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El Hechizo de los 2000: Cuando el Folk-Metal conquistó Ibagué
Imagen de referencia de la banda de rock Kabrones.
Por Mauricio Arcila
Redactor El Cronista.co
A mediados de los años 2000, un sonido extraño pero adictivo comenzó a fracturar la monotonía de las fiestas de colegio en Ibagué. No era el rock argentino de siempre ni el Heavy Metal que intimidaba a los novatos; era una explosión de guitarras pesadas fundidas con violines y flautas que invitaban a saltar como si el mundo fuera a acabarse en el próximo riff.
En aquel entonces, la "Ciudad Musical" se transformó: las chaquetas de cuero empezaron a llenarse de parches con símbolos de brujas. De allí nació el parche de los "españoletes" de San Diego, liderados por Jorge y Aldo, una tribu urbana que peregrinaba por bares legendarios como el desaparecido Cúpula, Astaroth de la décima, o los refugios de La Pola como Isengard y Arkano. Cabe recordar que el único que aún se mantiene en pie es el decano Ventanal, donde el folk-metal se adoptó como una verdadera religión.
El epicentro de aquel terremoto musical fue, sin duda, Finisterra. Ese álbum doble no fue solo un éxito de ventas; representó el pasaporte a la inmortalidad adolescente para muchos jóvenes. Mientras se recorrían las calles de Ibagué, himnos como "Fiesta Pagana", “La Danza del Fuego” o "Hasta que el cuerpo aguante" retumbaban en los audífonos de cable, presentando un universo donde la potencia de José Andrëa en la voz y el virtuosismo de Frank, Carlitos y Salva creaban una mística inigualable. Para el público local, Mägo de Oz no fue solo una banda, sino la puerta de entrada a un género que enseñó que el rock también podía tener alma de gaita y corazón de violín.
Sin embargo, el tiempo no perdona y en 2011 el hechizo pareció romperse. La salida de José Andrëa marcó el fin de una era dorada, dejando un vacío que ni el tiempo ni otras formaciones lograron llenar del todo. Se vivieron años de una nostalgia agridulce, en los que los seguidores rastrearon los pasos de José en su faceta solista, apoyándolo en su visita al Tolima en 2025, donde el cariño de la audiencia fue siempre su mejor medicina frente a los embates de la salud y las dificultades logísticas. Durante mucho tiempo, las camisetas de la bruja permanecieron en el fondo del armario, bajo la idea de que aquella formación original era ya solo un eco de la juventud pasada.
Pero la vida, al igual que las mejores canciones de metal, siempre guarda un giro épico para el final. Hoy, esa nostalgia se ha transformado en una realidad vibrante bajo el nombre de Kabrones. Ver de nuevo a los pilares de la época dorada —José, Frank, Carlitos y Salva— no se percibe como un simple ejercicio de memoria, sino como la esencia original reclamando su trono con la madurez y la fuerza del presente. Es el triunfo de la resiliencia; la certeza de que, aunque los años han pasado, la magia técnica y emocional de estos músicos sigue intacta, lista para conectar con quienes jamás los olvidaron y con las nuevas generaciones de fans.
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El próximo martes 17 de marzo de 2026, el Teatro Tolima se convertirá en un templo de reencuentros. A las 6:00 PM, las puertas se abrirán no solo para los "españoletes de la vieja guardia" que hoy peinan algunas canas (como Aldo) o ya han perdido el cabello (como Jorge), sino para los nuevos seguidores que han heredado el gusto por lo épico. Será una noche para entonar a todo pulmón los versos de Gaia y Finisterra, celebrando que el camino finalmente ha traído la música de vuelta a casa. La bruja ha regresado, y esta vez, el brindis es por el presente.
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