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El ave de Minerva -validez de la utopía-

El ave de Minerva -validez de la utopía-

Opinión

 

El hombre es una cuerda tendida entre el animal y el superhombre

-una cuerda tendida sobre un abismo…

Federico Nietzsche

Por Julio César Carrión Castro

El hombre se diferencia del animal en definitiva por su intelecto, porque conoce, por la función consciente de su pensamiento que es capaz de esforzarse en propósitos remotos para su existencia y no está preso de la inmediatez. Precisamente la comprensión de que comprende, le llevó a demarcar fronteras con el estrecho y aburrido mundo animal. Esta característica es lo que permite al ser humano dotar de sentido y significación a cuanto le rodea; construir un universo simbólico, una realidad espiritual que muchas veces confronta, distorsiona o supera a la llamada realidad sensible y objetiva.

El carácter específico del pensamiento humano está centrado en esa posibilidad de crear una nueva realidad. Es decir, el hombre es un ser natural como el resto de los animales, pero mientras éstos simplemente toman y consumen instintivamente los objetos que les garantizan la satisfacción de sus necesidades, el hombre controla, modifica y produce, cada vez de una manera más compleja, los objetos de sus necesidades, llegando a establecer a partir de su trabajo, algo así como un mundo aparte, un producto histórico y social que pasa a constituirse como un nuevo “nicho” para su existencia. Karel Kosik (1981, 266) lo planteó con los siguientes términos: “La realidad no es (auténtica) realidad sin el hombre, de la misma manera que tampoco es (únicamente) la realidad del hombre. Es la realidad de la naturaleza como totalidad absoluta, independiente no sólo de la conciencia del hombre, sino también de su existencia, y es la realidad del hombre, que en la naturaleza, y como parte de ella, crea la realidad humano-social, que trasciende a la naturaleza, y define en la historia su propio lugar en el universo”.

Basándose en esas posibilidades de su intelecto, y en la fuerza de los conocimientos, es que han sido forjadas todas las visiones optimistas de la vida, tanto las viejas concepciones fantasiosas y encantadas de un paraíso perdido que manejan las distintas religiones, como las utópicas nociones de un mundo futuro pleno de bienestar y de alegría, como lo expresan diversas teorías y filosofías políticas “progresistas”. Así se fue extendiendo desde la Ilustración la idea de la razón como una fuerza histórica incontenible, incrustándose en los imaginarios colectivos y en los discursos filosóficos de occidente, la opinión de que el triunfo de la razón era factible e inminente.

En el sistema hegeliano -última expresión del idealismo filosófico- es claro que el hombre construye la realidad partiendo de su racionalidad, por eso, en el mismo sentido que los revolucionarios franceses, Hegel aseveraba que era dable construir un orden racional, de carácter universal, sustentado en la autonomía de los individuos y que el triunfo de esa razón universal se expresaría en la realización del “progreso”, encontrando como punto de apoyo de su teoría, los fundamentos de una triunfante economía capitalista, en el pleno apogeo de la revolución industrial. No obstante en el Prefacio de su última gran obra, La filosofía del derecho de 1821, Hegel, como presagiando el decadente devenir del modo de producción capitalista, parece abandonar el optimismo y ya -al decir de Herbert Marcuse- “los conceptos básicos de la filosofía moderna se autodisuelven, se autoniegan… pierden su carácter progresista, su tono promisorio, su impacto crítico y toman la forma de la frustración y la derrota”.

Al perder el Estado y la sociedad su carácter progresista, “traducen la resignación de un hombre que sabe que la verdad que él representa ha llegado a su fin y que ya no es capaz de comunicar vigor al mundo”. Así ese Estado y esa sociedad que, según las tesis del idealismo optimista, deberían ser construidos por la razón crítica del individuo emancipado de la sociedad moderna, resulta incapaz de realizar dicha construcción ya que su voluntad individual no hace parte realmente de la voluntad general; no contiene esa “universalidad” que decía contener.

Hoy, luego de los más amplios desarrollos científicos y tecnológicos propiciados por el capitalismo, nos encontramos, por el contrario, con seres humanos despojados de toda humanidad y cargados con el peso de unos sistemas políticos y sociales que los niegan y aplastan. Ante la evidencia de este total desamparo, de la opresión, la explotación y la exclusión, frente a la incapacidad de los estados de garantizar a las enormes mayorías, siquiera mínimamente, las promesas emancipatorias que ofrecían en su etapa lúcida de gestación y crecimiento -libertades civiles, garantías sociales, económicas y culturales, en fin, todo el recetario de unos “derechos humanos” incumplidos- ahora, en el languidecer y decadencia del capitalismo tardío, nos queda la retórica de unos Derechos Humanos que pretenden sostener mediante el recurso de “universalizarlos” por la fuerza de las armas, bajo la impronta de un imperialismo disfrazado de “humanitario”.

Atilio Borón, en su libro Tras el búho de Minerva, luego de ponderar esa bella metáfora que empleara Hegel en el Prefacio de La filosofía del derecho, en el sentido de decirnos que el ave emblemática de la inteligencia sólo despliega el vuelo en el ocaso, lo que significa que la teoría siempre llega demasiado tarde ante los hechos y sucesos de la realidad social, nos recuerda que también la teoría, tal y como lo planteara Marx, no se agota en la contemplación sino que tiene la tarea de transformar el mundo.

Dice Borón: “Como conocimiento está condenada a ‘llegar tarde’ y a reflexionar sobre lo ya existente, pero como creadora de utopías que presionan incesantemente sobre la frontera de lo posible, la teoría puede anticiparse a los hechos históricos y ser ella misma el precipitante ideal de los mismos” y concluye, “podríamos decir que en la oscuridad del capitalismo contemporáneo, el búho de Minerva también percibe con claridad los contornos de una nueva sociedad de hombres y mujeres libres, emancipados de las cadenas que los ataban y de toda forma de explotación y opresión. Una sociedad que al decir de Marx, deja atrás la prehistoria y que al realizar su humanidad comienza a escribir su propia historia”. En todo caso, consumada la esperanza que despertó la instauración del modo burgués de producción con sus ofertas emancipatorias hoy fracasadas, nos queda todavía la esperanza de una utopía socialista, a pesar también de sus reiterados ensayos y fracasos.

 

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