Opinión
Crónica de una feria opacada
Por Luis Gabriel Calderón
*Historiador
Por primera vez, la participación de Líbano en la Feria Internacional del Libro de Bogotá se vio opacada por la improvisación, la desorganización y una cadena de errores que terminaron empañando uno de los eventos culturales más importantes para una tierra reconocida históricamente por sus escritores y amantes de las letras.
Cada año, el municipio participa con un stand donde se exhiben las obras de autores libanenses. Tradicionalmente, el “Día de Líbano” se convierte en un espacio de encuentro para la cultura, la memoria y el orgullo literario de la región. Sin embargo, este año todo cambió.
El primer golpe lo dieron los mismos libros publicados para la ocasión: textos llenos de errores ortográficos, fallas de diagramación y omisiones inexplicables, como la ausencia de los logos de la Alcaldía Municipal de Líbano, entidad financiadora de dicho proyecto editorial. Resulta inconcebible que publicaciones destinadas a representar el nivel cultural de un municipio con tradición literaria hayan salido a la luz en semejantes condiciones.
Pero las irregularidades no terminaron allí. También quedó en evidencia la falta de planeación y el desconocimiento del Acuerdo Municipal 008 de 2007, mediante el cual se crea la Biblioteca Libanense de Cultura y se establecen los parámetros para la celebración del Día de Líbano, fijándolo para el último domingo del mes de abril. Pese a ello, de manera caprichosa y sin mayor explicación, la fecha fue trasladada al jueves 29 de abril.
El resultado fue tan pobre como la organización misma. Lo que se esperaba fuera una multitudinaria asistencia de libanenses, tolimenses y amantes de las letras terminó convertido en un acto deslucido, frío y carente del brillo cultural que tradicionalmente acompañaba esta celebración.
Como si fuera poco, varios hijos ilustres del municipio y reconocidos amantes de la literatura fueron excluidos del evento. Una dura contradicción para una tierra que se precia de ser cuna de escritores.
Hoy queda una pregunta flotando entre la decepción y el desconcierto: ¿qué harán ahora con 900 libros cargados de errores y horrores ortográficos?
Porque más allá de las páginas mal impresas, lo realmente grave fue haber manchado el nombre cultural de un pueblo que durante años ha defendido con orgullo su identidad literaria.
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