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Opinión

La contrarrevolución cultural o el miedo a la Colombia de hoy

La contrarrevolución cultural o el miedo a la Colombia de hoy

Por: Daniel Lozano Flórez

*Sociólogo y Doctor en Estudios Políticos, Profesor universitario.


La principal propuesta del presidente Abelardo de la Espriella para la formulación de la política pública de desarrollo de la cultura que será ejecutada en el actual período de gobierno, consiste en la realización de una contrarrevolución cultural que, según sus palabras, permita, por un lado, la restauración de los valores culturales fundacionales de la nación colombiana y, por otro lado, el desarrollo de una lucha frontal contra la denominada cultura woke o wokismo. 

Indudablemente, se trata de planteamientos contradictorios que van en contravía de las tendencias de cambio social y cultural que han impuesto en el mundo la modernidad y la globalización. 

El problema de fondo que presenta la propuesta de esta contrarrevolución es que parte de una comprensión equivocada de la cultura y del desarrollo cultural que ha alcanzado la sociedad colombiana. No cabe duda de que la cultura no es un edificio en ruinas que puede repararse o derrumbarse y erigir sobre esas ruinas una nueva edificación, según las preferencias, caprichos y gustos de quien hace el respectivo diseño. 

Debe tenerse en cuenta que el desarrollo cultural es un proceso de construcción social, que transforma permanentemente la mentalidad de las personas y la tradición cultural, integrada por costumbres, valores y creencias, expresiones simbólicas, fiestas y rituales, normas, y la memoria colectiva. Es de suma relevancia señalar que esta tradición abarca todo aquello que la sociedad en su largo proceso histórico ha decidido conservar, adoptar como criterio para la institucionalización de pautas de comportamiento y de conductas, y transmitir de una generación a otra.  

En los últimos cincuenta años nuestra tradición cultural ha sido objeto de profundos cambios, sobre todo por el desarrollo de hechos sociales novedosos y muy complejos, que han generado grandes impactos sobre las mentalidades y valores de los colombianos. Entre estos hechos tenemos el acelerado proceso de urbanización, el surgimiento de dos generaciones de población predominantemente urbanas, el desarrollo y expansión del narcotráfico, la violencia ejecutada por diferentes tipos de actores y con fines diversos, el desarrollo y uso progresivo de las Tecnologías de la Información y de la Comunicación, y la inserción de Colombia en el mundo globalizado, que afianzó, especialmente en los jóvenes, una cultura global, mucho más comprometida con el reconocimiento de las diferencias y las diversidades, de los nuevos movimientos sociales, y de los derechos y las libertades de las personas. 

Indudablemente, los hechos sociales mencionados antes dieron origen a una transformación cultural de gran alcance que ha modificado de forma significativa nuestra tradición cultural. Así no le guste al actual gobierno, las modificaciones presentadas se encuentran profundamente arraigadas en las mentalidades de la población, en los imaginarios colectivos y en la memoria de la sociedad. Si bien es cierto que en la cultura colombiana ha habido cambios de gran relevancia, estos no han originado una auténtica revolución cultural, por esta razón no es viable la propuesta de ejecutar desde las instituciones del Estado una contrarrevolución cultural que nos retorne al pasado y que adopte valores y tradiciones religiosas como principios de un eventual nuevo orden social.  

Por otra parte, la llamada cultura woke o el wokismo no es una ideología, como de forma equivocada lo han planteado algunos funcionarios del gobierno nacional, más bien podríamos decir que es una expresión de la cultura contemporánea y de los proyectos políticos impulsados por los nuevos movimientos sociales que reivindican, especialmente, la identidad, el género, la diversidad, el reconocimiento de minorías, y la lucha social contra el racismo, las desigualdades sociales y la discriminación. 

Así, pues, el wokismo es una perspectiva cultural global que ha contribuido a la sensibilización de las sociedades con respecto a las desigualdades que persisten en la sociedad y que, además, influye en la definición de las políticas públicas, en los medios de comunicación, en la educación y, en general, en el lenguaje cotidiano de las personas. 

Interesa destacar, en este contexto, que las propuestas del gobierno nacional relacionadas con la puesta en marcha de batallas culturales cuyo fin es la erradicación del wokismo enfrenta enormes dificultades y tiene muy pocas posibilidades de éxito. Los cambios en la cultura no emergen de las decisiones administrativas o de las medidas autoritarias que adoptan las autoridades gubernamentales y menos aun cuando los valores que le sirven de fundamento al cambio cultural hacen parte de los saberes sociales que circulan en redes globales de comunicación, instituciones educativas, industrias culturales, plataformas digitales y corrientes de opinión transnacionales. 

En el caso particular de la sociedad colombiana, integrada desde hace varias décadas a las dinámicas impulsadas por los procesos de globalización liderados por los países más desarrollados, concebidos fundamentalmente como procesos de integración económica y cultural, nuestros principales retos en materia de desarrollo cultural se relacionan con la identificación y consolidación de espacios de encuentro en los que opere la deliberación crítica y se generen alternativas de resistencia frente a los intentos de imponer formas de pensamiento único. 

Conviene tener en cuenta que la cultura está asociada con la identidad y cumple la función de adaptación social y, además, permite la inserción de los sujetos en el orden social y en sus diferentes procesos sociales. Así las cosas, la auténtica batalla cultural debe orientarse hacia el fortalecimiento de una cultura democrática que permita la discusión entre diferentes, sin censura, sin intimidación moral y sin pretender que una perspectiva cultural es mejor que la otra. 

Definitivamente, el anuncio hecho por el presidente De la Espriella de poner en marcha una contrarrevolución cultural y de iniciar la primera batalla con el retiro de obras y piezas del Museo Nacional, en nada contribuye a la construcción de una cultura democrática, porque cuando el Estado se adjudica la facultad de decidir qué memorias y relatos son aceptables y cuáles deben ser excluidos de los espacios públicos y de los ámbitos donde se desarrolla la cultura, el debate deja de ser cultural y se vincula más con el ejercicio de la política y la lucha por el poder. De este modo, la pretensión de imponer una versión sobre el desarrollo cultural de la nación terminará destruyendo el pluralismo que caracteriza a la democracia y normalizará la censura como estrategia de la gestión cultural.       

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