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La Bogotá del miedo

La Bogotá del miedo

Por Germán Eduardo Carvajal


Crecimos escuchando sobre los trancones interminables, la inseguridad rampante y el frío que cala hasta en los huesos.

Además, Bogotá para los ibaguereños, como es mi caso, era sinónimo de enfermedades, porque en la década del 2000, si usted se enfermaba y no le daban con el chiste, lo remitían a Bogotá, porque aquí si había especialistas.

Para los niños calentanos Bogotá era tenaz, porque los adultos nos tomaban fuerte de las manos y no podíamos correr a nuestras anchas como era costumbre y nos decían que pilas, que alerta, que cuidadito con ese, con eso, con todo.

Bogotá era la ciudad del miedo y aunque el tiempo pasó, muchos colombianos nacidos en las regiones nos quedamos con esa sensación infantil de Bogotá.

Me parece curioso cómo aún se habla de ella así, nos parecemos al primo o al tío que desdeña de la ciudad, pese a que solo han experimentado la capital, de entrada por salida.

La cosa empieza a cambiar cuando los amigos o hermanos, o nosotros mismos, venimos a estudiar o a trabajar aquí.

De lleno, no de paso.

Conocemos La Candelaria y descubrimos un mini Salento en medio de la urbe, nos emociona la Bogotá ejecutiva y de las oportunidades, los mega parques que en la periferia son apenas anhelos, aquí son realidad.

Nos damos cuenta de que el temor es heredado y que basta sacudirse del miedo para vivir la ciudad sin prejuicios y a tope. Poder tener teatro en recintos o en cualquier plaza de barrio a diario, es alucinante.

Armar plan con amigos caminantes hacia los cerros, es liberador.

Ver enmarcada la historia del país en los más de 60 museos es mágico, y localizante, te pone en perspectiva con la historia nacional y como haces parte de ella.

Habitar con gente de todas las regiones, es enriquecedor, culturalmente y en términos profesionales provocante.

Mejor dicho, la "nevera" a mí me encanta, es una ciudad en mayúsculas, tan cosmopolita como se quiera, y tan guarra como te lo permitas, como todas las capitales del mundo.

Yo por mucho tiempo le temí, la postergué, ahora sé porqué la llaman la Atenas de Sur América, e invito a mis conocidos a una inmersión real de tiempo completo, para no caer en los lugares comunes cuando se refieran a ella.

Aquí me he sentido 2.600 metros más cerca de las estrellas, ‘afrizado’, pero también bien recibido.

La colonia tolimense instaurada en este lugar, le aplaude a Bogotá su hospitalidad, su apertura. Muchos llegamos con la maleta cargada de sueños que se van materializando en el tiempo, porque como dice el slogan de la alcaldía actual:

Aquí sí pasa.

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