Historias
Lino Varón: 74 años ayudando a elegir en democracia
A las seis de la mañana suena el celular. No es ninguna alarma cívica ni un mensaje de la Registraduría. Es su hijo Fernando Varón Palomino que llama, como si fuera parte del ritual democrático familiar, para comentar las elecciones antes de que abran las urnas. Fernando ya heredó la costumbre del papá: no cambia el puesto de votación por nada del mundo, porque donde lo hacen no solo se vota, también se reencuentra uno con los amigos de toda la vida. Además, mantiene una ilusión que raya entre lo cívico y lo deportivo: algún día aparecer como el número uno en la lista de sufragantes de su mesa, la número uno.
El protagonista de esta historia es Lino Varón, un conservador de los de antes, de esos que hablaban de política en la sala de la casa y no en las redes sociales. Caminó al lado del exsenador Guillermo Angulo y ocupó varios cargos dentro del partido en tiempos en que la política se hacía más con zapatos gastados que con micrófonos. De esas épocas guarda anécdotas memorables, como aquella elección al Senado que ganaron con un candidato de última hora y un presupuesto tan austero que la celebración consistió en media botella de aguardiente… para más de veinte personas. Hubo brindis, sí, pero cada sorbo parecía una vacuna contra la sed.
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La primera vez que votó, su cédula era de papel bond. Un documento tan frágil que parecía más una hoja de cuaderno que una identificación oficial. Con los años se fue deteriorando, claro, porque en ese tiempo el laminado era un lujo reservado para pocos. Luego vendrían otros formatos, otras cédulas, otros sistemas… pero Lino siguió haciendo lo mismo: llegar temprano, firmar la lista y depositar su voto como quien cumple una cita sagrada.
También recuerda con humor aquella tinta casi imborrable que marcaba el dedo en las elecciones de los años setenta. Dice que no era ningún misterio químico ni tenía dos colores, como cuentan algunos. Era simplemente la tinta que hubiera en el territorio, casi siempre roja. Quitársela era otra historia: jabón, limón, agua caliente… y aun así el dedo quedaba varios días como recordatorio público de que uno ya había cumplido con la democracia.
De la mesa número uno nadie lo saca. Ese es su territorio electoral. Lo que no ha podido lograr es su viejo sueño: aparecer primero en la lista de votantes. Antes era posible madrugar y pelear ese honor simbólico, pero un cambio en el formato de registro le dañó la estrategia. En la elección de este domingo 8 de marzo se encontró de repente en el puesto 24. Estuvo en silencio unos segundos, la democracia cambió las reglas del juego y a él solo le quedó reírse de su propia competencia consigo mismo.
Hasta hoy nadie le ha ayudado a votar. No lo permite. Dice que las decisiones del ciudadano se toman con la cabeza y el corazón propios. Ni siquiera cuando le sugerí, en mi calidad de yerno preferido, que quizá era hora de usar bastón. Me miró con una mezcla de sorpresa y picardía y respondió: “¿Ve este? Lo que quiere es volverme un viejo”. Y las risas quedaron flotando entre los dos.
Mientras escribimos esta crónica, una señora le dice a su hija en voz baja:
Ese no es Lino Varón… yo pensé que ya no estaba por aquí.
La hija lo observa caminar erguido y responde:
Mamá, pero a ese señor no le pasan los años.
Minutos después lo están saludando como al vecino de toda la vida del barrio Metaima. Pregunta por Narces Lozano, un viejo amigo con quien solía conversar en las tardes, y le dicen que ya casi no sale. Lino responde sin drama: “Entonces tendré que visitarlo”. Alguien le dice que se ve rejuvenecido. Él sonríe, se despide y me susurra: “¿Sí ve, Oscar? ¿Para qué bastón?”
Salimos del Sena y caminamos hacia el centro de la ciudad. Quiere encontrarse con su hijo Fernando en la cafetería de los Infante para comentar la jornada. Allí se abrazan, piden café y empiezan a hacer lo que hacen millones de colombianos cada cuatro años: analizar resultados, lanzar cábalas y recordar elecciones pasadas. Entre risas reconocen que quizá nunca serán el número uno de la lista en la mesa, pero no importa demasiado.
Porque al final, más que un número en un registro, lo que Lino Varón celebra es otra cosa: la posibilidad de llegar cada elección, saludar a los amigos, caminar hasta la urna con paso firme y votar con la misma ilusión de la primera vez. Y en medio de esas conversaciones con aroma a café y a memoria, siempre queda flotando el mismo deseo: volver en la próxima elección, depositar el voto con convicción… y salir de allí con la tranquila certeza de haber elegido sin arrepentirse.
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