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¡Qué paridera ese partido de la Selección Colombia!

¡Qué paridera ese partido de la Selección Colombia!

Por Oscar Viña Pardo


La cita era a las ocho de la noche en la casa de Iván Espinosa. La consigna: llevar algo para masticar y lo que nos íbamos a tomar, aunque allá había de todo; puro formalismo, porque en casa ajena uno siempre llega con las manos ocupadas y la sed lista.

Poco a poco fuimos llegando y a las 8:30 p.m. el aforo estaba completo. Pantalla gigante, buena compañía y transmisión por Disney Plus. Un lujo escuchar a Radamel Falcao como comentarista: pausado, respetuoso, con ese tono de caballero que hasta pide permiso para mandar un saludo a su esposa. Nada que ver con esos comentarios donde uno termina escuchando desde el sistema a quince jugadores por equipo, como lo hace el descrestólogo Carlos Antonio Vélez.


El apartamento de Iván colinda con una tienda famosa por unas arepas gloriosas, que, para tristeza colectiva, no estaban en el menú, pero no nos podíamos quejar: empanadas de carne, pollo y unas marranitas hawaianas que hacían fila en el plato, acompañadas de dos cervezas reglamentarias: una por tiempo, como Dios manda.

De repente, se escuchó un grito de gol afuera. Vuvuzelas, aplausos, algarabía… una fiesta adelantada. Dos minutos después, éramos nosotros los que estábamos abrazándonos como si hubiéramos metido el balón con la barriga. Ahí entendí la tragedia: estábamos viendo el partido en diferido emocional. Nos estaban “scrolleando” la alegría.

Y eso pesa. Vaya si pesa.

Pero ya con tres empanadas encima y el ambiente en modo fiesta, no había forma elegante de decir “me voy en el entretiempo”. Así que opté por lo único digno: el bullying fino. Cada grito de afuera era excusa perfecta para preguntarle al anfitrión:

- ¿Y ahora qué pasó, Iván?
Risas iban, risas venían… hasta que llegó el madrazo que casi me deja sordo:
- ¡HP, nos empataron!

En nuestra pantalla, James todavía estaba acomodando el balón. Dos minutos después, llegó el baldado de agua fría. Nadie gritó ese gol. Solo miramos a Iván con ese silencio acusador que dice más que mil palabras. El dedo índice hizo lo suyo: culpable por no tener TDT.

Mientras tanto, los vecinos, los adelantados de la vida, ya celebraban el gol de Lucho Díaz. Vuvuzela otra vez, gritos, fiesta. Nosotros, en cambio, todavía escuchando a Falcao hablar de “reponerse y sacar la casta”, mientras ellos ya estaban sentados esperando el siguiente susto.

Así es el fútbol: unos lo viven en tiempo real y otros en diferido emocional.

Llegaron los cambios: se fue Lucho, entró el Cucho Hernández, el de la tierrita pisando cancha, Campaz, es de los nuestros papá. Desde la tribuna pedían a Quintero, pero el técnico sabe lo que hace… o al menos eso esperamos cuando el corazón está en la garganta.

En los chats, la angustia era colectiva: “nos tienen ahogados”, “saquen la camándula”. Se escuchó otro grito afuera. Esa zozobra no se la deseo a nadie. Le escribí a mi hijo:
- ¿Qué pasó?
- Pegó en el palo, papá… nos salvamos.

Segundos después, los vecinos gritan el gol… y nosotros apenas íbamos en el palo.

Pero esta vez, por la euforia de la tienda, sabíamos que era de Colombia. Ocho minutos con treinta segundos de ventaja emocional. Ellos ya felices, nosotros apretando los dientes, apretando el “fundillo” esperando que la historia se repitiera… y se repitió.

Cuando finalmente vimos el tercer gol, la mitad de los vecinos ya estaba en la casa, tranquilos, probablemente durmiendo. Nosotros apenas llegando a la gloria.

Esa es la fiesta del fútbol: el abrazo, la risa, el desespero compartido, la burla con cariño y la felicidad que se multiplica, aunque llegue tarde.

A nuestros anfitriones, gracias totales. Pero el próximo partido lo veo en mi casa, con antena TDT recién comprada, vuvuzela lista y un megáfono que desempolvé del cuarto de los “por si acaso”.

Porque esta vez, los goles los voy a cantar primero. Voy a gozar ese privilegio casi erótico de llegar antes que los demás.

Porque, como dicen en el llano: al toro no lo capan dos veces.

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