Opinión
Reflexiones varias en el día del periodista
Por: Henry Rengifo Hernández
Cada 9 de febrero, Colombia se viste de manteles largos, placas conmemorativas y discursos grandilocuentes. Se ha vuelto costumbre que, en esta fecha, la mayoría de gobernaciones, alcaldías, concejos y diversas entidades del Estado se apresuren a "agasajar" a los periodistas. Sin embargo, tras el brindis y el almuerzo protocolario, surge una pregunta incómoda: ¿Qué se celebra realmente: la libertad de prensa o la lealtad del silencio?
Es una práctica que raya en lo deleznable. El sector público no debería patrocinar festejos para quienes tienen la misión sagrada de vigilarlo. Cuando el poder político ofrece desde reconocimientos —muchas veces inmerecidos— hasta los tristemente célebres "sobres", no siempre lo hace por respeto al oficio. Con frecuencia, busca afianzar ese periodismo ramplón, lambón y servil que hoy se impone a pasos agigantados. Una prensa domesticada, que no cuestiona ni profundiza, le hace un daño irreparable a las regiones.
No es secreto, y mucho menos novedad, que muchos periodistas terminan con la pluma hipotecada por una dádiva. Es la estrategia del "abrazo del oso": en la mayoría de casos, el gobernante que hoy invita a manteles es el mismo que mañana recordará el favor cuando aparezca una irregularidad en su gestión. La ética no puede tener el precio de un almuerzo o un regalo de ocasión; la gratitud personal jamás debe anular el deber profesional.
Lo ideal sería que los propios medios de comunicación celebraran su día a los periodistas. ¿Por qué debe hacerlo el sector oficial?. El dinero del contribuyente tiene destinos más urgentes que financiar la adulación mutua entre políticos y comunicadores.
Ahora bien, sabiendo que estas palabras suelen ser un "canto a la bandera", solo resta decirles a quienes acudirán este 9 de febrero a estos eventos lo que jocosamente se recomienda en época electoral: "Reciban el mercado y el bulto de cemento, pero voten a conciencia". En este caso, la consigna es similar: si lo desea, acuda al agasajo, sea amable y dé las gracias, pero no le venda el alma al diablo.
Al final del día, el periodista que se deja comprar por una atención pierde lo único que realmente le pertenece: su credibilidad. Sin ella, no es más que un relacionista público con carné de prensa.
Pero tampoco olvidar que el problema va más allá de un almuerzo. El fondo del asunto también radica en un perverso sistema de recompensas y castigos, donde la pauta publicitaria se utiliza como mecanismo para coartar la libertad. Válido, entonces, en este día especial, señalar también que uno de los vicios más arraigados es el concepto de la "ayuda" cuando de otorgar pauta publicitaria se trata. No falta el funcionario que marca territorio: "Le voy a ayudar con esta pautica, pero ya sabe, hay que portarse bien". Error. Si un medio cumple con los requisitos legales y goza de credibilidad, la pauta oficial no es una limosna ni un favor personal del gobernante; es una inversión pública.
Ver la pauta como una "ayuda" es el primer paso hacia la lambonería. Quien recibe un favor se siente obligado a devolverlo y, en este oficio, eso significa callar lo que el ciudadano necesita saber.
No obstante, la presión también se ejerce desde la otra orilla. Existe el periodista que utiliza el micrófono y el editorial incendiario como arma de extorsión. Lanza ataques feroces que simulan una entereza ética inquebrantable, pero una vez que el "soborno" o la pauta llega a su cuenta, la denuncia se esfuma, y el lobo se convierte en cordero.
El día que el periodista entienda que no le debe nada al funcionario por una pauta obtenida legalmente, ese día el periodismo colombiano empezará a recuperar su dignidad.
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