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Opinión

Cepeda, más allá de la frontera del petrismo

Cepeda, más allá de la frontera del petrismo

Por Guillermo Pérez Flórez


Grandes lecciones dejan la jornada electoral del pasado domingo. La primera: que fue un error del Pacto Histórico plantear la campaña como un plebiscito en torno al presidente Gustavo Petro. Y, pese a haber obtenido el 40 % de los votos, lo acaba de perder. Y no frente a la oposición, precisamente, sino frente a un outsider radical y autoritario, sin experiencia política. Algo inédito en el país.

La innecesaria sobreexposición mediática del presidente durante esta campaña casi termina por eclipsar al candidato Iván Cepeda. Los mensajes centrales de su programa de gobierno quedaron subsumidos por el relato principal: ser el continuador del proyecto de Petro.

La exalcaldesa Claudia López lo dijo con precisión la noche del domingo: «Yo sé que Iván es un hombre decente, pero, Iván, querido, no te pueden hacer la campaña eternamente. Llegó la hora de asumir el liderazgo de tu propia campaña, de poner la cara, de debatir y de defender tus tesis». Petro tiene derecho a expresarse, por supuesto. Pero si invisibiliza a Cepeda, terminará transmitiendo la percepción de aquello que tantas veces se le criticó al expresidente Uribe: querer gobernar en cuerpo ajeno.

Más allá de la ideología

Que un recién llegado a la escena política, sin experiencia en esas lides y con tantos cuestionamientos éticos encima, como abogado de mafiosos, paramilitares y estafadores, le gane el pulso a un gobierno y a un presidente indiscutiblemente carismático y popular es algo que amerita una reflexión profunda, sin decirse mentiras ni comerse la propia propaganda. Se imponen la autocrítica y las rectificaciones.

El Pacto Histórico tiene una concepción de la política vinculada aún a la Guerra Fría. Insiste en reivindicarse como una fuerza de izquierda. Esa matriz de análisis entre «derecha» e «izquierda» resulta insuficiente para interpretar las dinámicas contemporáneas. El énfasis en estos tiempos no está en la ideología; las claves están en la sociología y en la cultura. Eso es lo que estamos viendo en muchas partes del mundo.

En la campaña presidencial que llevó a Donald Trump a la Casa Blanca por primera vez, muchos analistas no entendieron por qué una porción importante del electorado que había acompañado a Bernie Sanders (izquierda) terminó inclinándose por el republicano y no por la demócrata Hillary Clinton. La razón era sencilla: Trump prometía empleo a una clase trabajadora golpeada por la globalización. Es el espíritu pragmático del que hablaba Deng Xiaoping: no importa que el gato sea blanco o negro, con tal de que cace ratones. Se requieren soluciones, no explicaciones.

Para entender el triunfo de Abelardo de la Espriella hay que examinar especialmente cuatro ámbitos clave del actual gobierno.

El primero es la crisis de la salud. No vale escudarse en la corrupción y la ineficiencia de las EPS. Eso legitimó la necesidad de una reforma. Pero, al final del día, los usuarios quieren atención y medicamentos. Punto. Pasaron cuatro años y el problema se agravó. La salud está enferma y en cuidados intensivos. Esa es la realidad, pura y dura.

El segundo ámbito es la inseguridad. La paz total tiene buenos propósitos, es innegable; sin embargo, la proliferación de grupos armados y delincuentes conspira contra las nociones de orden, autoridad y justicia. Ver malandros de la peor laya andando en camionetas blindadas y con escolta oficial, envueltos en la túnica de «gestores de paz», transmite la percepción de que portarse mal paga. El esquema de negociar la aplicación de la ley está agotado. Hay que buscar la paz por otros caminos, que no son la política de tierra arrasada ni la complacencia con los grupos ilegales.

En el tercer ámbito entran la politiquería, la corrupción, el nepotismo y el desorden que reina en el Gobierno debido a la cantidad de cambios ministeriales. Las luchas intestinas y las sombras que rodean a algunos personajes dejan grandes interrogantes. Dos botones de muestra: si la señora Laura Sarabia traicionó la confianza del presidente, como él mismo lo afirma, y utilizó el cargo para hacer negocios, ¿por qué aún sigue como embajadora en Londres? ¿Y qué decir de todas las denuncias hechas por Angie Rodríguez? Este bloque es la cantera donde han abrevado la oposición y la prensa, y ha limitado el margen de credibilidad de la «revolución ética» que predica Cepeda.

Y un cuarto aspecto consiste en creer que las mejoras laborales y el aumento del salario mínimo, que son de las principales realizaciones de este Gobierno, resultan suficientes. No se desconoce su importancia. El problema es que, en un país con una informalidad laboral del 55 % o más, esos avances no bastan. Nada les dicen a quienes están en las calles vendiendo baratijas y librando una batalla cotidiana por la subsistencia.

No creo que el grueso de los colombianos y colombianas vote pensando en que es de derecha o de izquierda. No. Vota en función de sus intereses y de las narrativas que representan los candidatos. De la Espriella acaba de dar una lección. Más que poner el acento en la cuestión ideológica, lo puso en conceptos básicos y simples: «la defensa de la patria» y la lucha contra «los de siempre», en representación de los «nunca». Un enfoque similar al que le dio réditos electorales a Francia Márquez con los «nadie». Paloma Valencia, por ejemplo, creyó que bastaba con reclamarse hija política de Uribe y perdió estrepitosamente. «Uribe es mi papá», repitió hasta la saciedad. Bueno, sí. ¿Y qué? En política es muy riesgoso apostar con plata prestada. Hay que tener capital propio.

Más allá del petrismo

A Petro le cabe el mérito de haber puesto en el radar político las abismales desigualdades que existen en el país. Y, como le escuché decir a Fajardo en el famoso café con Paloma Valencia, eso no tiene reversa. Dicho esto, también hay que entender que existe vida más allá del petrismo. Otras sensibilidades y visiones requieren ser interpretadas. Por ello es necesario traspasar esa frontera para comprender también a las capas medias de la sociedad y moverse en categorías más amplias e incluyentes que las estrictamente partidistas o las de la deliberación callejera.

Hacer realidad el Acuerdo Nacional prometido, sin esperar a ser presidente de la República, es una necesidad vital para el país y el principal reto de Cepeda. Trasciende la frontera de lo electoral, para lo cual se requieren interlocutores en otros espacios políticos, sociales y económicos.

Cepeda necesita darle más fuerza a uno de sus mensajes centrales: el apoyo a la economía productiva antes que a la especulativa. No son pocos los colombianos que sufren pagando altísimas tasas de interés y otros que están sometidos a la extorsión criminal del «gota a gota». El apoyo a la micro, pequeña y mediana empresa debe ser parte del Acuerdo Nacional. Un pacto que incluya a los emprendedores. La capacidad de emprendimiento es uno de los grandes activos que tiene Colombia. Hay que potenciarla.

En estos días veremos qué curso toman las campañas. De la Espriella y sus áulicos han marcado una ruta: están dispuestos a incendiar el país, so pretexto de «defender la democracia, por la razón o por la fuerza». Ojalá que Cepeda no abandone el talante sereno que lo ha caracterizado. Si se baja a la gallera, como casi lo hace la noche del domingo tras conocer los resultados, quedaremos en las manos de Dios.

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