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Crónicas

La Pola, un barrio que se durmió en el olvido

La Pola, un barrio que se durmió en el olvido

El cemento tapa las agrestes y empinadas montañas. El verdor y la frescura han desaparecido. Aquel  paisaje natural que se mezclaba con caserones viejos de tejas de barro desapareció, solo quedan desvencijados alerones de algunas de ellas y las ruinas de otras.

Es la contradicción recurrente que se plantea entre el llamado desarrollo urbanístico, donde cajas modernas de hormigón remplazan las amplias, frescas y solariegas casas del barrio La Pola de Ibagué, la mayoría de ellas, con grandes jardines de coloridas flores y encantadoras piletas, donde el reservorio artificial de agua con sus sonidos cristalinos, daban además de belleza, una sensación de paz, tranquilidad y sosiego. 

Parado en el balcón del apartamento que habito, ubicado en uno de los límites del histórico barrio y a suficiente altura, ahora solo veo algunos techos cancerígenos de tejas de Eternit  hechas con asbesto, y moles de cemento y hierro que han acabado el paisaje.

 Esa arquitectura de tejas de barro que se han detenido en el tiempo como en Villa de Leyva, La Candelaria en Bogotá y Barichara en Santander, entre otros lugares del país, desapareció de La Pola. 

En mi lugar de reclusión temporal, escasamente tengo unos dos metros cuadrados para observar al exterior y contemplar un panorama dominado por edificios, donde únicamente sobresalen  las copas de los árboles de la plaza de Bolívar y la hermosa araucaria en el patio de una casona, antigua sede de Tolima 7 días y El Tiempo, hoy convertida en el restaurante Shalom. 

Desde este refugio abierto al cielo, defendiéndome del COVID-19, extiendo la mirada hacia la parte alta del barrio La Pola, y solo encuentro edificios tapando hasta las montañas que tutelaban a la Ciudad Musical. Las pocas edificaciones consideradas patrimonio histórico localizadas en este sector, prácticamente se encuentran perdidas en esta maraña de pequeños rascacielos que no solo arrebatan recuerdos, sino que se llevan parte de una historia que los gobernantes locales no han defendido. No han querido defender. Y ya no defenderán, porque ya no tienen nada que defender.

Tampoco los abolengos apellidos que en otrora colonizaron este sector y lo hicieron un lugar de referencia de los ibaguereños, hicieron nada por defender este patrimonio histórico; entre ellos recuerdo a los Melendro, los Meñaca, Angulo, Santofimio, Sendoya, Ramírez, Godoy, Montoya, Bajaire, Arbeláez, Levy, Pedraza,  Echegaray, Hincapié y Vera, entre otros.  

De ese colonial barrio donde comenzó Ibagué, solo quedan las fotografías y ofertas turísticas que hacen algunos folletos y portales desactualizados, porque ya su pasado histórico lo enterró la modernidad urbanística comercial de la ciudad.

Y pensar que solo hasta el 21 de febrero de 2018, la administración Jaramillo, promulgó el decreto 0119, por el cual se delimitan zonas de influencia de interés cultural e histórico del ámbito municipal y del conjunto arquitectónico de la ciudad, donde en el artículo 5o. determina un sector del barrio La Pola, como un polígono de intervención para conservar y rescatar algo de lo que queda ante la vorágine de la densificación de la población y la construcción de armazones de cemento y hierro. 

Medida tardía y hasta el momento inoperante, toda vez que los intereses comerciales de los constructores y la pasiva o nula intervención de las Curadurías Urbanas y las oficinas de Planeación, permiten este atropello cultural contra la arquitectura colonial y republicana de Ibagué. 

Hoy el barrio La Pola, es una zona llena de edificios residenciales y de locales comerciales, congestionada de vehículos, garajes, de restaurantes, cafeterías, tiendas, ventas de arepas, empanadas y tamales. 

Su pasado simplemente quedó en la memoria de viejos románticos como yo, enamorados de una época que nunca regresará, que solo la pandemia hizo rememorar asomados desde una venta o parados en un balcón, lo finito que somos.  

Desde aquí, en el día, también contemplo las grandes murallas de cemento con ventanales de vidrio, los tejados Eternit de vetustas casas, y en las noches la inmensidad de la vieja luna rodeada de estrellas en todo su esplandor. 
Son días de confinamiento, días de miedo y temor, pero también días de recuerdos y romanísimo para bobalicones como yo.

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