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Opinión

La sociedad del espectáculo y la maldita herencia de Pablo

La sociedad del espectáculo y la maldita herencia de Pablo

Por Guillermo Pérez Flórez


Abelardo de la Espriella es un fenómeno electoral. Sí. Sería necio negarlo. Su campaña ha sido perfecta desde la perspectiva del marketing político y comunicativo. Está ad-portas de conseguir lo que nadie había logrado: ser el primer outsider en ganar la presidencia. No lo lograron figuras de mayor calado ético y solvencia intelectual como Luis Carlos Galán y Antanas Mockus, pero está a un paso de alcanzarlo un hombre que se encuentra en sus antípodas éticas y estéticas. El solo pensarlo me estremece.

Durante estos días he cavilado sobre cómo pudimos llegar a esto. Y encuentro varias causas. Quizás, la primera sea la existencia de una corriente reaccionaria que históricamente se ha opuesto a las transformaciones, por la razón o por la fuerza. La misma que se opuso a la paz con las Farc y sostenía que Juan Manuel Santos era comunista e iba a entregarles el país. Por eso patrocinó el NO en el plebiscito por la paz a base de mentiras. Una corriente que vive de vender los fantasmas de la guerra fría. Y ve enemigos en quienes piensan diferente. Esa corriente la espoleó el radicalismo verbal del presidente Petro y está dispuesta a agarrarse de un clavo ardiendo con tal de derrotarlo. Este aspecto está más o menos claro, y por ello no me extenderé.

La sociedad del espectáculo

Hay otra que se relaciona con lo primero. La forma como Abelardo ha hecho la campaña. Entendió que en “la sociedad del espectáculo”, de la que habló Guy Debord en 1967, lo importante no es el programa sino la puesta en escena. El show. No es casual que lo programático haya brillado por su ausencia en estas elecciones, es una consecuencia de la metamorfosis de la política. Ha dejado de ser una confrontación de tesis, modelos y relatos, y pasado del storytelling al storydoing. De la literatura al teatro. 

Gana no quien cuente la mejor historia, sino quien monte la mejor puesta en escena. Lo que moviliza el voto y define el poder es la capacidad de corporizar ese guion a través de imágenes potentes, disrupción visual y autenticidad performativa. Trump es el mejor ejemplo de la sustitución de la política por el espectáculo. 

Mario Vargas Llosa, a comienzos de la década pasada, analizó esto en su ensayo “La civilización del espectáculo”, y concluyó que la imagen prevalece sobre las ideas, y vale más que mil palabras, que el escándalo desplaza al debate intelectual; la información deviene en espectáculo, y la política se transforma en una actividad mediática.  

“Una parte significativa de los jóvenes aspiran a ser ricos, bonitos y famosos. Saben que esta sociedad premia más el parecer que el ser. Ahí radica parte del éxito de Abelardo”.

Lo escribió muchos años después de haber perdido las elecciones en Perú contra Fujimori, quien inauguró su show electoral entrando a Lima manejando un tractor. Vargas Llosa afirmó que la cultura había perdido profundidad y exigencia intelectual. Que lo que antes se entendía como cultura —literatura, filosofía, arte, historia— había sido sustituido por una noción más superficial. Y advirtió también sobre la transformación del periodismo. Sostuvo que gran parte de los medios privilegian la primicia, el escándalo y la emoción inmediata, en lugar del análisis riguroso y la búsqueda de la verdad. 

Se le atribuye al escritor Luis López de Mesa, ministro de Educación de López Pumarejo, la frase de que un bachiller en Colombia era un océano de conocimientos con un centímetro de profundidad. Y eso es Abelardo. Una persona sin la formación ni la experiencia para ser presidente de la República, pero que como hijo de este tiempo, en que prevalece la superficialidad, se mueve con propiedad en las redes sociales. 

En la sociedad del espectáculo un candidato ya no convence leyendo su programa en una plaza pública; impacta más vociferando en directo desde una barcaza en medio de un río, bailando rock o confrontando a un rival frente a las cámaras. Lo importante no es la ideología, es la coreografía. 

Fracking en el subsuelo moral

Y existe una tercera que tiene que ver con un fenómeno socioeconómico y un personaje siniestro: el narcotráfico y Pablo Escobar, que hizo fracking en la base ética y moral de amplios sectores del pueblo colombiano. Escobar representó a la Colombia excluida que vio en el narcotráfico las posibilidades de ascenso social. Una Colombia hastiada de la doble moral e hipocresía de sus elites, que le recibían dinero por la noche y le negaban el saludo de día para posar de ser gente de bien. 

Aún no se ha analizado suficientemente el significado de Escobar en la historia nacional. El relato se ha quedado en sus hechos más violentos; en los asesinatos de Lara y Galán; de Guillermo Cano y Carlos Mauro Hoyos, el de los jueces, periodistas y policías, en el atentado al DAS y en la explosión del avión de Avianca. Pero hay algo más profundo.

Las barriadas de Medellín adoraban a Pablo en vida, y lo idolatraron después de muerto, porque se sentían interpretadas y lo reconocían como uno de ellos. No era solo por su “Medellín sin tugurios”, por las canchas de fútbol y la iluminación de estas. Era porque su ascenso también era el suyo. Por eso Higuita iba a jugar fútbol con él en La Catedral. Por eso miles de personas lloraron su muerte y por eso aún se venden camisetas estampadas con su rostro. Veían a un héroe popular. Pablo extremó la ética del todo vale, alteró la escala de valores y a partir de ahí se normalizó una cultura de la ostentación, del dinero fácil y de la cosificación de las relaciones humanas. Todo por la plata.    

La victoria póstuma de Pablo 

Desde la muerte de Escobar muchas cosas han cambiado. Para comenzar, los paradigmas del éxito. En cierta forma esto es parte de su legado. El idealismo ha perdido frente al materialismo. La juventud no quiere ser ni parecerse a Camilo Torres, que aunque equivocado por tomar las armas no se le puede negar su amor al prójimo; ni ser Gandhi, ni Teresa de Calcuta, ni ayudar a los desvalidos. Peor aún: hay una tendencia que odia a los pobres. Lo son, porque quieren. Porque no les gusta trabajar. Y a la par que crece la aporofobia, término acuñado por la filósofa Adela Cortina, el desprecio y la aversión hacia las personas en situación de desamparo, crece también un nuevo paradigma de éxito, que se basa no en el mérito y en el esfuerzo, sino en la fama y la astucia.   

Una parte significativa de los jóvenes aspiran a ser ricos, bonitos y famosos. Saben que esta sociedad premia más el parecer que el ser. Ahí radica parte del éxito de Abelardo. Está a años luz de ser un penalista como Gaitán, pero su estética, su ropa y relojes de marca, sus lujos, su vida de cine y su residencia en Miami, simbolizan el éxito. Ninguna de sus intervenciones en los estrados judiciales pasará a la historia ni será estudiada en las facultades de derecho. Aun así, miles de abogados sueñan ser como él, y darían lo que fuera con tal de litigar para la mafia. 

La sociedad del espectáculo encontró en nuestro país un terreno abonado por la cultura del narcotráfico, que ya había normalizado el triunfo sin mérito, convertido la ostentación en virtud y el todo vale en una ética.

Colombia se enfrenta a una coyuntura crítica este domingo. Creo que un deber ciudadano es pronunciarse, y que no es sano guardar equidistancia entre las dos opciones ni menos silencio. Cada persona decidirá de qué lado quiere estar. Y hay que respetarla. Yo ya tomé partido: me siento más próximo a la visión que representa Iván Cepeda, y en consecuencia por él depositaré mi voto.  

@gperezflorez

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