Historias
Los chamabculeros
Escudo chambaculero
Por Rodrigo Velásquez Ángel (*)
Corría noviembre de 1989. Mientras el mundo contemplaba la caída del Muro de Berlín y el comienzo de una nueva era, quien escribe esta columna se graduaba de uno de los colegios más antiguos y tradicionales de Bogotá: el Colegio Salesiano de León XIII. Hasta entonces mi universo había sido, sobre todo, bogotano, formado en la más clásica tradición cachaca. Pocos meses después ingresaría a la Universidad Externado de Colombia sin sospechar que allí no solo estudiaría Comunicación Social.
Allí comenzó, sin saberlo todavía, la expedición más importante de mi vida: descubrir Colombia a través de los colombianos. También nació, aunque nadie podía imaginarlo todavía, la historia de un equipo de microfútbol que, treinta y cinco años después, seguiría reuniéndonos alrededor de una misma idea de país. Aquel equipo terminaría llamándose Los Chambaculeros.
Hasta entonces mi país había sido, en buena medida, Bogotá y el altiplano cundiboyacense. Había recorrido con mi familia ciudades como Santa Marta, Barranquilla, Cartagena y Medellín, además del centro del país. Conocía Colombia desde los libros, los mapas, los equipos del campeonato colombiano de fútbol y los viajes familiares. Pero una cosa es visitar una región y otra muy distinta convivir con quienes nacieron en ella. Todavía no conocía realmente a los colombianos.
Ese aprendizaje comenzó en el lugar preciso.
El Externado de Colombia no es una universidad cualquiera. Desde su fundación en 1886 ha representado una tradición liberal, humanista y profundamente comprometida con la libertad de pensamiento, el derecho y la construcción de la República. Generaciones de juristas, constitucionalistas, servidores públicos, periodistas, empresarios, dirigentes y académicos han pasado por sus aulas. Allí no se enseña únicamente una profesión; se aprende una manera de pensar.
Tal vez por eso existe algo que identifica al externadista: la necesidad permanente de ampliar sus fronteras intelectuales, romper paradigmas y comprender que la realidad siempre es más amplia que el lugar desde donde se observa. En aquellos años, bajo el liderazgo del doctor Fernando Hinestrosa, el Externado irradiaba, como lo ha hecho siempre, una sólida tradición jurídica, constitucional y republicana que alcanzaba incluso a quienes cursábamos carreras distintas al Derecho.
Con los años entendí que esa manera de comprender el mundo trascendía cualquier profesión. Los grandes problemas nunca admiten una sola mirada; exigen observarlos desde distintas perspectivas, escalas y realidades, siempre dentro del respeto por el Estado de derecho.
El momento histórico no podía ser más simbólico. Mientras Colombia atravesaba una de las mayores crisis de su historia contemporánea y estaba a punto de surgir el movimiento estudiantil que daría vida a la Séptima Papeleta y abriría el camino hacia la Asamblea Nacional Constituyente de 1991, nosotros comenzábamos, sin saberlo, nuestra propia constitución como generación externadista.
Todo ocurría desde la Facultad de Comunicación Social y Periodismo, dirigida por el visionario José de Recasens, intelectual catalán exiliado de la Guerra Civil Española que había llegado a Colombia en 1939 y que imprimió a la Facultad una mirada profundamente humanista, crítica y universal.
En el salón C-503 de la Facultad de Comunicación Social nos encontramos bogotanos, costeños, santandereanos, paisas, tolimenses, caucanos, llaneros, pastusos, huilenses y compañeros de muchas otras regiones. Llegábamos con acentos distintos, historias familiares propias, costumbres diversas y maneras particulares de entender el país. Para la mayoría era la primera vez que tenía un amigo cercano nacido en otra región de Colombia.
Apenas habían transcurrido unas semanas cuando apareció el primer desafío universitario. Como ocurría en casi todas las facultades, había que conformar los equipos para los campeonatos internos. Comunicación Social tenía una particularidad: las mujeres eran amplia mayoría y apenas alcanzábamos a reunir los hombres suficientes para inscribir un equipo de microfútbol.
