diferenciaba entre la contrición verdadera y aquella nacida únicamente del miedo, del interés o de la conveniencia. Y en el protestantismo histórico el asunto es todavía más radical: para Calvino la regeneración genuina implica mortificación del ego. Disminución de la arrogancia. Transformación visible del carácter. Una fe que no cambia la conducta pública es sospechosa.
Ahí es donde el personaje empieza a hacer agua. Porque resulta muy difícil sostener la idea de una regeneración espiritual profunda cuando el mismo candidato convierte constantemente la política en un ejercicio de humillación pública, espectáculo viril y agresión verbal. No se trata de que un cristiano no pueda equivocarse. La teología jamás ha exigido perfección moral absoluta. El problema es el patrón. El tono constante. La forma en que el ego parece ocupar el centro de toda la escena incluso mientras se invoca a Dios.
Y por eso fue tan demoledora aquella frase viral de una periodista colombiana cuando dijo que Abelardo “no encontró a Dios sino una estrategia”. Porque más allá de la pulla política, la acusación tiene una densidad teológica enorme. En la tradición cristiana eso tiene nombre: simulación religiosa.
Jesús mismo construyó buena parte de su ministerio denunciando precisamente eso en los fariseos. No la falta de religiosidad, sino el exceso de religiosidad usada como performance de legitimación social. Karl Barth diferenciaba entre Religiosität y Glaube: religiosidad como construcción humana al servicio del poder, frente a fe auténtica como respuesta humilde a la gracia. La primera engrandece al individuo. La segunda lo descentra. Y en la campaña de De la Espriella todo parece orientado a lo contrario: gigantificar al individuo.
El asunto se vuelve todavía más delicado cuando entra el lenguaje racial. La frase “no como de indio, no como de negro, no como de blanco” defendida luego por seguidores como si fuera una declaración de igualdad racial, revela en realidad algo mucho más profundo sobre el imaginario político que moviliza. Porque las palabras nunca existen aisladas. Existen dentro de estructuras históricas. Y en Colombia, mencionar primero “indio” y “negro” en el contexto de amenazas de mano dura no es neutro. Activa siglos enteros de jerarquías raciales, violencia estatal y desprecio social. Desde cualquier teología cristiana seria eso es extremadamente problemático.
a doctrina de la imago Dei, presente tanto en el catolicismo como en el protestantismo, sostiene que toda persona humana porta la imagen de Dios independientemente de raza, origen o condición social. No es una idea marginal del cristianismo. Es literalmente uno de sus fundamentos antropológicos centrales. Gaudium et Spes condena explícitamente toda discriminación racial como contraria a la voluntad divina. Y en América Latina eso adquiere todavía más peso porque las comunidades indígenas y negras han sido precisamente las grandes víctimas históricas de la violencia política y económica.
Por eso la frase resulta tan grave en contexto. Porque no aparece en abstracto sino acompañada de la promesa de “mano de hierro” contra territorios históricamente atravesados por militarización, despojo y exclusión. Desde la teología de la liberación latinoamericana eso se leería casi como una inversión simbólica del Evangelio: el poder amenazando al marginado mientras invoca a Dios. René Padilla, José Míguez Bonino o incluso la tradición del Black Church estadounidense construyeron precisamente la idea contraria: Dios escucha primero el clamor del oprimido. El Éxodo no está del lado del faraón armado. Está del lado del pueblo sometido.
Y ahí aparece otra contradicción brutal de la candidatura: la mezcla permanente entre religiosidad y culto a la fuerza. Porque “El Tigre” no es solo un apodo. Es una construcción estética completa. Hay merchandising, branding, narrativa de depredador político, idea de macho dominante, espectáculo de autoridad. Y eso entra en tensión directa con el núcleo mismo del cristianismo, donde la figura central no es el conquistador musculoso sino el Mesías humillado, perseguido y crucificado. El problema no es tener carácter fuerte. El problema es convertir la dominación en virtud espiritual.
Más todavía cuando esa masculinidad termina expresándose en comentarios abiertamente machistas. Lo ocurrido con las periodistas, las alusiones sexuales sobre el tamaño de sus genitales, la petición de hacer zoom a ciertas fotografías, el tono condescendiente frente a mujeres que lo cuestionan, no son simplemente “salidas de tono”. Revelan una concepción profundamente utilitaria del otro. Juan Pablo II, en toda su Teología del Cuerpo, insistía en que el ser humano nunca debe convertirse en objeto de uso. La dignidad de la persona implica que nadie puede reducirse a instrumento de placer, dominación o espectáculo.
Y honestamente resulta muy difícil conciliar esa tradición con un candidato que convierte entrevistas políticas en demostraciones permanentes de virilidad caricaturesca.
