Historias
Listos para la foto
Plazoleta de la universidad Externado de Colombia. Estudiantes de las promociones 94 y 95
Por Oscar Viña Pardo
La Facultad de Comunicación Social de la Universidad Externado de Colombia cumplió 50 años de creación. Por eso quisieron hacer un evento sencillo que permitiera a los estudiantes de las diferentes promociones reencontrarse en el alma mater. La cita quedó programada para las 10 de la mañana del sábado 25 de julio. Los grupos de WhatsApp de las diferentes promociones empezaron a motivar el encuentro y, luego, a ponernos de acuerdo sobre el elemento identitario que debíamos llevar.
Tuve la fortuna de ser uno de esos estudiantes modelo en la inclusión. Inicié con unos y terminé con otros. Me acogieron algunos grupos; en otros no hice tanta fuerza, o de pronto fueron ellos. Al final eso no importa, porque si hoy me encuentro con alguien y recuerdo una sola anécdota compartida, lo abrazo, lo acobijo desde mi ser, desde la gratitud. Porque tuve la fortuna de conocer un pedazo de Colombia en la universidad.
El día se prestó para las actividades. Un sol radiante, de esos que poco se veían cuando estudiábamos, porque la lluvia siempre era protagonista en ese espacio al que llamábamos nuestra nube propia. Con Catu Durán fuimos los primeros en llegar. Nos tomamos esa foto: ya éramos dos en ese recuadro. Pero, a los pocos segundos, esa fotografía empezó a crecer y crecer. Como un río que encuentra nuevos afluentes, fueron llegando más compañeros hasta llenar el paisaje de recuerdos.

Otros fueron a los salones donde recibíamos las clases magistrales, especialmente en los bloques C y D. Abrazo va, abrazo viene. Anécdotas van, anécdotas vienen. Y se me vino de nuevo esa Babel que viví a mis 18 años, cuando, siendo estudiante, también era papá. Recordé cómo llevaba en brazos a mi hija Gloria Nathaly, que hoy tiene 37 años y tres hijos, hasta esa plazoleta para que escuchara las canciones de Silvio Rodríguez, Mercedes Sosa o alguna otra banda, mientras mis compañeros la saludaban con el mismo cariño con que se recibe a alguien de la familia.
Al final fuimos apenas un tercio de los que estamos en el grupo de WhatsApp, pero eso no importaba. Uno de ellos me confesó que no tenía ganas de asistir, pero que al saber que yo viajaba desde Ibagué para el encuentro, entendió que no podía faltar viviendo apenas a media hora del Externado.
Ver a Filemón Correa, mi profesor de teatro, que ahora vive en España, me produjo una enorme felicidad. Recordé que el examen final consistía en una puesta en escena creada a partir de una hoja en blanco. Nuestra obra se llamaba Las putas también van al cielo. De quienes actuamos en ella solo faltó una compañera; los demás estábamos allí. Pero lo que más me impactó fue saber que mi profesor todavía conservaba aquel guion, escrito en una máquina Remington, dentro de su archivo personal. Algunas hojas también aprenden a vencer el tiempo.
"¡Listos, listos, listos! ¡Listos para la foto!" es una danza del norte del Tolima que recrea las rumbas criollas de mi departamento. Muestra, dentro de su propuesta coreográfica, cómo eran el jolgorio, el compartir, el danzar, el comer y el tomarse "un alguito" para terminar todos reunidos en esa fotografía memorable que reposaría en la casa anfitriona. Lo más bello era que hasta los niños esperaban para aparecer en la imagen. Bastaba escuchar la palabra mágica: "listos". Todos buscaban un lugar dentro del encuadre, reían y eran felices por un instante: el instante del clic.
Traído al presente, alguno de mis amigos de la universidad sacaba su celular inteligente y se tomaba una selfi con otro de los nuestros. Al final, en la última toma, ya éramos más de diez haciendo parte de ese momento que, segundos después, viajaba por el universo de las redes sociales. La intimidad de ese retrato ya no existía, como sí ocurría con aquellas fotografías en blanco y negro, quizá ya granuladas. Ahora las llaman pixeladas.
Los minutos eran importantes porque el ágape organizado por la universidad apenas contemplaba tres horas de encuentro. Las palabras del rector fueron cortas, pero precisas. Las de la decana, quien además se despedía de la institución, también. Sin embargo, en aquella reunión quedó claro que el mundo análogo, ese al que todavía pertenezco, aunque ya transitemos hacia la Quinta Revolución Industrial, también estaba despidiendo a la Facultad de Comunicación Social y Periodismo tal como la conocimos.