Fue entonces cuando un compañero llegado desde Ciénaga, vocero del Caribe y de los suyos, dijo con esa naturalidad costeña que desarma cualquier protocolo:
—Pongámosle Los Chambaculeros.
El nombre evocaba a Chambacú, ese histórico barrio de Cartagena convertido en símbolo de identidad y resiliencia. Nadie pidió explicaciones. Nadie propuso otro nombre. Nos gustó de inmediato. Sonaba Caribe. Sonaba fraterno. Sonaba al nombre de una tribu guerrera. Sonaba, sencillamente, bacano.
Y así nacieron Los Chambaculeros.
Un momento fundacional que nunca olvidaré fue nuestro primer partido. Lo ganamos. Al regresar al salón de clases, nuestras compañeras, llegadas también de todas las regiones del país, nos recibieron con un aplauso que todavía resuena en mi memoria. Hoy entiendo que no aplaudían únicamente una victoria deportiva. Estaban aplaudiendo, sin saberlo, el nacimiento de una fraternidad que llevaría el nombre de Los Chambaculeros durante toda la vida.
Desde entonces, nunca fuimos solamente un equipo de microfútbol. La cancha fue apenas el lugar donde comenzó a hacerse visible una amistad que muy pronto se extendió a todos los rincones de la vida universitaria. Competíamos en los campeonatos, jugábamos dominó, armamos un onceno de fútbol con compañeros de otros semestres -la única condición para ingresar era jugar bien al balón y entender que la vida también debía jugarse con alegría y elegancia, siguiendo los particulares principios de la Dolce Vita que quedaron consignados en el Manual Chambaculero-. Compartíamos fiestas, parrandas vallenatas, debates, espacios de representación estudiantil y largas conversaciones sobre el país. Poco a poco fuimos construyendo una amistad que terminaría siendo mucho más importante que cualquier campeonato.
También marchamos junto con miles de estudiantes respaldando el movimiento que conduciría a la Asamblea Nacional Constituyente. Sin proponérnoslo, pusimos nuestro pequeño grano de arena en la transformación democrática del país.
Fue en medio de esa amistad donde comenzó mi verdadero descubrimiento de Colombia.
Mientras recorríamos diariamente las calles empedradas de La Candelaria, unos descubriéndola por primera vez y otros redescubriéndola después de haber estudiado en sus alrededores, visitábamos el Chorro de Quevedo, el Capitolio Nacional, la Casa de Nariño, las altas cortes y el corazón histórico desde donde se había organizado la República durante generaciones.
Pero, al mismo tiempo, descubríamos otra geografía mucho más compleja: la de los colombianos. Esa también se construía al final de la tarde, alrededor de unas cervezas en Portón 28 o en Donde José, y muchas veces continuaba camino a casa, compartiendo un ron Tres Esquinas o, cuando el presupuesto estudiantil apretaba, un ron Macondo.
Aprendíamos que no existía un único acento costeño. Que un cartagenero, un barranquillero, un samario y un vallenato podían compartir una misma región, pero no necesariamente la misma manera de verla. Que un santandereano no era igual a un tolimense. Que un llanero tenía otra relación con el territorio. Que un caucano era heredero de una antigua tradición señorial. Que Antioquia y los paisas eran mucho más que Medellín. Que cada región escondía un universo cultural que jamás habríamos descubierto leyendo un mapa.
Las regiones dejaron de ser conceptos geográficos. Se convirtieron en amigos. Y esos amigos terminaron abriéndonos las puertas de sus hogares.
Mis padres, como los padres de muchos de mis futuros colegas, comenzaron también a conocer Colombia de una manera distinta. Nuestra casa recibió jóvenes provenientes del Magdalena, del Cesar, de Bolívar, de Santander, de Risaralda, del Cauca, de los Llanos, del Tolima y, por supuesto, de Bogotá y la Sabana. Del mismo modo, yo fui recibido en las casas de mis amigos.
Conocí a sus padres, compartí su mesa, descubrí sus costumbres, su gastronomía y sus historias familiares. Aquellas visitas terminaron enseñándome que Colombia no era únicamente un territorio; era una colección de hogares abiertos.
