Opinión
Líbano liberal o Líbano jaramillista
Por Luis Gabriel Calderón
*Historiador
No se trataba solo de un político, sino de un amigo cercano a la gente, de un hombre que encarnaba en su vida los ideales clásicos del liberalismo: el consentimiento de los gobernados, la libertad de expresión, la libertad de religión, la separación entre la Iglesia y el Estado.
Pero también era más que eso. Era un ser generoso, desprendido, que no dudaba en dar de lo que tenía sin esperar nada a cambio. Su liberalismo no era solo doctrina, era acción diaria, era sonrisa compartida, era consulta médica sin distinción de credo o filiación política.
- Política: Líbano, como espejo de la transformación
Con su liderazgo, Líbano floreció. Las obras que aún hoy embellecen las calles, los parques, las instituciones que levantan su orgullo, fueron construidas bajo su dirección. Cada ladrillo, cada poste de luz, cada camino que se abrió en medio de la montaña, lleva su sello.
Fue tal su entrega que, hasta hoy, ningún alcalde o líder político ha logrado igualar su legado. Sus gestos, su generosidad y su capacidad para unir a un pueblo que lo seguía más allá de las siglas, dejaron una huella profunda.
Pero cuando Alfonso Jaramillo Salazar decidió retirarse de la vida pública, el hechizo se rompió. El pueblo, sin su guía, volvió lentamente a las filas de sus antiguos partidos. Y lo que fue un pueblo orgullosamente identificado en el país como liberal, terminó volviendo a su mayoría conservadora. Sin Jaramillo, Líbano dejó de ser el bastión que alguna vez fue.
Aquel Líbano jaramillista quedó en la memoria de quienes lo vivieron, en las historias que todavía se cuentan en las esquinas, y en las obras que, firmes, aún sostienen al pueblo. Entre poder y memoria.
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