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La democracia mundial en vilo
Por Guillermo Pérez Flórez
Despejada la incógnita de Brasil, la atención mundial se centra en lo que pueda ocurrir en EE. UU. este martes 3 de noviembre. Es algo explicable: el resultado puede influir no solo en el presente y el futuro de la democracia norteamericana, sino también en el sistema democrático de todo el mundo, dada la poderosa influencia que ejerce sobre la opinión pública mundial.
Estas elecciones son trascendentes, aunque no son presidenciales. Por su carácter estatal y local, podrían convertirse en las elecciones de mitad de mandato más costosas de la historia. Además, registran una movilización del voto anticipado que el viernes pasado ya superaba los 49 millones de personas, casi diez millones más que el total registrado en los comicios de 2022, lo que hace pensar que podrían alcanzar una participación récord. Así parecen entenderlo sus ciudadanos. Hasta el papa León XIV (Robert Francis Prevost), ciudadano nacido en Chicago, votó por correo. Y si bien no se conoce el sentido de su voto, no hay que hacer un gran esfuerzo para adivinarlo, pues son públicos sus desacuerdos con Trump.
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Un imperio en aprietos
Estados Unidos atraviesa una coyuntura crítica. La emergencia de China como potencia económica, tecnológica y comercial amenaza su hegemonía, algo que hoy nadie discute. Basta con mirar unas cuantas cifras: en 2000, el comercio de bienes de EE. UU. sumaba 2 billones de dólares, más de cuatro veces los 474.000 millones de China. En 2024, EE. UU. rondaba los 5,3 billones y China los 6,2 billones. Entre 2000 y 2024, el comercio estadounidense creció a un ritmo medio anual del 4,2 %, frente al 11,3 % del chino. La participación de EE. UU. en las exportaciones mundiales de bienes pasó del 12,1 % en 2000 al 8,4 % en 2010, mientras que la de China saltó del 3,9 % al 10,3 % en esas mismas fechas.
En 2000, EE. UU. exportaba bienes por unos 728.000 millones e importaba por 1,27 billones; en 2024, exportó 2,07 billones e importó 3,27 billones. La brecha entre lo que compra y lo que vende se amplió considerablemente, y esa es la base de la obsesión arancelaria de Trump. Y de la deuda pública, ni hablar. Los 40,53 billones de dólares, equivalente al 124,5 % de su PIB, superan la suma de las deudas de China, Japón, Reino Unido y Francia.
Prevalencia del poder duro sobre el poder blando
Para tratar de sofrenar el avance chino, Trump recurre al poder duro antes que al poder blando, por utilizar los conceptos de Joseph Nye en La paradoja del poder norteamericano (2002), publicado cuando Estados Unidos se aprestaba a invadir Irak y ya llevaba meses en guerra contra Afganistán. No busca aliados, sino gobiernos y pueblos vasallos. Todo ello, bajo la promesa de volver a hacer grande a América, núcleo duro del movimiento MAGA. Quiere gobernar el mundo a punta de aranceles, amenazas, retiro de visados, la lista Clinton, bloqueos y embargos, bases, portaaviones e intervenciones militares y policiales, así como de decisiones unilaterales. La persecución contra los inmigrantes es miserable. Son un chivo expiatorio de los males que aquejan a grandes masas de ese país, y con ello desata una ola de xenofobia y racismo sin precedentes en una nación que, precisamente, se hizo grande gracias a los inmigrantes.
La arrogancia y el apetito de Trump no tienen límites. Pelea con las universidades y los museos gringos; irrespeta a los gobiernos y pueblos que no se someten a sus caprichos; quiere quedarse con el Canal de Panamá, Groenlandia, Canadá, Venezuela y Gaza; busca someter a Cuba, desbaratar la OTAN y acabar con la ONU y la Corte Penal Internacional.
El desmantelamiento de la ayuda exterior y de los instrumentos de diplomacia pública, la desconfianza hacia las universidades y la ciencia, el proteccionismo y la erosión de la imagen democrática de Estados Unidos han reducido la capacidad de atracción del país ante aliados y sociedades extranjeras. Estados Unidos no solo es menos querido, sino también menos creíble como garante de compromisos, menos previsible como socio y menos persuasivo como modelo.
Durante sus presidencias, Trump ha promovido el retiro de la Organización Mundial de la Salud (OMS). En enero de este año, abandonó el Acuerdo de París sobre cambio climático, asunto que considera una estafa, y ordenó la salida de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, así como del Consejo de Derechos Humanos de la ONU. Es unilateralismo a ultranza.
El tiro por la culata
Sus intervenciones militares y guerras no declaradas, como la de Irán, siguen la estela de George W. Bush, quien hace 23 años invadió Irak con el pretexto de unas armas de destrucción masiva que nunca aparecieron. Trump creyó que la guerra duraría unas semanas, pero ya lleva ocho meses y el tiro le ha salido por la culata: el precio de la gasolina está por las nubes y la inflación anda disparada. Con el cierre del estrecho de Ormuz por parte de Irán, los ataques contra la navegación comercial se han incrementado y los únicos beneficiarios son las grandes petroleras. Para muchos votantes, la guerra ya no es una discusión lejana sobre misiles, sanciones o proliferación nuclear: es el recibo de la gasolinera, la inflación y la sensación de que una aventura exterior se paga en casa.
En América Latina, la fractura tiene un contorno distinto, pero consecuencias equivalentes. Trump ha intentado reafirmar su dominio hemisférico mediante aranceles, sanciones, presión política, despliegue militar e injerencia en asuntos internos. Sin embargo, al enfrentarse a Brasil y México, las dos mayores economías de la región, ha conseguido algo que parecía remoto: acercarlos entre sí y convertirlos en un contrapeso regional.
El presidente Lula lo dijo con claridad la noche de la victoria: «Brasil no será el patio trasero de nadie». Los aranceles punitivos que les impuso alimentaron un nacionalismo que Lula supo canalizar bajo la consigna de que «Brasil pertenece a los brasileños». El comercio bilateral entre México y Brasil alcanzó los 18.500 millones de dólares en el último año. La reelección de Lula frustró la expectativa de que Brasilia se entregara al proyecto hemisférico de Trump, como habría sucedido de haber ganado Flávio Bolsonaro, hoy prófugo de la justicia y protegido allí.
Incierto panorama
La alianza de Trump con las mayores empresas tecnológicas del mundo constituye la principal amenaza contra el modelo democrático liberal. Trump y esas empresas conforman una manguala plutocrática que aspira a consolidar un orden autoritario y totalitario, sin ningún tipo de contrapesos ni regulación. Es un poder fuera de control político y fiscal. La dependencia tecnológica que le han impuesto al mundo es de tal dimensión que pueden paralizarlo y hacerlo colapsar con un simple clic, ante la mirada impotente de la mayoría de los gobiernos.
Debido a la posibilidad de una derrota electoral, Trump ha puesto en marcha una narrativa basada en un presunto fraude, y el país se encuentra sometido a una presión y un miedo sin precedentes. Él y sus aliados llevan meses sembrando dudas sobre la integridad de quienes organizan las elecciones e intimidando a los trabajadores con la presencia de agentes federales y amenazas de multas y cárcel si no se pliegan a sus deseos.
El cuadro es, sin duda, desolador. La democracia mundial está en vilo y en manos de los ciudadanos estadounidenses, que son quienes pueden corregir el rumbo. Y, paradójicamente, también del voto latino, al que tanto ha perseguido y castigado el emperador. Dios salve a América.
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