Opinión

El Idioma y el discurso

El Idioma y el discurso

Por: Edgardo Ramírez Polanía


La palabra como conjunto armónico de conceptos, es un don que no a todos acompaña, para que mediante el habla, las señas o la escritura se digan la mayor cantidad de acepciones con la menor cantidad de expresiones, utilizando la compleja lingüística y su significado, que conforman las oraciones y el discurso para comunicarnos o convencer y que sólo son capaces de discurrir de corrido, sin titubeo y sin errores aquellos que cultivan su ejercicio y la lectura.

El discurso es creación de belleza, persuasiva y orientadora y por ello se requiere que el orador tenga precisos conocimientos, entonación, postura, voz y modulación para que a través de éstas condiciones, comunique aquello que los asistentes desean escuchar con claridad y coherencia y no se convierta el discurso en un discurrir de hechos deshilvanados y sin fundamento.

El  correcto leguaje es la base de la elocuencia. Con el lenguaje existe algo similar a lo que ocurre con las buenas maneras que nacen de la cultura de los individuos: hay un nivel básico que es para la comunicación, otro medio que constituye el entendimiento entre las personas y el elevado para el análisis de las ciencias, la literatura y el discurso. Hablar bien es indispensable para las relaciones sociales, mejorar el diálogo y hablar con precisión, elegancia e imaginación.

La verdadera elocuencia decía La Rochefoucauld, consiste en decir todo lo que se necesita y en no decir más que eso. Con lo que quiso hacer notar, que la elocuencia, no la locuacidad, debe ser en el buen sentido, simple y natural, que no necesita de figuras ni ornamentos como lo hacían los curas en los pulpitos donde indudablemente existían oradores en los sermones de la Semana Santa o en cualquier celebración en que la misa antecede los actos públicos, como si ésta constituyera una validación.

 

Alguien dijo que: “la elocuencia es la virtud de la inteligencia”, porque va más allá del buen uso del lenguaje que consiste en obtener la elegancia o fluidez en el habla o ambas cosas, con propiedad e ingenio para convencer a la audiencia, sin lenguaje rebuscado y rimbombante como se decía de los “leopardos” un grupo de políticos jóvenes que se iniciaron en una época de la oratoria nacional.

En el posgrado de la facultad de derecho de la Universidad Libre, conocí a César Ordóñez Quintero, que había sido calificado en su época de orador, como “El Danton de Colombia”. Alguna vez, le escuché decir citando al filósofo Wittgenstein, que: “ Los límites del lenguaje eran los límites del mundo”. La defensa de sus ideas las hacía con excelente verbo no sólo con razones estéticas sino políticas.

A los tolimeneses de las últimas generaciones  de finales del siglo XX y lo corrido del presente, les es fácil determinar quien es buen o mal orador, porque han estado enseñados a escuchar las piezas magistrales de la oratoria de Alberto Santofimio Botero, que la prensa nacional ha dicho: “ Duélala a quien le duela, Alberto Santofimio Botero, es el mejor orador vivo del siglo XX”. Edición, El Tiempo 29 de octubre de 1995.

En Colombia se han destacado con sobrados méritos oradores entre otros: Bolívar, Antonio Nariño, Tomás Cipriano de Mosquera, José María Rojas Garrido, Rafael Uribe Uribe, Manuel Serrano Blanco, Enrique Olaya Herrera, José Camacho Carreño, Gilberto Vieira, Gilberto Alzate Avendaño, Jorge Eliécer Gaitán, quienes han hecho grandes aportes a los derechos, la literatura y la cultura nacional.

Faltarán otros oradores con merecimientos y otros que no han llegado a ser notables en esa actividad sino a través de las exposiciones, pero en general la oratoria no ha pasado de moda, sino que es un ejercicio difícil para no caer en el ridículo. Por eso, hoy se acostumbra el diálogo de los hechos y argumentos sobre determinados temas en las entrevistas, charlas, y presentaciones en la televisión, que permiten un previo acuerdo de lo que se desea responder y no en las plazas públicas y recintos que analizan con ojo avizor al orador desde la manera como coge el micrófono y ordena las palabras y las ideas, que si no tienen la fuerza para transmitir  convierten el discurso en un lánguido fracaso.

El filósofo Descartes, tituló su obra “El discurso del método” y no un tratado, al poner de manifiesto que su intención no era enseñar, aunque allí se expresa la razón para buscar la verdad de las ciencias, sino hablar para evitar una condena eclesiástica. Lo mismo ocurre con los errores, las faltas gramaticales y su arbitrariedad popular en el uso, que sirven para enriquecer el lenguaje, porque toda expresión insistente por un pueblo, forma una profunda razón justificativa que toca con el sentimiento de sus zonas afectivas.

Por eso, no es posible desdeñar la vida social y la necesidad de encontrar en el signo verbal, una manifestación adecuada de ciertos estados afectivos que se colectivizan al golpe de los hábitos comunes, porque si los idiomas se quedan detenidos en determinados cauces, se extinguirían por inadaptabilidad a los nuevos hechos fenómenos y circunstancias de la vida, la ciencia, la política, el deporte o la literatura.

La concepción natural y biológica del idioma, es desde luego, más real e indefectible a aquella que ofrece la inapelable autoridad despótica de la de algunos escritores ciencia idiomática de quienes se creen con el derecho de salvaguardar su uso y sus nuevas formas de expresión, como en “El Criticón” de Gracián, en que los dos virtuosos protagonistas logran escapar a la mediocridad reinante.

Aunque La Bruyère dijo que: “La gloria o el mérito de algunos hombres- está en escribir; y la de otros en no escribir”, en nuestro medio tenemos a periodistas de radio, revistas y televisión nacional, que no escriben pero pontifican y todo lo critican porque se creen depositarios de la verdad y otros que son escritores y se alejan de los demás, porque consideran que esa calidad los convierte en seres inmateriales, superiores en el conocimiento y hasta tocados por la divinidad.

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