Lo mismo ocurre con su relación con la prensa. Las decenas de denuncias judiciales contra periodistas muestran una relación profundamente conflictiva con la crítica pública. Y esto es fascinante teológicamente porque la Biblia está llena de figuras proféticas cuya función precisamente era incomodar al poder. Elías enfrentando a Ajab. Jeremías encarcelado por denunciar al rey. Amós expulsado por incomodar estructuras políticas. La tradición judeocristiana jamás ha sido amable con los gobernantes incapaces de tolerar cuestionamientos.
Desde cierta tradición reformada incluso puede decirse algo más fuerte: la prensa libre cumple parcialmente una función profética en la democracia moderna. Hablarle incómodamente al poder. Recordarle sus contradicciones. Denunciar aquello que el discurso oficial intenta ocultar. Por eso un líder que judicializa masivamente la crítica termina pareciéndose menos a los profetas bíblicos y más a los reyes que intentaban silenciarlos.
Y después está el problema del dinero.
Aquí toca ser cuidadosos porque jurídicamente toda persona tiene derecho a la defensa. Ser abogado de personajes cuestionados no convierte automáticamente a alguien en criminal. Pero una cosa es ejercer técnicamente la defensa penal y otra muy distinta construir una narrativa mesiánica anticorrupción después de haber amasado fortuna defendiendo precisamente a algunos de los personajes más oscuros del continente.
La contradicción no es jurídica. Es moral y simbólica.
La teología cristiana históricamente ha sido extremadamente severa con la riqueza opaca. Desde los Padres de la Iglesia hasta Tomás de Aquino aparece una idea constante: la riqueza no es moralmente neutra solo porque sea legal. Existe una obligación ética de transparencia y de responsabilidad social. Y por eso resultan tan incómodas las investigaciones sobre el entramado empresarial alrededor de De la Espriella, las propiedades manejadas mediante sociedades, las preguntas sin responder sobre socios cuestionados y el contraste entre el relato público de éxito empresarial y ciertos vacíos financieros documentados periodísticamente.
Porque el cristianismo puede perdonar muchas cosas, pero tiene una obsesión histórica con la honestidad frente al dinero.
No es casual que Jesús hablara muchísimo más sobre riqueza que sobre sexualidad. Zaqueo recibe salvación únicamente después de devolver lo robado. El salario retenido injustamente “clama al cielo” en Santiago. Los profetas bíblicos son despiadados con las élites enriquecidas mientras el pueblo sufre. Y ahí aparece otra vez la sensación incómoda de que la religión en esta campaña funciona más como blindaje moral que como examen de conciencia.
Tal vez el punto más peligroso de todos sea la deriva mesiánica del discurso.
“Patria milagro”. “Ciro de Colombia”. “El milagro de los nunca”. La construcción narrativa del líder providencial enviado a salvar la nación tiene algo profundamente tentador para sociedades cansadas y fragmentadas como la colombiana. Pero también tiene algo profundamente riesgoso desde la teología política. Porque el cristianismo siempre ha desconfiado de quienes intentan ocupar simbólicamente el lugar del salvador.
El caso de Ciro en Isaías es interesantísimo precisamente porque el texto jamás construye un culto a la personalidad alrededor suyo. Dios usa a Ciro, sí, pero Ciro no se proclama mesías a sí mismo. La lógica bíblica funciona al revés: el reconocimiento viene después de los actos, no antes. Cuando un político empieza a rodearse de símbolos de redención nacional, milagros patrióticos y lenguaje cuasi escatológico, el riesgo de idolatría política se vuelve gigantesco.
Y eso lo entendieron perfectamente teólogos como Johann Baptist Metz o Erik Peterson después del siglo XX europeo. El problema del fascismo no fue solo político. También fue teológico. La estetización del poder. El líder convertido en figura redentora. La nación como objeto de fe. El espectáculo reemplazando la ética.
Por eso la candidatura de Abelardo De la Espriella resulta tan inquietante incluso para cristianos conservadores coherentes. Porque más allá de izquierdas o derechas, termina encarnando algo que el cristianismo históricamente ha intentado combatir: la instrumentalización de Dios para glorificar al poderoso.
Y ahí está tal vez la pregunta final que atraviesa todo esto.
No sé si Abelardo cree sinceramente en Dios o no, porque eso al final solo él lo sabe. Sino algo mucho más político y mucho más teológico: qué tipo de espiritualidad produce un liderazgo construido sobre el ego, la amenaza, el espectáculo, la humillación pública y la narrativa del salvador providencial.
Porque el Evangelio, cuando se lee en serio, casi siempre termina incomodando precisamente a los hombres que quieren parecer imprescindibles.
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