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Lo que el dinero no puede comprar

Lo que el dinero no puede comprar

Por Guillermo Pérez Flórez


Según The New York Times el ultra billonario Elon Musk gastó 474 millones en apoyo al partido republicano en las pasadas elecciones. La mayor parte, 212 millones de dólares, fue a la candidatura al Senado del republicano Ken Paxton en Texas, estado adonde se fue a vivir porque al parecer ya no le gusta California, un estado de amplias mayorías demócratas.

Musk se convirtió en el principal donante de estas elecciones, las más costosas de la historia, al menos de las de medio mandato, y trató de influir en las mismas a través de su red social X.

El tono monetario de la campaña lo fijó el presidente Donald Trump, quien cree que lo único que importa en la vida es el dinero, y solo el dinero. Por eso habló del “dividendo Trump”, la promesa de dar a cada ciudadano US$ 5.000 si ganaban los republicanos y mantenían el control en las dos cámaras. En eso cifró el precio de cada norteamericano.  Diversos análisis calcularon que el programa podría costar más de 1,2 billones de dólares y requería aprobación legislativa, además de carecer de una fuente realista de financiación. Pero eso a él no le importó, lo clave era el señuelo. El cual por fortuna no funcionó.

En Estados Unidos existe una vieja creencia según la cual toda persona tiene un precio y toda decisión puede terminar influenciada por el dinero. Acuérdense de la célebre película Propuesta indecente (1993), con Demi Moore, Woody Harrelson y Robert Redford, en la cual un multimillonario les ofrece un millón de dólares por pasar una noche con la esposa de un arquitecto en quiebra. Su título ha pasado al lenguaje común para designar cualquier oferta tentadora y cuestionable. En las pasadas elecciones los ciudadanos consideraron el Dividendo Trump como una propuesta indecente, no por el monto, sino porque fue una vulgaridad y una ofensa considerar que sus derechos de libertad política estaban en venta.

Dónde surge el problema

Existe un viejo adagio popular que dice: “El ladrón juzga por su condición”. En términos generales la creencia podría extenderse a pensar que las personas piensan como uno, que tienen los mismos valores y motivaciones. No hay tal. Cada persona es un mundo. Trump, Musk y casi todos sus congéneres del capitalismo tóxico, están convencidos de que no existe nada más importante en la vida que el dinero. En estas elecciones americanas las aplastantes y humillantes mayorías recibidas por los candidatos demócratas constituyen una refutación pública a esta equivocada forma de pensar.  Y no crean que fue algo circunscrito a Texas, en donde la alianza de este par de sociópatas, como los llama el escritor Juan Gabriel Vásquez en su columna La política de la crueldad, no pudo evitar el triunfo al Senado de James Talarico, de solo 37 años.

Este mismo fenómeno apareció en Ohio. Allí, el multimillonario Vivek Ramaswamy y sus aliados impulsaron una de las campañas más costosas del país para derrotar a Amy Acton, la candidata demócrata a la gobernación. Se gastaron más de cien millones de dólares. Una parte de esos recursos financió el controvertido anuncio en el que la madre de Acton pedía públicamente que no votaran por su hija. Cerca de cuatro millones de dólares fueron destinados a difundir ese mensaje. El efecto fue exactamente el contrario al esperado. Buena parte de la ciudadanía interpretó la estrategia como una explotación de tragedias familiares y experiencias traumáticas de la infancia de la candidata. Acton resistió el ataque y terminó siendo la primera mujer elegida gobernadora de Ohio y la primera demócrata en ganar ese cargo en dos décadas. En muchos otros estados se presentó el mismo fenómeno, por ejemplo, en Michigan, en donde resultó electo Abdul El-Sayed, primer senador musulmán.

No todo es Don Dinero

La política moderna necesita recursos, eso nadie lo niega. Es ingenuo pretender que se puede disputar una elección únicamente con entusiasmo. Pero las elecciones de 2026 en EE UU, en Brasil y en Serbia, país en donde se vivió una auténtica revolución impulsada por estudiantes, que la distancia no nos ha permitido apreciar en toda su dimensión, deberían ser objeto de estudio. A pesar de sus particularidades, tienen un elemento común: el dinero no determinó el resultado.  

En estas tres elecciones, la alianza plutocrática y tecnológica, que busca manipular la opinión pública con las llamadas ‘Fake news’ y fracturar las sociedades promoviendo el odio, quedó claro que hay cosas que el dinero no puede comprar, para utilizar el popular slogan de una tarjeta de crédito, o el título del libro Lo que el dinero no puede comprar: los límites morales del mercado, del filósofo político Michael Sandel (2012). El dinero puede amplificar un mensaje, pero no fabricar credibilidad; puede multiplicar la propaganda, pero no construir confianza; puede comprar espacios publicitarios, pero no la conciencia de los ciudadanos.

Estas derrotas episódicas del dinero como principal dinamizador de la vida humana son noticias importantes y trascendentes. No soy ingenuo. Tengo claro que todas las campañas manejaron mucho dinero, que es fundamental sí, pero no determinante en la acción política electoral. En mis tiempos de estudiante universitario escuché una frase que hizo carrera: “Sin dinero no hay partido, y sin partido no hay revolución”. Sin embargo, en los procesos electorales que he traído a cuento, lo que marcó la diferencia fueron dos cosas: la legitimidad moral, por una parte. Es decir, de qué lado estaba lo correcto. Y lo segundo, que la vida y la política no pueden reducirse al dinero. Lo monetario es una dimensión pequeña y triste para justificar el sentido de la existencia humana y la razón de ser de la política. Quizás a muchos lectores esto les parezca poesía, los respeto, claro, pero no por ello dejo de sentir pena.

Quiero pensar que los tres episodios electorales citados tendrán alguna influencia en los procesos políticos que se avecinan, en el mundo y en Colombia. Quiero pensar que la democracia tendrá una nueva oportunidad y no sucumbirá ante el dinero; que las ideas y las propuestas volverán a pesar en la política; y que la empatía y el sentido de humanidad serán un dique frente a este sistema de corte darwiniano, que parte de la creencia de que el orden natural es la supervivencia de los más fuertes y de que es moralmente aceptable despreciar a los débiles y vulnerables. Sí. Quiero pensar que hay cosas que el dinero no puede comprar.

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