Aún hoy, en 2026, me quedan hogares de amigos por conocer. La vida fue aplazando invitaciones que nunca desaparecieron de mi agenda. Sigo debiéndome un viaje a Valledupar, Ibagué y Cartagena para descubrir esas ciudades a través de los ojos de aquellos amigos con quienes compartimos las gestas deportivas e intelectuales de Los Chambaculeros; regresar a Cartagena acompañado por quienes me enseñaron a sentirla más allá de sus murallas; y continuar recorriendo Colombia de la mano de quienes me demostraron que un país se descubre mejor alrededor de una mesa que frente a un mapa.
Entonces comprendí algo que ningún libro me había enseñado: los colombianos nos parecíamos mucho más de lo que imaginábamos. La amistad hizo lo que ningún texto escolar podía conseguir: ponerle rostro, voz y afecto a la diversidad colombiana.
Al poco tiempo llegaron también Las Chambaculeras.
Y aquello ocurrió con absoluta naturalidad. Compartíamos las canchas, los triunfos, las derrotas y el orgullo de representar a nuestra Facultad frente a Derecho, Economía, Finanzas y las demás carreras. Mucho antes de que el país convirtiera la equidad de género en uno de sus grandes debates, en el Externado hombres y mujeres ya competíamos y convivíamos con absoluta naturalidad.
Con ambos equipos llegaron medallas, trofeos y reconocimientos. Fuimos un equipo ganador. Pero los mayores triunfos nunca quedaron en las vitrinas. Quedaron en las amistades cómplices que treinta y cinco años después siguen acompañándonos.
Muchos años después comprendí que aquella historia universitaria no era una casualidad. Era la expresión, en pequeña escala, de un debate que ha acompañado a Colombia desde el siglo XIX: cómo articular la unidad nacional con la diversidad territorial.
Paradójicamente, fue un cartagenero, Rafael Núñez, quien impulsó la Constitución de 1886, el mismo año en que nació el Externado. Mientras la Regeneración consolidaba un modelo político centralista, un grupo de juristas y maestros del liberalismo radical fundaba esta universidad para defender la libertad de pensamiento, la educación laica y el examen libre de las ideas.
Tal vez la historia terminó demostrando que consolidar la República y fortalecer las regiones nunca fueron tareas opuestas, sino complementarias.
Un siglo después, costeños, bogotanos, tolimenses, santandereanos, paisas, llaneros, caucanos y compañeros de muchas otras regiones me enseñarían que la descentralización no consiste en alejarnos de Bogotá, sino en acercarnos los unos a los otros.
La Constitución de 1991 abrió ese segundo camino. El reconocimiento de la diversidad territorial, una mayor autonomía regional y nuevas formas de participación comenzaron a transformar la manera de entender el país.
Treinta y cinco años después, Colombia vuelve a discutir ese mismo desafío. Es natural que las regiones reclamen mayor protagonismo. Han esperado demasiado tiempo para ser escuchadas. Pero descentralizar nunca debería significar aislar a Bogotá ni convertirla en el adversario de las demás regiones.
Hacerlo sería desconocer que Bogotá dejó hace mucho de ser solo la capital para convertirse en el gran punto de encuentro de las regiones; en una pequeña Colombia donde, de un modo u otro, termina encontrándose el país entero.
Durante décadas se dijo, con razón, que Colombia se gobernaba desde Bogotá. Lo que pocas veces reconocemos es que Bogotá también terminó aprendiendo a ser Colombia. Miles de colombianos provenientes de todos los departamentos llegaron allí para estudiar, trabajar, construir sus familias y desarrollar sus proyectos de vida.
La capital dejó de pertenecer únicamente a los bogotanos para convertirse en el gran espacio donde las regiones comenzaron a encontrarse, dialogar y reconocerse mutuamente.
Si lo vemos bien, Colombia no se parece a un país dividido entre un centro y unas periferias. Se parece más a una mano. Ningún dedo reemplaza a otro. Todos son distintos y todos son necesarios.
