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¿Era gol de Mbappé?

¿Era gol de Mbappé?

Llegamos al centro de Washington siguiendo las recomendaciones de mi prima, como quien se deja guiar más por la intuición que por el mapa. Cuando vi el Capitolio y la Casa Blanca, sentí que estaba parado en el ombligo del poder mundial. Y, sin embargo, lo que más me sorprendió no fue la política, sino la emoción: volví a ser niño, recorriendo con los ojos cada edificio, cada museo, cada rostro extranjero que parecía también estar buscando algo.

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Washington tiene casi los mismos habitantes que Ibagué, unos 600 mil, pero aquí la historia se multiplica: siete millones más orbitan alrededor y, entre semana, todos desembocan en este mismo escenario. Una ciudad que respira apuro, pero también memoria.

Pasamos cerca de las instalaciones del FBI. Confieso que me picó la curiosidad de pensar que podían espiar mi celular. Luego recordé que ahí guardo más secretos que ellos: fotos de infancia, textos de juventud, aventuras con mi hermano y mi primo… y algún que otro recuerdo que mejor no salga a la luz, en especial de mis primas. Por precaución, o mejor por pudor, desactivé el internet. Hay confidencias que ni el FBI merece.

En medio del recorrido nos encontramos con un desfile en honor a los excombatientes de Vietnam. Nos sumamos al aplauso colectivo, ese lenguaje universal que no necesita traducción, ahí mi español fluyó a la perfección. Caminamos hasta la imponente figura de Abraham Lincoln, mientras el tiempo, como buen turista, se nos escapaba entre los dedos.

El estadio quedaba lejos. Y el Uber, como si también estuviera de vacaciones, nos canceló dos veces. Las calles cerradas por celebraciones hicieron del trayecto una pequeña odisea. Pero llegamos. Y lo hicimos justo cuando más de 40 mil colombianos entonaban el himno. Se me erizó la piel. Ahí entendí que uno nunca deja de pertenecer.

Afuera reinaba el caos. Filas largas, organización precaria y esa ansiedad colectiva de no perderse el partido. No vi los primeros 25 minutos del primer tiempo, pero escuché el primer gol. Lo vi en una pantalla interna, entre pasillos relucientes y restaurantes listos para atender a esa multitud amarilla que parecía haberse tomado el estadio.

Adentro, el ambiente era otra cosa. Familiar. Cálido. El estadio dejó de ser estadounidense para convertirse en una extensión de casa. No importaba si eras pastuso, paisa, boyacense o bogotano: todos éramos Colombia en un mismo lugar.

Después del segundo gol de Francia, la realidad nos aterrizó. Pero yo tenía un objetivo claro: ver a Mbappé. Lo dije en voz alta, casi como una plegaria futbolera. Y así, entre goles en contra y comentarios de tribuna, el partido se volvió excusa para conversar, para reír, para sentirnos cerca.

En el entretiempo, la cultura hizo lo suyo. Porque donde fueras, haz lo que vieras. Un paisa, cerveza en mano, me contó que venía desde México con su familia. Habían llegado desde temprano, hicieron parrillada, compartieron con amigos. Me presentó a su esposa, a su suegro, a sus hijos. En medio del estadio, armamos un pequeño país portátil.

El tercer gol de Francia cayó como baldado de agua fría. Ya no pedíamos victoria, solo dignidad: un gol nuestro. Y llegó. Lo gritamos como si fuera el último. Como si fuera el primero. Como si fuera el único que importaba.

Y entonces apareció Mbappé. Recibió el balón en los minutos finales. Yo advertí que, si hacía gol, lo cantaría como elbunde: Canta el alma de mi raza. Y cumplí. Lo canté. Fui el único colombiano en esa tribuna que celebró ese instante. Luego, risas. Luego, silencio. Gol anulado. Y solo atiné a decir: “Esto fue como el de Yepes en Brasil”.

Al final, el partido fue lo de menos. Afuera, la fiesta continuaba. Parrillas encendidas, chuzos, chorizos, cerveza y nostalgia. Porque perder duele, sí, pero encontrarse sana.

Mañana regresamos a Colombia. Allá nos espera el televisor, los amigos, la familia. El Tapa Roja, los tamales, la lechona. La fiesta será distinta, pero igual de nuestra. Porque el fútbol es apenas una excusa para reunirnos.

La mancha amarilla se dispersa por las avenidas de Washington, pero deja huella. Nosotros caminamos de regreso al centro, con la camiseta puesta como un testimonio. Los saludos van y vienen. “¿De dónde vienes?” “De Ibagueeeeeeeeé”. Y eso basta.

Ellos se quedan. Nosotros volvemos. Pero algo es seguro: ese pedazo de país que llevamos dentro no necesita visa. Y cada vez que se canta el himno, incluso lejos, uno entiende que Colombia no es un lugar… es un latido compartido.

Pd: Al hablar con algunos franceses nos confesaron que ellos venían a ver a Lucho, a James. Cómo la ven?

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