Lo comprobamos al conversar con la decana. Nos explicó cómo la facultad migraba hacia un modelo donde la inteligencia artificial transversaliza prácticamente todo y cómo debemos aprender a utilizarla sin perder la esencia de aquello que siempre nos definió: el humanismo.
La universidad que conocí mantenía intactos sus jardines, esos que todavía me enamoran aunque solo los vea en un post o en un reel. El reto de las universidades es enorme, porque los estudiantes ya no permanecen en las aulas y esos edificios empiezan a sentirse cada vez más fríos. A ello se suma el desafío de los profesores, en su mayoría nuevos, quienes deben reinventarse desde la creatividad para responder a las nuevas realidades del mundo.
Pero volvamos a la fiesta. Se trataba de compartir con los otros, de hablar cara a cara, algo que tanto se ha perdido y que hoy representa uno de los grandes desafíos de las nuevas generaciones. Porque el verbo ya no está en la lengua; está en los dedos o en los íconos que ofrece la inteligencia artificial. Allí residía el encanto de la reunión, o mejor, de los microencuentros. Eran apenas dos o tres minutos con cada persona y, como si estuviéramos haciendo un pitch de nuestras vidas, resumíamos desde la pirámide invertida los hechos más importantes que queríamos contar.
Desde lo energético todo estaba dispuesto. Ese es mi tema. Mi salsa. Mi sabrosura. Cuando todos hablan desde el corazón, el aura de cada quien se expande y, al encontrarse la luz del uno con la del otro, aparece la magia. Una constelación invisible hecha de afectos. Esa nostalgia que también pertenece al presente nos recuerda que todos tenemos una historia poderosa, llena de aciertos, pero también de fracasos. El momento era para vivirlo desde todo nuestro ser, sin máscaras. Porque a los veinte años son pocas las máscaras que puede tener un ser humano y, más aún, cuando en esa época nos desnudábamos frente a nuestras propias realidades. Todos sabemos algo del otro, todos recordamos algo del otro, y quizá por eso seguimos siendo auténticos.
Llegó la nueva ministra TIC, Alexandra Falla. La fiesta también era de ella. Un celular se levantó y, poco a poco, fuimos llegando todos, otra vez, a esa fotografía. Ya no hace falta decir "listos". Basta con levantar la mano y hacer clic.
A los que vi, a los que recordé, gracias por hacer parte de ese camino que todavía recorro. Soy comunicador, soy periodista del Externado de Colombia. Soy de Ibagué, sí, el de los tamales tolimenses, del Tapa Roja, de la lechona, mijito. Sigo escribiendo desde el corazón y sigo llevando en mi memoria a todos los que todavía hacen parte de esa fotografía del alma.
En ese encuentro, en esa plazoleta, rodeado de mis amigos y de compañeros de semestres adelantados o de quienes venían detrás, tuve un instante para agradecerle a mi madre, Gloria Inés Pardo. Porque lo que pocos saben es que me volé con el dinero del segundo semestre rumbo a Cali. Cuando supe que iba a ser papá siendo apenas un adolescente, no tuve el valor de contárselo. Escogí el camino fácil: huir.
Pero ella me encontró. Estaba en Cali. Y al regresar a Ibagué, lo primero que hizo fue volver a reunir el dinero del semestre para que pudiera continuar mi sueño. Hoy puedo escribir estas palabras gracias a ella. Fue el puente cuando yo solo veía abismos. Una mujer fuera de serie que siempre le apostó al éxito suyo y al de sus hijos.
La noche fue llegando. La plaza del Chorro de Quevedo se convirtió en la protagonista de la despedida. Las fotos ya no importaban. Ahora las grandes protagonistas eran las carcajadas. Volvió "Locolombia" a esa mesa hasta que se acabó la cerveza y la famosa chicha del lugar. Los cuenteros hacían lo suyo y los extranjeros contemplaban fascinados aquel escenario.
Ya eran las 12:30 del nuevo día. Nos despedimos los tres que quedábamos. Prometimos vernos más a menudo, recordando aquella vieja frase de los tiempos universitarios: "No vuelvo a tomar". Estábamos completamente sobrios, pero eran nuevas promesas. Esa fue la última fotografía del encuentro, la que quedó en los celulares y en las redes. Pero en nuestro interior también quedaron las fotografías imaginarias: las de los amigos que no estuvieron y que sabemos siguen construyendo mundo. La Patoja ya prepara un nuevo libreto para La Luciérnaga; Clelia seguirá contándonos de sus nietos; Antony de su casa en Orlando; Rodrigo, de su club de lectura; y el otro Ro, de los parques nacionales de Colombia.
Habrá una nueva foto. No lo sé. Pero siempre estaré listo.
Listo, listo, listo.
Listo para la foto.
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