Opinión
Cinco preguntas que todo emprendedor debería responder antes de pensar en levantar capital
Por Héctor Andrés Lugo Núñez
*Administrador de Empresas | Especialista en Gerencia de Mercadeo
Consultor en Inteligencia Patrimonial y Empresarial
Hay una frase que se ha vuelto demasiado común entre los emprendedores: “Necesitamos levantar capital”.
Cada vez que la escucho, pienso que quizá estamos comenzando la conversación por el lugar equivocado. Conseguir capital puede ser importante. Lo que no siempre está claro es si es lo primero que necesita el negocio.
En Colombia, y también en el Tolima, muchas personas están intentando convertir una buena idea en una empresa sostenible. Algunas vienen de negocios tradicionales; otras están construyendo emprendimientos de base tecnológica. Los caminos son distintos, pero existe una pregunta que debería aparecer antes de sentarse frente a un posible inversionista:
¿Qué hemos construido hasta ahora que justifique que alguien quiera apostar por nosotros?
Desde mi experiencia empresarial he aprendido que buscar capital demasiado pronto puede distraer al emprendedor de una tarea mucho más importante: entender profundamente el negocio que está construyendo.
Por eso, antes de pensar en levantar capital, yo empezaría por cinco preguntas.
La primera: ¿qué problema estamos resolviendo y quién está dispuesto a pagar para que lo resolvamos?
Parece una pregunta sencilla. No siempre lo es. Una idea puede entusiasmar al fundador, al equipo y hasta a quienes escuchan una presentación. Pero el mercado tiene otra manera de opinar: compra o no compra.
Ese aprendizaje vale más que muchas presentaciones. Porque una cosa es encontrar personas que digan que una idea es buena y otra muy diferente encontrar clientes que estén dispuestos a pagar por ella.
La segunda: ¿Qué sabemos hoy de nuestros clientes que hace seis meses no sabíamos?
Construir empresa también significa aprender.
Si cada conversación con un cliente solamente confirma lo que ya pensábamos, quizá no estamos escuchando lo suficiente. Una empresa madura cuando sus decisiones empiezan a cambiar gracias a lo que descubre en el mercado.
El aprendizaje también es un activo empresarial.
La tercera: si mañana llegara el capital que estamos buscando, ¿Qué haríamos diferente?
Aquí aparece una de las respuestas que más deberían preocuparnos: “creceríamos”.
Crecer, por sí solo, no es una estrategia.
¿Contrataríamos talento? ¿Aumentaríamos capacidad? ¿Entraríamos en otro mercado? ¿Desarrollaríamos tecnología? ¿Resolveríamos un cuello de botella que hoy limita las ventas?
El dinero debería tener una tarea concreta.
Levantar capital sin saber exactamente qué problema resolverá puede terminar financiando los mismos problemas que tenía el negocio antes de recibirlo.
La cuarta: ¿Estamos construyendo una empresa o nos estamos preparando para levantar una ronda de inversión?
No es lo mismo. A veces el ecosistema emprendedor puede llevarnos a pensar que conseguir inversión es una señal de éxito. Yo creo que deberíamos ser más cuidadosos con esa idea.
Una empresa no se vuelve mejor porque alguien decida invertir en ella. El capital puede acelerar aquello que funciona, pero también puede acelerar aquello que todavía no funciona.
La financiación debe estar al servicio del modelo de negocio y de una oportunidad de crecimiento, no convertirse en el propósito del emprendimiento.
Y existe una quinta pregunta que, para mí, toca una fibra más profunda:
Si durante el próximo año ningún inversionista quisiera apostar por nuestro proyecto, ¿Seguiríamos construyéndolo?
La respuesta dice bastante.
Si una idea solamente tiene sentido cuando aparece alguien dispuesto a poner dinero, quizá estamos persiguiendo una inversión y todavía no estamos construyendo un negocio.
Esto también aplica para empresarios del Tolima que llevan años levantando empresas con recursos propios. Antes de asumir que la siguiente etapa necesariamente exige un inversionista, vale la pena preguntarse si existe una oportunidad real de crecimiento, si el modelo está preparado y, sobre todo, qué tipo de capital necesita la empresa.
Porque no todo negocio necesita el mismo dinero, en el mismo momento ni bajo las mismas condiciones. Y aquí aparece una conexión que considero fundamental: crecimiento empresarial y patrimonio no deberían caminar por separado.
Para muchos empresarios, la empresa representa años de trabajo, patrimonio familiar, estabilidad, independencia económica y un proyecto de vida. Una decisión de financiación no afecta solamente el balance de una compañía. También puede afectar el control del negocio, las decisiones de la familia y el futuro que se está construyendo.
Por eso, la inteligencia financiera no consiste únicamente en saber cuánto dinero conseguir. También implica comprender qué estamos dispuestos a entregar para crecer y qué esperamos construir con ese crecimiento.
Cinco aprendizajes antes de buscar capital
Con el tiempo, estas preguntas me han llevado a cinco aprendizajes que considero especialmente importantes.
Primero: valide antes de financiar.
El capital no reemplaza el conocimiento del cliente, la validación del mercado ni un modelo de negocio que tenga sentido.
Segundo: póngale una misión al dinero.
Antes de decir cuánto necesita, tenga claro qué resultado concreto espera producir con ese capital.
Tercero: construya evidencia.
Clientes, ventas, validaciones, aprendizajes y resultados pueden contar una historia empresarial mucho más convincente que una presentación llena de buenas intenciones.
Cuarto: antes de aceptar capital, pregúntese qué está entregando.
No todo dinero que entra fortalece necesariamente el patrimonio empresarial. Participación, control y capacidad de decisión también hacen parte de la negociación.
Quinto: no confunda crecimiento con construcción patrimonial.
Una empresa puede crecer y, al mismo tiempo, tomar decisiones que debiliten el patrimonio de sus propietarios. Crecer importa; también importa qué queda después de crecer.
Tal vez por eso la conversación sobre inversión debería empezar mucho antes de hablar con un inversionista.
Debería comenzar frente al propio negocio. Porque el capital no debería definir la visión del emprendedor. Debería ayudar a hacerla posible.
Y quizá la pregunta más importante no sea “¿Dónde consigo un inversionista?”, sino otra mucho más incómoda:
¿Qué tendría que haber construido mi empresa para que el capital sea una herramienta para crecer y no una solución para empezar?
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