Opinión
Una ciudad joven en deuda con sus jóvenes
Por Alba Lucía García Suárez
Abogada Universidad Externado de Colombia. Doctora en Estudios Avanzados en Derechos Humanos.
No hay tiempo para más discursos bonitos. O las reglas cambian y la plata empieza a moverse hacia los jóvenes, o Ibagué seguirá perdiendo a su mejor gente. Esto no es técnico, es político. Y si no se presiona, no pasa.
Nuestra ciudad se ve joven, suena joven, vibra joven. Pero decide como si nada hubiera cambiado. Aquí muchos pelados estudian, se capacitan, emprenden, hacen prácticas sin pago y mandan hojas de vida sin parar. Cuando llega la hora de vivir de su trabajo, aparece el famoso “luego miramos”, que se vuelve meses y después años.
Las cifras lo confirman: diecisiete de cada cien jóvenes que quieren trabajar no consiguen empleo. Y los que consiguen algo, muchas veces es rebusque, informalidad o trabajos que no reconocen su esfuerzo ni su formación.
El problema se agrava porque los jóvenes casi no están donde se decide. Y cuando algunos llegan, no siempre empujan cambios. Se acomodan rápido, repiten las mismas mañas y terminan liderando con mentalidad vieja. No representan a su generación.
Los jóvenes no necesitan más charlas motivacionales ni aplausos en tarima. Necesitan poder real. Que la Alcaldía use su propia compra pública para contratar jóvenes en cultura, tecnología, comunicación, datos y soluciones de barrio. Contratos pequeños, rápidos y bien pagos. Y un pacto de primer encargo, no de primer empleo. Trabajo real para ganar experiencia de verdad.
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No podemos seguir creyendo que el empleo estable es la única salida, que la universidad garantiza todo y que la paciencia es una política pública. Eso hoy no funciona. Ibagué no tiene un problema de talento, tiene un problema de decisiones. Si no cambian, la ciudad seguirá viendo cómo su mejor gente hace maletas.
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