El Caribe mira al océano Atlántico. El Pacífico al océano Pacífico. Los Llanos y la Orinoquía miran al horizonte infinito. La Amazonía custodia una de las mayores riquezas ambientales del planeta. La región Andina son el núcleo de todas y articula buena parte de las instituciones nacionales. Cada región cumple una función distinta. Ninguna sobra. Ninguna basta por sí sola. La fuerza aparece únicamente cuando todos los dedos trabajan juntos.
Pero la mayor lección de esta historia no pertenece al pasado. Pertenece al presente.
Han pasado más de tres décadas desde aquel primer día de febrero de 1990. Algunos siguen viviendo en Colombia. Otros construyeron su vida en distintos países. Nos convertimos en comunicadores, periodistas, empresarios, docentes, consultores, servidores públicos, académicos y profesionales de las más diversas disciplinas.
La vida nos llevó por caminos diferentes. Y, sin embargo, seguimos siendo Los Chambaculeros.
Nuestra conversación nunca terminó. Seguimos hablando de Colombia, de política, de actualidad, de nuestras familias, del trabajo y, por supuesto, de fútbol, como si el último partido hubiera terminado apenas ayer. Compartimos lecturas, discutimos los grandes asuntos del país y continuamos aprendiendo unos de otros.
De esa conversación permanente nació también nuestro Club de Lectura. Las Chambaculeras que han sido decisivas para darle continuidad y convertirlo en uno de los espacios más valiosos de nuestra historia común, mientras todos seguimos aportando desde nuestras distintas miradas. A la fecha hemos analizado ya cuarenta obras fundamentales de la literatura universal.
El equipo nunca dejó de entrenarse; simplemente cambió una parte de la cancha por las ideas, sin abandonar jamás el balón.
Eso no fue. Eso sigue siendo.
Cada vez que nos reunimos desaparecen los años. Volvemos a reconocernos como aquella pequeña Colombia que aprendió a respetarse antes de discutir, a escucharse antes de juzgar y a trabajar unida mucho antes de descubrir que esa también era una manera de construir país.
Nunca hemos dejado de ser ese equipo. Quizá por eso hoy siento que Los Chambaculeros constituyen uno de los mayores orgullos de mi vida. No solo por los partidos que jugamos ni por los campeonatos que disputamos con el alma, sino porque aprendimos que los equipos rara vez ganan únicamente por el talento de sus jugadores.
Muchas veces ganan porque la unión termina siendo más determinante que el talento. Eso sí, talento tampoco nos faltaba. ¿Cómo no iba a sobrar si éramos una pequeña selección Colombia?
Mientras la Constitución de 1991 redefinía el pacto institucional de la República, nosotros ensayábamos, sin saberlo, otro pacto igual de profundo: el de la confianza entre las regiones.
Una nación no se construye cuando todas las regiones piensan igual. Se construye cuando, siendo profundamente distintas, descubren que pertenecen al mismo equipo.
Con el tiempo entendí que las naciones no empiezan en los mapas. Empiezan cuando aprendemos a llamar amigo a alguien que nació muy lejos de nosotros.
Si alguna vez alguien me pregunta dónde aprendí realmente qué significa Colombia, no responderé que fue en un libro de historia ni en una clase de derecho constitucional. Responderé que fue en un salón llamado C-503, en una cancha de microfútbol del Externado, en las casas de mis amigos y alrededor de una mesa donde, treinta y cinco años después, seguimos sentándonos los mismos.
Entré al Externado creyendo que iba a estudiar Comunicación Social. Salí comprendiendo que, además de Comunicación Social, también había aprendido Colombia.
Más de tres décadas después, esa expedición continúa. Ya no recorro Colombia a través de los mapas. La recorro a través de los amigos que me regaló aquella aventura que empezó en La Candelaria, allá donde se fundó Bogotá.
Porque entendí que Colombia nunca fue solamente un mapa. Era un grupo de amigos: orgullosos representantes de sus regiones.
Y quizá así sea como realmente se construyen las naciones: cuando cada región aporta, sin renunciar a su propia identidad, a la orgullosa identidad de una sola nación llamada Colombia.
Chambaculeros: seguimos siendo Los Chambaculeros.
(*) Rodrigo Velásquez Ángel es magíster en Asuntos Internacionales y comunicador social de la Universidad Externado de Colombia.
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