Opinión
La ausencia de oradores en la política contemporánea
Por: Edgardo Ramírez Polanía
La oratoria de las ideas alrededor de los asuntos esenciales de la sociedad, constituyen el recurso más importante en el ejercicio de la política y el más difícil. Una de las señales evidentes de la decadencia de la política moderna es la progresiva desaparición de los grandes oradores. La crisis no pertenece únicamente a un país ni a una ideología determinada, sino a un fenómeno mundial.
En casi todas las democracias contemporáneas se observa el empobrecimiento de la palabra pública, la degradación del debate y la sustitución del discurso reflexivo por el espectáculo mediático, el insulto y la utilización de las redes sociales para expresar en pequeños mensajes lo que se quiere decir a la sociedad.
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La humanidad conoció épocas en las que la política se sostenía sobre la fuerza intelectual de la oratoria. La palabra era considerada una de las formas superiores del poder civilizado. Un gran discurso podía modificar el rumbo de una nación, detener una guerra, convocar una revolución o despertar la conciencia de un pueblo.
En la antigua Grecia, Demóstenes convirtió la oratoria en un arte político y moral. Sus discursos contra Filipo de Macedonia todavía son estudiados como ejemplo de fuerza argumentativa y pasión patriótica. En Roma, Marco Tulio Cicerón elevó la palabra pública a una dimensión filosófica y jurídica que influiría durante siglos en Occidente.
Mucho tiempo después, la historia moderna produjo figuras excepcionales cuya capacidad verbal se convirtió en símbolo de liderazgo político y autoridad moral. Winston Churchill sostuvo el espíritu británico frente al nazismo mediante discursos memorables donde la palabra se convirtió prácticamente en un arma de resistencia nacional. Charles de Gaulle representó la solemnidad republicana francesa mediante una oratoria cargada de historia, patriotismo y dignidad institucional.
En América Latina también florecieron grandes tribunos. Jorge Eliécer Gaitán poseía una capacidad extraordinaria para hablarle directamente a las multitudes populares con dramatismo, claridad y emoción social. Fidel Castro, más allá de cualquier juicio ideológico, fue uno de los oradores más impactantes del siglo XX por su resistencia física, capacidad de improvisación y dominio escénico. John F. Kennedy transformó el discurso político en una convocatoria ética dirigida a toda una generación.
La segunda mitad del siglo XX hubo dirigentes capaces de unir pensamiento y elocuencia. Martin Luther King Jr. conmovió al mundo con una oratoria profundamente moral y espiritual. Nelson Mandela convirtió la serenidad del lenguaje en instrumento de reconciliación nacional. Incluso en tiempos recientes, figuras como Barack Obama demostraron que aún era posible construir discursos con estructura intelectual, ritmo literario y sentido histórico.
Sin embargo, el siglo XXI parece asistir a la desaparición gradual de esa tradición. Las redes sociales redujeron el tiempo de atención colectiva. La televisión convirtió la política en espectáculo visual. El marketing electoral desplazó la formación humanística. Los asesores de imagen reemplazaron a los ideólogos. El político ya no es entrenado para pensar y debatir, sino para producir titulares rápidos, frases emocionales y contenidos virales.
La consecuencia es visible, abundan los comunicadores instantáneos, asesores de imagen y de la campaña poliica, pero escasean verdaderos oradores.
Muchos dirigentes contemporáneos son incapaces de sostener un discurso profundo sin leer pantallas electrónicas o depender de equipos completos de redacción. La improvisación brillante prácticamente desapareció de la política moderna. El dominio del lenguaje cedió ante el cálculo publicitario. La emoción inmediata reemplazó al razonamiento.
La tragedia es aún más profunda porque la decadencia de la oratoria también refleja la decadencia de la cultura política. La gran oratoria nacía de la lectura, del conocimiento histórico, de la filosofía, del derecho y de la literatura. Los antiguos tribunos poseían formación intelectual sólida. Comprendían el peso de las palabras y la responsabilidad de dirigirse a una nación.
Hoy, en cambio, muchos dirigentes parecen desconfiar de la inteligencia de los ciudadanos. Ya no buscan persuadir mediante argumentos sino manipular mediante emociones elementales como el miedo, la indignación, el resentimiento o el fanatismo y el adversario dejó de ser contradictor para convertirse en enemigo.
Y cuando la política pierde la capacidad de dialogar, inevitablemente comienza la degradación democrática como lo estamos observando los colombianos con la proliferación de candidatos que no exponen ideas ni programas serios de gobierno sino obviedades que se repiten cada cuatro años con lemas que no comunican.
En Colombia, país históricamente reconocido por su tradición parlamentaria y jurídica, también se percibe esa desaparición de los grandes tribunos. La República tuvo figuras de enorme fuerza verbal y doctrinaria. Además, de Jorge Eliécer Gaitán, sobresalieron hombres como Carlos Holmes Trujillo, de oratoria combativa y erudita; Debe hacerse un excepción con Alfonso López Michelsen y Álvaro Gomez Hurtado, que no fueron oradores pero discurrian con una gran apacidad argumentativa y dominio del idioma que les otorgaba una enorme autoridad intelectual.
Todavía sobreviven en Colombia pocas figuras reconocidas por su capacidad de expresión y argumentación pública. Entre los oradores vivos más destacados suelen mencionarse a Alberto Santofimio Botero considerado en 1995 en nota publicada en El Tiempo “Epoca de Oradores·” como el mejor orador del siglo XX y perteneciente a una generación donde todavía existía formación literaria y pasión por la palabra pública.
César Ordóñez Quintero, llamado el Dantón de Colombia por otro destacado orador Augusto Ramírez Moreno y Gustavo Petro por su habilidad discursiva y capacidad de improvisación política; por su estilo directo, vehemente y de conexión emocional con sectores populares.
Pero incluso todos ellos parecen pertenecer a una etapa final de una tradición que lentamente se extingue, por lo cual, colegios y universidades deberían promover la capacidad de hablar en público para que se desarrollen el conocimiento y el análisis crítico convenientes en el sistema democrático.
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La política contemporánea privilegia la inmediatez sobre la profundidad. Ya no se forman tribunos sino administradores de imagen. Y allí radica uno de los grandes peligros de nuestro tiempo. Cuando desaparecen los oradores auténticos, los verdaderos analistas del Estado, el espacio público suele ser ocupado por el ruido, la propaganda, el odio y la mediocridad.
Porque la verdadera oratoria no consiste simplemente en hablar con elegancia. Consiste en tener ideas, comprender a la sociedad y poseer el talento intelectual para transmitirlas.
Y quizás la tragedia de la política contemporánea sea precisamente que nunca antes hubo tantos medios para comunicarse y, al mismo tiempo, tan pocos hombres capaces de decir algo verdaderamente memorable para conmover el espíritu.
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