Columnistas
Sanción social
Por Alba Lucía García
*Abogada de la Universidad Externado de Colombia. Dra. en Estudios Avanzados en Derechos Humanos y líder en desarrollo regional.
Hoy decimos que no confiamos en los políticos. Que los partidos no sirven. Que el Congreso no representa a nadie. Pero hay una verdad más dura que evitamos mirar: tampoco confiamos entre nosotros. Y una sociedad que no confía en sí misma deja de funcionar.
La ley no se rompe primero en el Capitolio. Se rompe en la calle. Se rompe cuando alguien se pasa un semáforo en rojo y nadie dice nada. Cuando una moto se sube al andén y esquiva peatones como si fueran obstáculos de un videojuego. Cuando invade el carril contrario, acelera, pita, amenaza… y todos miramos para otro lado. No por miedo. Por costumbre.
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Esta columna no busca caer bien. Busca incomodar. Porque ya no podemos seguir fingiendo que no pasa nada. Las normas no nacieron para molestar. Nacieron para proteger. El semáforo no es una recomendación: es un acuerdo colectivo para que todos lleguemos vivos. Cuando alguien lo viola, no está siendo “avispado”, está rompiendo un pacto básico de convivencia. Y cuando nadie reclama, ese pacto deja de existir.
La sanción social no es gritar, insultar o agredir. Es mucho más sencilla y mucho más poderosa: es no normalizar lo incorrecto. Es decir “eso no está bien”. Es negarse a aplaudir la trampa. Es dejar de justificar al que infringe solo porque “tiene afán”. Porque siempre hay afán. Pero el afán no da permiso para poner vidas en riesgo.
Y seamos honestos: también somos parte del problema. Queremos llegar rápido, pero salimos tarde. Pedimos domicilios, pero exigimos que el repartidor corra riesgos para compensar nuestra impaciencia. Nos molesta el desorden, pero nos beneficia cuando nos conviene.
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La sanción social empieza en la casa, cuando enseñamos que colarse no es “ser vivo”. Sigue entre amigos, cuando dejamos de celebrar al que se salta la fila. Y continúa en la calle, cuando reclamamos con firmeza y respeto a quien pone en peligro a los demás. Reclamar no es ser conflictivo. Callar sí es ser cómplice.
Tal vez no podamos arreglar hoy la política ni las instituciones. Pero sí podemos hacer algo inmediato y poderoso: volver a incomodarnos frente a lo incorrecto. Recuperar el derecho y el deber de decir “no todo vale”. Porque una sociedad no se rompe cuando alguien viola la norma, se rompe cuando nadie reclama.
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